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domingo, 29 de abril de 2018

COMO EN EL CATCH






Decía Roland Barthes en su artículo El mundo del Catch (Mitologías, 1957), que no es más innoble asistir a una representación del dolor en el catch que a los sufrimientos de Arnolfo o Andrómaca en el teatro antiguo. Ese es su punto de vista para hablar del catch: no es un deporte, es un espectáculo, y su virtud es ser un espectáculo excesivo. Y como tal, es representación, es exhibición y estilización de sentimientos que los espectadores conocen, y cuya recreación en escena los alivia mediante la catarsis.

No hablaba Barthes del catch televisado, que aún no existía, sino del que se podía ver en salas parisinas de segunda o tercera categoría de los ´50, a las que asistía gente de sectores populares. Allí el semiólogo supo ver audiencias que comprendían el código de lo que se representaba. Esos hombres estaban muy lejos de los que luego despreciaron el catch comparándolo como un falso boxeo, reglado y practicado como deporte. En el catch esas audiencias jamás protestaban por una violación de reglamento: iban a ver la violación del reglamento, y a pedir a los gritos que se hiciera justicia. El catch consistía precisamente en la representación de los reglamentos violentados, algo de lo que los sectores populares de todas las épocas han sabido bastante porque han sido víctimas de ese tipo de trampas. Y consistía también en la reparación de esa injusticia.

No existían apuestas en el catch. A nadie le importaba el ascenso hacia el triunfo. No sólo nadie ganaba nunca “honestamente” una pelea, sino que los que mayor cantidad de fanáticos tenían eran los perdedores. Lo que iban a ver no tenía ninguna relación con lo que se reconoce como mérito deportivo, sino la exhibición desmesurada de pasiones primarias. Iban a verse a ellos mismos expresados por luchadores que más adhesión lograban cuanto mejor fueran capaces de poner en escena la indignación, la impotencia, la rabia, la injusticia. El luchador no debía luchar bien: debía realizar exactamente los gestos que el público esperaba de él a medida que las acciones imprevistas se iban desarrollando. De allí saca Barthes la comparación entre el catch y el teatro griego, en el que los coturnos y las máscaras enfatizaban los gestos físicos de los actores, y el coro acompañaba el relato de la historia, para que el dolor y el absurdo de la vida pudieran ser exorcizados de algún modo.

“Lo que se libra ante el público es el gran espectáculo del dolor, de la derrota y de la justicia”, escribe Barthes. Un brazo arteramente torcido, una toma a destiempo, decenas de zancadillas y trampas eran tendidas por el que ganaba al que perdía. Barthes va más allá: lee en el catch una “Pietá primitiva” que se deja ver en su momento de mayor humillación y debilidad, con “su rostro exageradamente deformado por una aflicción intolerable”. Sin pudor. Sin disimulo. El perdedor recupera su aura de dignidad precisamente cuando entrega al público los gestos que reflejan su impotencia. Se diría que esas audiencias iban a esos clubes sombríos a ver a actores de su propio padecer. De ahí la brutalidad del catch, de ahí su exageración de los gestos: la verdad que revelaba ese espectáculo era el del dolor humano, especialmente el que proviene del poder que unos ejercen sobre otros, y más específicamente el de los que históricamente siempre reciben las zancadillas y son víctimas de las trampas de los que los someten.

El público se entonaba con la indignación, exigiendo justicia contra el canalla, perfectamente identificado porque también él exageraba sus tropelías. Y ése era el clímax del espectáculo: el momento de reivindicación del perdedor contra el canalla.

 “¿Qué es, entonces, un canalla para ese público compuesto en parte, pareciera, de informales? Esencialmente un inestable que sólo admite las reglas cuando le son útiles y transgrede la continuidad formal de las actitudes. Es un hombre imprevisible, por lo tanto asocial. Se refugia detrás de la ley cuando juzga que le es propicia y la traiciona cuando le conviene”.

Hasta aquí Barthes, a quien se puede seguir recurriendo para encontrar metáforas e interpretaciones sobre los fenómenos sociales y culturales y políticos.

En la Argentina, el clima se está recalentando. Sectores populares y clases medias de distinta índole están siendo atrapados con una mala toma, asfixiados por brazos corporativos que no dejan resquicio para que entre el aire. El gobierno de Macri no es poroso sino laqueado: no sabe negociar ni dialogar, las dos herramientas clave de la política, porque la política no le interesa. Le interesa el control del Estado para hacer negocios particulares. Uno ya no sabe cómo decirlo, con qué palabras, a conciencia de que hasta las mayores verdades corren el riesgo de volverse frases hechas. Porque esto es lo que muchos decimos desde hace años y era bastante previsible, aunque la maquinaria mediática primero y ahora la actual política de medios haya acallado muchas decenas de voces críticas. Cada día se constata que absolutamente todas las promesas y las ideas que Macri puso en escena para llegar a la presidencia resultaron falaces. Cada día se constata por qué era necesario hasta un decreto para que Laura Alonso ocupara la Oficina Anticorrupción. Cada día el dolor popular choca de frente con funcionarios incapaces de empatizar con nadie que no haya egresado de una universidad privada y forme parte de su núcleo duro.

Al kirchnerismo se le reprochaba su hermetismo. ¿De qué nos sirven las declaraciones mentirosas de los dirigentes PRO que van a la televisión o reciben en sus despachos a periodistas para decir cosas tales como que los comercios están vacíos porque creció la venta on line? ¿De qué nos sirve un presidente que le habla a la nada de algo que no existe? Ningún gobierno, desde la dictadura, ha sido más hermético que éste. Lo blindan los grandes medios, el poder judicial, los corruptibles del Congreso: lo blinda el poder global que comanda Trump, que ha puesto a dirigir la CIA a aquella muchacha que siendo oficial sonreía a cámara mostrando a un irakí torturado. Todo lo que dijeron los macristas que iban a hacer y lo que dicen que hacen es falso. Y se está volviendo violenta la falsedad cuando se contrasta con lo real.

El volumen de dolor de este país es enorme. Digerir el festejo de los balazos por la espalda, la ausencia de proteínas en los menúes escolares, el desmantelamiento de todos los programas paliativos para los más pobres, la vulnerabilidad de los más viejos, atacados con el recorte de sus haberes y la negación de sus medicamentos, la violencia policial contra los que tratan de ganarse unas monedas en la calle, la vigilancia ilegal a la que todos estamos expuestos, las ganancias extraordinarias de un puñado de empresas con delegados en los ministerios, en fin, digerir este escenario descontrolado de arrasamiento y veneno nos expone a un tipo de dolor que se mezcla con el miedo y la amenaza.

Necesitaríamos grandiosos luchadores de catch para hacer catarsis de toda esa impotencia. Pero a falta de ese tipo de espectáculo, por delante está la acción colectiva, porque básicamente eso es lo que han venido a abortar: lo público, que es lo colectivo por excelencia. Ellos lo único que pueden hacer es dividir para reinar. Son básicos. Deberíamos ser igual de básicos. No dejar que nos dividan.



A falta de catch
Sandra Russo








domingo, 12 de mayo de 2013

LOS GARCAS (EL LIBRO)





Al comenzar la lectura de Los Garcas. Una tipología Nacional (Editorial Planeta), de los hermanos Vicente y Hugo Muleiro, ya desde su título, da la sensación de que el periodista y escritor, actual subdirector de Radio Nacional, y su hermano colega, otrora director de Télam, entre otras múltiples tareas, se hubieran determinado a trazar irónica y hasta sarcásticamente la genealogía del garca nacional, concepto que surge de la fusión entre el lunfardo que invierte el término cagador y la abreviación de oligarca, categoría política acuñada por el filósofo griego Aristóteles, a miles de años y kilómetros de la Argentina. Sin embargo este voluminoso libro, no exento de ironía ni sarcasmo, se encarga de repasar de un modo tan contundente y por qué no en clave jauretcheana la historia de una clase que desde los tiempos coloniales se encargó de concentrar poder, abusar de él en su propio beneficio y odiar al pueblo. Allí queda clara la intención seria y profunda con la que se escriben estas páginas.

–¿Esa fue la intención desde el principio?

Vicente Muleiro: –Pensábamos que era interesante dar cuenta de que los garcas de hoy no salen de la nada, sino que tienen una apoyatura material y conceptual que tiene su historia en la Argentina, y cuando se dicen ciertas cosas, se puede acudir a la vasta biblioteca del ensayo y la historia argentinos y darse cuenta de que el racismo no es casual, el clasismo no es casual, y que los personajes de hoy heredan muchas de aquellas formaciones o malformaciones con las que se arman la política y el Estado argentino.

–¿Cuándo y cómo empezaron a gestarlo?

Hugo Muleiro: –A lo largo de nuestra actividad periodística, venimos de hace tiempo compartiendo una mirada sobre el país, sufriendo lo que sufren todos e interpretándolo de una manera muy coincidente. Este libro concentra en la palabra garcas dos conceptos básicos que se unifican en los personajes que estamos presentando. El oportunista, ventajero, y el corte de la palabra oligarca, también usada en la política a lo largo de varios períodos para dar cuenta de una casta que se caracteriza por reunir riqueza usufructuando bienes, sobre todo públicos, con un profundo desprecio por los que no son de su clase, racista, que por lo general tiende al uso de la violencia para defender sus posiciones, y es partidaria de la represión. Lo vimos en el Borda como última evidencia. También añora un país que esté supeditado a un poder extranjero central.

–Siendo que fue su primera experiencia juntos, ¿cómo surgió y cómo eligieron el tema?

VM: –La idea de hacer un trabajo juntos nos acompaña desde hace mucho; planeamos hacer programas de radio y otras cosas y nunca lo hicimos, porque cada uno tenía su actividad y nunca se daba la ocasión. Pero teníamos ganas de hacerlo, y de dar cuenta de los personajes cuyo oficio es el daño sobre las mayorías. En ese sentido fue bastante fácil ponernos de acuerdo en lo importante que es conocer al que nos perjudica. Y un tema que fuera funcional a una lucha cultural que es cada vez más necesaria. Empezamos a pelotear hace dos años y medio y nos pusimos a trabajar seriamente hace dos años con mucha intensidad, hasta terminar en febrero de este año. La decisión fue tomar personajes vivos para dar cuenta más de este momento. Cuando estaba en imprenta se murió uno, (José Alfredo) Martínez de Hoz, que era emblemático.

–Pareciera que les va a generar algunas enemistades, o al menos reproches, ¿lo ven así?

VM: –Mirá, el libro acaba de salir, pero tengo la experiencia de haber escrito con María Seoane, El dictador, y luego hice 1976 El golpe civil, y en ninguno de los casos hubo nada grave. Además no somos los únicos que escribimos estos temas. Parece que están concientes de que salir a torear amplificaría el libro, entonces prefieren callarse.

–Es que el término supone un insulto, quizá, pero ¿existe el orgullo garca?

VM: –Yo creo que el que es garca está orgulloso de serlo, y no se tiene por qué defender porque ha trabajado muchísimo para serlo. A algunos les vino de cuna, como el caso de (Carlos) Blaquier o Martínez de Hoz, pero otros, como Marcos Aguinis o Héctor Aguer, han trabajado denodadamente para ganarse el apelativo.

HM: –De todos modos, no veo en los doce personajes que están en este libro ninguna persona permeable a las críticas, relativamente enérgica, como puede ser la de este libro, ni otras más o menos enérgicas. No hay gente tolerante ahí, la intolerancia es una condición garca por naturaleza.

–Por lo que hablamos y el mismo libro, queda claro que garca no solo se nace, también se hace.

HM: –Absolutamente.

–¿Cuál es el ejemplo más notorio?

VM: –Hay personajes que vienen de clases sociales muy bajas, como Cavallo, como Aguinis, como…

HM: –Mirtha Legrand.

VM: –Mirtha Legrand. Vienen de mundos de clase media baja.

HM: –El padre de Aguinis hombreaba bolsas en Dock Sud. Después se fue a Córdoba a trabajar en una mueblería familiar, y el mismo Aguinis relata que dormía en una suerte de cuna hecha con cajones de madera. Eso dice él. Pongamos que la mitad de eso ya es bastante. Y sin embargo, después se convierte en una persona que desprecia a la gente que está en esa condición por la que él pasó. Habla de los argentinos como una manada sin cerebro que va detrás de tiranías. Es una marca constante en todos. Blaquier, en una pretensión de ensayo histórico, dice que los indios no solo fueron usurpadores de la tierra, sino también genocidas. Vos te reís, pero lo escribió. Además dice que los que fueron asimilados, aún viniendo de donde venían, fueron tratados muy generosamente, y esa es una forma de mirar al otro que marca al garca por naturaleza. El garca marca como inferior al otro, el que es distinto. Grondona llamando "extraterrestres" a los pobres que venían a Plaza de Mayo el 17 de octubre (de 1945).

–Ustedes hacen una suerte de continuidad histórica en patrones de conducta de los sectores más concentrados, por ejemplo en 1930, 1955 y 2008. ¿Hay un momento emblemático del garca en la historia?

VM: –Más que una especie de garquismo cumbre en las etapas pregolpistas, lo que sí se ve es una constante que es muy interesante para ver en el presente. Los gobiernos son acusados de corruptos, se dice que los presidentes están encerrados en un círculo que los perjudica, se pone en cuestión hasta la salud psíquica del presidente, se habla de turbas…

HM: –Hay otras coincidencias. Se apunta a un supuesto dispendio estatal en el acto social, un desorden. Se agitan mucho los indicadores económicos. En todos los climas pregolpistas hay una mirada puesta siempre por la oligarquía y sus medios en la paridad cambiaria.

–¿Qué cambió entre el garca clásico y el del presente?

VM: –La diferencia entre oligarquía clásica, el latifundista que combinaba el mundo ganadero con las finanzas, a un personaje que se trasnacionaliza y diversifica sus negocios, entonces tiene elementos económicos muy distintos. Yo creo que lo que cambió fundamentalmente es el retiro de las fuerzas armadas como garante de esas continuidades oligárquicas. Junto con eso, hoy los arietes son los medios hegemónicos, para hacer de la cabeza de la gente un campo de batalla que hay que ganar con consignas cada vez más simples y más brutales.

–¿El problema de los garcas es no tener representatividad política?

VM: –Tuvieron problemas con el voto universal a partir de 1912. Antes de eso, Juárez Celman decía "es un error consultar al pueblo para las decisiones políticas". Tuvieron problemas y a veces soluciones. Con el menemismo encontraron un liderazgo con el que cumplir sueños garcas que no habían cumplido en la etapa golpista. Hoy pareciera que están pidiendo a gritos que aparezca ese líder que conjugue esa dispersión en la que están.

HM: –Felipe Cavallo, elogiado por Martínez de Hoz como el que supo llevar la obra a los límites que él no había podido, cuando se incorpora al gobierno menemista dice que sabe que Menem es el hombre capaz de doblegar a los sindicatos para aplicar las privatizaciones. Diría que es casi un momento de lucidez política.

–El libro arranca con una parte conceptual e histórica y finaliza con un listado de 12 garcas de los que se cuenta vida y obra. ¿Cómo fue la elección de esos 12?

VM: –Cada uno tiene su propia lista de garcas y nos dicen por qué este y por qué este otro.

HM: –Hay quienes preguntan cuándo sale el tomo dos, otros cuándo sale la enciclopedia (risas).

VM: –Nos oponemos a la enciclopedia porque creemos que este no es un país de garcas, sino que fue doblegado o amenazado por los garcas.

–¿Pero cuál fue el criterio?

VM: –Que estén vivos, que hayan pasado por el Estado, que hayan tenido posiciones económicas fuertes y claramente oligárquicas, alguien de la Iglesia, como Monseñor Aguer, un medievalista que consideró que la derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida era una venganza... Así que bueno, tratando de cubrir un espectro... De ninguna manera es la totalidad. Nos preguntan más que nada por Menem y (Héctor) Magnetto. Son los más nominados al premio de garquismo. Igualmente, los dos atraviesan el libro igual, aunque no les dedicamos biografías específicas.

–Dentro de las definiciones que incluye el libro sobre el ser garca, ¿cuál fue la más pintoresca para ustedes?

VM: –Por ahí hay una que no es muy precisa, pero es muy simpática, porque la toma del tango y es una variante posible, que es la figura del dandy. Que es un oligarca estetizado, que hasta en el caso de Lucio Mansilla toma hasta actitudes contrarias a su propia clase, es un poco excéntrico. Pero la figura del dandy era como una especie de piola y trepador. El tango Dandy, de Demare, Irusta y Fugazot, habla de un dandy que era el soplón de un taquero: "se ha corrido la bolilla de que sos un batidor", dice. Así que un dandy aparece ligado a las oscuridades.



►El garca de oro




Los hermanos Muleiro se ríen cuando se pregunta quién de todos los personajes sería acreedor del trofeo máximo del garca, al estilo Martín Fierro. Piensan. "¿En vez de una persona puede ser una estirpe?", pregunta Vicente Muleiro. Puede, claro. Entonces se despacha: "En ese caso, creo que los Martínez de Hoz. El primero que llega es José Martínez, que luego se agrega el Hoz para trenzarse con las familias aristocráticas, que es administrador durante las invasiones inglesas, de la aduana, pero a favor de los ingleses. En el Cabildo del 22 de mayo vota por la continuidad de Cisneros. En 1866, en la casa del descendiente, José Toribio, se junta la Sociedad Rural y aportan para la Campaña del Desierto a cambio de papelitos que después significan millones de hectáreas, y culminan su obra con el representante epónimo, que fue enterrado sin homenajes hace pocos días, que cumplió el verdadero sueño garca que es el escarmiento con sangre del campo popular, para desguazar el Estado, bajar los salarios, abrir las importaciones, destruir la industria nacional y volver a un esquema con el que soñó la generación del 80. Es bastante emblemática la zaga de los Martínez de Hoz."





►Yendo de mirtha legrand a de narváez


Francisco de Narváez

“Garca comercial y circense. Este mercader le debe sus principales señas al menemato. (…) Entiende la política como a una consoladora gloria personal y ha avanzado en ella "pagando como un chabón", como dice el tango. Busca apoyarse en sellos y la liturgia peronista. Pero no hay caso. No consigue disimular que es un garca más.”



Mirtha Legrand

“Garca impostada, enmascaró su plálido origen social proponiéndose como modelo de elegancia. (…) Apela “lo que dice la gente” para despacharse con una moralina cerril por la que ni siquiera podría responder su entorno. Aunque su desmemoria selectiva se lo impide recordar, nunca se la vio tan feliza como cuando estuvo rodeada de genocidas.”



Héctor Aguer

“Garca arribista. Hijo de un carnicero de Mataderos, corrigió su falta de antepasados calzándose una sotana. En el Arzobispado de La Plata encontró su lugar en el mundo como apoligsta de calificados antisemitas y garante público de un famoso estafador. (…) Lo perjudica su sinuosa relación con el dinero pero pueden ayudarlo su defensa del genocidio videlista y su obsesión por la sexualidad de los otros.”














Hugo Muleiro nació en Buenos Aires en 1955. Como periodista desempeñó funciones y cargos diversos en diarios de Neuquén y Río Negro y en agencias de noticias. Fue secretario de redacción de DyN (Diarios y Noticias) y ANSA, y jefe de redacción y luego director periodístico de Télam.

Se especializó en temas internacionales, en particular los referidos a América Latina. Es autor de Palabra por palabra, estructura y léxico para las noticias (2002), y Al margen de la agenda. Noticias, discriminación y exclusión (2006).

Entre otras tareas, colaboró con UNICEF en encuentros y seminarios sobre el tratamiento periodístico de los temas de niñez y adolescencia, desarrollados en varios puntos de la Argentina y en otros países. Es secretario de COMUNA (Comunicadores de la Argentina), entidad que promueve el derecho a la información y la circulación libre de la palabra.






Vicente Muleiro (Buenos Aires, 1951). Es escritor y periodista. Ha publicado las novelas Quedarse con la dama (1994), Sangre de cualquier grupo (1996), Cuando vayas a decir que soy un tonto (2004, finalista del premio Planeta 2003) y La balada del asador (2006). Junto con María Seoane escribió El dictador: la vida secreta y pública de Jorge Rafael Videla (2001) y es autor de 1976/El golpe civil (2011).

También escribió los libros para chicos Don Perro de Mendoza (2003), Los cachorros de Don Perro (2009), Cacao del mar (2009), Los guerreros de French (2010) y Los cuentos de don Vicente Nario (2010).
Como poeta publicó Para alguien en el mundo estamos lejos (1978), Boleros (1982), Pimienta negra (1990), El árbol de los huérfanos (2000), Milongas de modo tal (2003), Ondulaciones (2009) y Los goliardos (2012). También compiló y prologó las obras de los poetas Roque Dalton (Con manos de fantasma, 1998) y Antonio Gamoneda (Lengua y herida, 2002). Realizó la antología de cuentos de boxeo De puños y letras (2001).

En periodismo trabajó en los diarios Sur Argentino, Crónica y Clarín, entre otros. También en el semanario El Periodista. Fue editor de la revista cultural Ñ. Actualmente es subdirector de Radio Nacional, donde conduce el programa Vía libro.




martes, 31 de enero de 2012

Macri VETÓ SUBSIDIO a Teatro x la Identidad







La actriz Susana Cart y el actor Daniel Fanego, pertenecientes al colectivo cultural Teatro x la identidad expresaron su fuerte rechazo al nuevo veto aplicado por Mauricio Macri a una ley aprobada por la Legislatura.

En este caso, la norma había sido votada en el año 2009, y otorgaba a ese espacio de teatro y memoria un subsidio de 72 mil pesos anuales.

El movimiento Teatro x la identidad trabaja desde hace 12 años como, y según su propia definición, "brazo artístico de Abuelas de Plaza de Mayo". Se trata, tal como puede leerse en su página web oficial, de "un movimiento cuyo objetivo es hacer nuestra la búsqueda de nuestras queridas Abuelas, quienes desde hace más de tres décadas siguen el rastro de cuatrocientos jóvenes que aun tienen su identidad cambiada".

Sobre el veto de Macri, Cart dijo que el subsidio les servía para "solventar el alquiler de un departamento de dos ambientes y contratar una secretaria.Tres años más tarde la legisladora Gabriela Alegre presentó una modificación que elevaba el subsidio a 179 mil pesos anuales."

Y agregó: "Este aumento no sólo se justifica por los aumentos normales del alquiler, expensas, honorarios profesionales y administrativos" y por el agregado a su trabajo de "nuevas actividades como seminarios y talleres de dramaturgia, narración oral y actoral."

En tanto, el actor Daniel Fanego desde Madrid, indicó: "Macri dice que lo hace para equilibrar la balanza, porque existe una universalidad de actores del quehacer cultural. Frase difícil de entender, viniendo de un Jefe de Gobierno que dejó la Cultura en manos de un empresario hotelero".

Y aporta: "Con su veto Macri, pone trabas al funcionamiento del Ciclo, con su decisión política; que quisiera imaginar ingenua, elige colaborar con aquellos que buscaron trabar la lucha de las Abuelas. Apropiadores, represores, torturadores".

Susana Cart dijo que "este subsidio sólo cubre los gastos de infraestructura", a los que se les suman gastos de producción que ellos mismos solventaban.

"Después de haber sido aprobado este aumento por unanimidad en la Legislatura, nos llegó la noticia, todavía no publicada, de que el Jefe de Gobierno vetó esta Ley con los siguientes argumentos:´el subsidio anual actualmente vigente resulta suficiente y razonable´ e ´implicaría comprometer a futuras administraciones, afectando sus ejercicios presupuestarios´. Estamos hablando de $100.000 anuales. (menos del 0,004% del presupuesto total del gobierno Porteño".

Fanego advirtió sobre Teatro x la identidad: "Allí intentamos crear conciencia y generar un puente entre mujeres y hombres del teatro y el público que año a año colma las salas, para llegar a los más de 400 jóvenes que aún permanecen apropiados".







LEA TAMBIÉN:
Un veto contra la identidad


domingo, 15 de enero de 2012

PIRATAS Y TIBURONES








La exitosa escritora valenciana Lucía Etxebarría (Beatriz y los cuerpos celestes, Un milagro en equilibrio, Premio Planeta 2004) anunció su retirada indefinida del mundo literario como forma de protesta contra la piratería. Una parte del mundo editorial salió a apoyarla, pero Hernán Casciari, autor de la “blogonovela” Más respeto que soy tu madre (adaptada para el teatro por Antonio Gasalla) y editor de esa exitosa rareza que es la revista Orsai (sin publicidad y con venta anticipada) dio a conocer esta carta en la que dice a Lucía que no es para tanto y que los malos están en todos lados...



El contador de suscripciones anuales a la nueva revista Orsai acaba de llegar a mil. En nueve días, y sin noticias sobre los contenidos o la cantidad de páginas, mil lectores ya compraron las seis revistas del año próximo. Y eso que todos saben que habrá una versión en pdf, gratuita, el mismo día que cada revista llegue a sus casas. Repito: acabamos de vender seis mil revistas. Seiscientas sesenta y cinco por día. Veintiocho por hora.

Al mismo tiempo, una escritora española acaba de informar que dejará de publicar. “Dado que se han descargado más copias ilegales de mi novela que copias han sido compradas, anuncio que no voy a volver a publicar libros”, dijo ayer Lucía Etxebarría. La prensa tradicional se hizo eco de sus palabras y la industria editorial la arropó: “Pobrecita, miren lo que Internet les está haciendo a los autores”.

A nosotros nos ocurre lo mismo. Durante 2011 editamos cuatro revistas Orsai. Vendimos una media de siete mil ejemplares de cada una, y con ese dinero les pagamos (extremadamente bien) a todos los autores. Los pdf gratuitos de esas cuatro ediciones alcanzaron las seiscientas mil descargas o visualizaciones en Internet.

Vendimos siete mil, se descargaron seiscientas mil.

Si los casos de Lucía Etxebarría y de Orsai son idénticos, y ocurren en el mismo mercado cultural, ¿por qué a nosotros nos causan alegría esos números y a ella le provocan desazón?

La respuesta, quizá, es que se trata del mismo mercado pero no del mismo mundo.

Existe, cada vez más, un mundo flamante en el que el número de descargas virtuales y el número de ventas físicas se suma; sus autores dicen: “qué bueno, cuánta gente me lee”. Pero todavía pervive un mundo viejo en el que ambas cifras se restan; sus autores dicen: “qué espanto, cuánta gente no me compra”.

El viejo mundo se basa en control, contrato, exclusividad, confidencialidad, traba, representación y dividendo. Todo lo que ocurra por fuera de sus estándares, es cultura ilegal.

El mundo nuevo se basa en confianza, generosidad, libertad de acción, creatividad, pasión y entrega. Todo lo que ocurra por fuera y por dentro de sus parámetros es bueno, en tanto la gente disfrute con la cultura, pagando o sin pagar.

Dicho de otro modo: no es responsabilidad de los lectores que no pagan que Lucía sea pobre, sino del modo en que sus editores reparten las ganancias de los lectores que sí pagan. Mundo viejo, mundo nuevo. Hace un par de semanas viví un caso muy clarito de lo que ocurre cuando estos dos mundos se cruzan. Se lo voy a contar a Lucía, y a ustedes, porque es divertido:

me llama por teléfono una editora de Alfaguara (Grupo Santillana, Madrid); me dice que están preparando una Antología de la Crónica Latinoamericana Actual. Y que quieren un cuento mío que aparece en mi último libro, “un cuento que se llama tal y tal, que nos gusta mucho”.

Le digo que por supuesto, que agarre el cuento que quiera. Me dice que me enviará un mail para solicitar la autorización formal. Le digo que bueno.

A la semana me llega el mail, con un archivo adjunto:

“Estimado Hernán, te explico lo que te adelanté por teléfono: Alfaguara editará próximamente una antología de bla bla bla cuya selección y prólogo está a cargo de Fulanito de Tal. El ha querido incluir tu cuento Equis. Si estás de acuerdo con el contrato que te adjunto, envíame dos copias en papel con todas las páginas firmadas a la siguiente dirección” (y pone la dirección de Prisa Ediciones, Alfaguara).

Abro el archivo adjunto, leo el contrato. Me fascina la lectura de contratos del mundo viejo. No se molestan en lo más mínimo en disfrazar sus corbatas.

Al cuento que me piden lo llaman “La aportación”. En la cláusula 4 dice que “el editor podrá efectuar cuantas ediciones estime convenientes hasta un máximo de cien mil (100.000)”. En la cláusula 5, ponen: “Como remuneración por la cesión de derechos de ‘La aportación’, el editor abonará al autor cien euros (¿100?) brutos, sobre la que se girarán los impuestos y se practicarán las retenciones que correspondan”.

Pensé en los otros autores que componen la antología, los que seguramente sí firman contratos así. Cien euros menos impuestos y retenciones son sesenta y tres euros, y a eso hay que quitarle el quince por ciento que se lleva el agente o representante (todos tienen uno), o sea que al autor le quedan cincuenta y tres euros limpios. No importa que la editorial venda dos mil libros o cien mil libros. El autor siempre se llevará cincuenta y tres euros. ¿Firmará Lucía Etxebarría contratos así?

Esa misma tarde le respondí el mail a la editora de Alfaguara:

“Hola Laura, el cuento que querés aparece en mi último libro, que se distribuye bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento 3.0 Unported, que es la más generosa. Es decir, podés compartir, copiar, distribuir, ejecutar, hacer obras derivadas e incluso usos comerciales de cualquiera de los cuentos, siempre que digas quién es el autor. Te regalo el texto para que hagas con él lo que quieras, y que sirva este mail como comprobante. Pero no puedo firmar esa porquería legal espantosa. Un beso.”

La respuesta llegó unos días después; ya no era ella la que me hablaba, sino otra persona:

“Hernán: entendemos esto, pero el departamento legal necesita que firmes el contrato para que no tengamos problemas en el futuro. ¡Saludos!”

Y ya no respondí más nada. ¿Para qué seguir la cadena de mails?

La anécdota es esa, no es gran cosa. Pero quiero decir, al narrarla, que no hay que luchar contra el mundo viejo, ni siquiera hay que debatir con él. Hay que dejarlo morir en paz, sin molestarlo. No tenemos que ver al mundo viejo como aquel padre castrador que fue en sus buenos tiempos, sino como un abuelito con Alzheimer.

–¿Me das eso? –dice el abuelito.

–Sí, abuelo, tomá.

–No, así no. Firmame este papel donde decís que me das eso y yo a cambio te escupo.

–No hace falta, abuelo, te lo doy. Es gratis.

–¡Necesito que me firmes este papel, no lo puedo aceptar gratis!

–¿Pero por qué, abuelo?

–Porque si no te cago de alguna manera, no soy feliz.

–Bueno, abuelo, otro día hablamos... Te quiero mucho.

Y de verdad lo queremos mucho al abuelo. Hace veinte, treinta años, ese hombre que ahora está gagá, nos enseñó a leer, puso libros hermosos en nuestras manos.

No hay que debatir con él, porque gastaríamos energía en el lugar incorrecto. Hay que usar esa energía para hacer libros y revistas de otra manera; hay que volver a apasionarse con leer y escribir; hay que defender a muerte la cultura para que no esté en manos de abuelos gagá. Pero no hay que perder el tiempo luchando contra el abuelo. Tenemos que hablar únicamente con nuestros lectores.

Lucía: tenés un montón de lectores. Sos una escritora con suerte. El demonio no son tus lectores; ni los que compran tus novelas ni los que se descargan tus historias de la red.

No hay demonios, en realidad. Lo que hay son dos mundos. Dos maneras diferentes de hacer las cosas.

Está en vos, en nosotros, en cada autor, seguir firmando contratos absurdos con viejos dementes, o empezar a escribir una historia nueva y que la pueda leer todo el mundo.



cholulos