martes, 27 de septiembre de 2011

AMIGORENA, MITRE y la REALIDAD







La miniserie recrea, como es de estado público, la trama de negocios sucios que Clarín y La Nación hicieron para despojar a los accionistas de Papel Prensa con el apoyo de la sangrienta dictadura militar.

Cuando Orson Welles se lanzó a escribir, producir, dirigir y protagonizar no sabía que terminaría siendo el responsable de una de las películas que hizo historia en el cine. Lo que sí tenía claro era contra quién había apuntado con su mirada y no sólo con las cámaras. Corría 1941 y Estados Unidos se involucraba en la Segunda Guerra...

El miedo debía cundir por todos lados. Welles hizo El ciudadano Kane (así, con K) como una radiografía del poderoso empresario mediático William Randolph Hearst, quien hizo lo indecible para evitar que Hollywood lo mostrara tal como era. Hearst se creía blindado frente a los escándalos porque tenía 28 diarios, desde Los Ángeles hasta Washington y Boston. Welles contaba con su talento y su talante. Había demostrado, apenas tres años antes, el impacto que tenía la radio. Fue cuando transmitió en vivo y en directo una invasión de marcianos que, por supuesto, nunca existió. En realidad, La guerra de los mundos fue la adaptación al radioteatro de la novela homónima escrita por su casi homónimo Herbert Wells. Hubo pánico en Nueva York. No hay carrera de periodismo o comunicación que no tome La guerra de los mundos para graficar el poderío que tienen los medios a la hora de manipular mensajes. Alcanza con darle formato realista, casi de noticiero, a una ficción. El ciudadano fue una vuelta más de tuerca, porque se atrevió a poner en escena a Hearst, alguien cuyo negocio era estar detrás de la escena al mismo tiempo que ponía en escena a quien quisiera. La trama es descomunal porque trasciende la valentía del autor. El ciudadano Kane muestra la condición humana atravesada por el poder. Casi casi un Hamlet del siglo XX. No, desde ya, como el Hamlet que protagoniza Mike Amigorena, con Esmeralda Mitre interpretando a Ofelia. “Es un regalo del cielo”, dijo la hija de Bartolomé Mitre en declaraciones periodísticas cuando se estrenó la obra. Puede ser que el cielo haya tenido que ver. Pero hay algunos otros motivos terrenos que convierten este Hamlet en una comedia de enredos y lo saca del sacrosanto lugar de la tragedia shakesperiana. El Alvear depende del Ministerio de Cultura de la Ciudad, donde el novio de Esmeralda Mitre, Darío Lopérfido, tiene muchos amigos. Por otra parte Esmeralda es una de las herederas del diario La Nación, sin perjuicio de su trayectoria dramática, cuestión en la que el autor de estas líneas no está en condiciones de abrir juicio. Además, este Hamlet cuenta con la dirección de Juan Carlos Gené, un gigante, con quien la Mitre tomó clases.

¿A qué viene tanta historia? Simplemente a darle contexto a la ¿sorpresiva? decisión de Amigorena de borrarse del papel de empresario poderoso de medios en la miniserie El Pacto que esta noche iba a estrenarse en América Televisión. Si bien el personaje interpretado por Amigorena tiene un nombre de ficción es lo más parecido a Héctor Magnetto, quizá con algunos toques de Bartolomé Mitre. La miniserie recrea, como es de estado público, la trama de negocios sucios que Clarín y La Nación hicieron para despojar a los accionistas de Papel Prensa con el apoyo de la sangrienta dictadura militar. Rafael Ianover –tenedor de acciones de Papel Prensa por encargo de su dueño David Graiver– le relató con detalles a toda la sociedad que las reuniones para el despojo se hicieron en las oficinas de La Nación. Uno de los detalles escabrosos, que bien podría servir para ilustrar un Hamlet moderno, era que a los herederos de Graiver y a él mismo, los tenían en oficinas distintas de ese diario, sin que entre ellos supieran qué pasaba. Tenían que firmar sí o sí el despojo.

La causa Papel Prensa está más que documentada y tramita en dos juzgados federales. El número tres de La Plata, a cargo de Arnaldo Corazza, porque las torturas y desapariciones se hicieron en campos clandestinos de detención del Conurbano Bonaerense. También llegó al número tres de la Ciudad de Buenos Aires, a cargo de Daniel Rafecas y está ahora en manos de la Cámara Federal porque Rafecas considera que no es procedente dividir la causa. El motivo por el que está en Buenos Aires es precisamente porque el despojo se habría concretado en las oficinas de La Nación. Y el director era Bartolomé, el papá de Esmeralda, la chica que trabaja en el teatro con Mike.

Ahora bien, ¿cuánto importa que Ofelia y Hamlet sean amigos fuera de la obra dirigida por Gené? O, también, ¿a alguien le interesa saber si Gené tiene presente que el padre de la Ofelia de la obra era uno de los tipos acusado de ser parte del terrorismo de Estado? Porque, es sabido, Gené tuvo que salir del país en 1976 a todo raje sin que La Nación se lamentara.

Y no es necesario recurrir a Welles para buscar ejemplos de personas que no desdoblan la ficción y la realidad de acuerdo a las conveniencias o los temores de turno. Gené formó parte de una generación de artistas que eran, además, militantes gremiales y primeras figuras de las tablas o las miniseries. Cualquiera que peine canas recuerda las cosas maravillosas –que podían verse en televisión durante la dictadura de Alejandro Lanusse– con actores como Gené, Bárbara Mugica, Emilio Alfaro o Carlos Carella.

Precisamente Carella fue uno de los actores de una película que recreaba una historia real ocurrida en 1956 y que se filmó en esos años de Lanusse. Se trata de Operación Masacre, dirigida por Jorge Cedrón. Contaba Víctor Laplace –que también trabajó en la obra y que era un militante comprometido igual que Carella– que los horarios de filmación muchas veces se supeditaban al horario en que podían hacerse de los uniformes policiales que les facilitaban algunos compañeros y que, desde ya, no podían alquilar en casas de vestuario. Es decir, algunos uniformados se jugaban para darles durante la noche sus propios uniformes.

Los tiempos son los tiempos y nadie tiene derecho a exigirle a Mike Amigorena que se inspire en Welles o en Carella. Pero no vendría mal que se tome un rato para leer Silencio por Sangre, escrito por Daniel Cecchini y Jorge Mancinelli, donde están relatados los pormenores de la historia en la que se basa el personaje que acaba de resignar. También podría preguntarle a Gené, en algún tiempo libre que les deje Hamlet, qué pasaba en esos años. Por el mundo del teatro también anda Osvaldo Papaleo, hermano de Lidia, la viuda de Graiver. Ambos le pueden contar lo que es pasarse un largo tiempo en Puesto Vasco, con el genocida Ramón Camps encima.

No soy de la idea de que sea conveniente convertir a Amigorena en Enemigorena. Sí me parece un llamado de atención para que la realidad y la ficción dialoguen más. Entonces, si Amigorena no tiene dimensión de lo que significa interpretar un personaje muy parecido a Magnetto, sería bueno que no aceptara de entrada. Ahora que las cosas están hechas, debe quedar claro que la cultura, por suerte, sigue a buen recaudo. El Pacto podrá cambiar de escenarios, de actores, de situaciones, de giros retóricos. Pero, eso sí, cuando se estrene, van a temblar los que tienen que temblar y vamos a aprender un poco más los que tenemos que ayudar a que se sepa la verdad con auxilio de la ficción.


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domingo, 25 de septiembre de 2011

LOS HAMLET DE BUENOS AIRES





Alguien lo dijo mientras se acomodaba en la primera fila del Teatro Presidente Alvear para el estreno de Hamlet con Mike Amigorena: “Es que acá no importa el argumento, venimos a ver cómo hicieron lo que ya conocemos. Y éste es un Hamlet comercial, la gente quiere ver a los actores de la tele haciendo Shakespeare”.

Más que apuntar a la remanida “vigencia” del clásico, el comentario actualiza la cuestión del teatro en el mundo contemporáneo: por qué volver una vez más a la platea, pulsión morbosa y cándida de sentarse a esperar la epifanía, tropezar con las mismas calaveras, leer y decodificar las acciones y juzgar en vivo a los actores que en tiempos digitales sostienen recursos milenarios. Jugar con el aburrimiento como con fuego.

En el caso de Hamlet, está el plus de que se trata de un viejo amigo, el loco que pregunta sobre ser o no ser y que, por alguna ecuación que nadie descifra, desde el día de su estreno en 1601 permaneció 40 años en cartel y desde hace tres siglos no deja de representarse ni un solo día, según afirman los libros de records.

La certeza de que ya nadie en este mundo verá Hamlet por primera vez avivó durante todo el siglo XX el fuego de las relecturas más desorbitadas. Desde El Rey León, que acusa a Hamlet como subtexto, hasta una de las más brillantes sátiras nazis de los años ‘40 (To Be or not To Be de Ernst Lubitsch), pasando por una tendencia reciente a hacerlo fracasar contra los zombies (Hamlet vs. Zombies, 2011). Nótese, antes de seguir, que citar al público y los records resulta en este caso un gesto más pretencioso que convocar a René Girard o a Jung, si se tiene en cuenta que, como apuntaba el crítico polaco Jan Kott, “la lista de bibliografía sobre Hamlet es dos veces más voluminosa que la guía telefónica de Varsovia”. Vale decir, no sólo los que no nacieron ya saben quién es sino que lo que diga cualquiera de ahora en más, ya estaba escrito.

La puesta de Hamlet de Thomas Ostermeier se podrá ver durante la 8ª edición del Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA), del 24 de septiembre al 8 de octubre.


Pero, ¿qué comentario o qué lamento precedía a la sentencia de aquel espectador? No alcanzamos a oír. Pudo ser la molestia ante la perspectiva del final cantado, donde más de la mitad del elenco termina muerto. O tal vez éste fuera el quinto Hamlet al que, como esta cronista, le tocaba asistir en los últimos días. Porque así es: combinando los horarios de la cartelera porteña, cualquiera puede encontrarse con cuatro o cinco príncipes de Dinamarca en una misma semana, dos de ellos con sólo cruzar la calle Corrientes.

¿Será blasfemo relacionar esta yuxtaposición de fantasmas con la presencia de los espíritus locales en la reciente vida política argentina? Seguro, es una tentación. Un ex presidente que presta trajes, gestos y vocabulario a su hijo para que se presente a las elecciones. Otro ex presidente, viento que llega del Sur y abre las puertas de Olivos cuando su viuda está por pronunciar el nombre de los traidores. En un contexto de lucha más mediática que sangrienta, con odios contenidos, pero bajo presiones mucho menos trágicas que las que amenazaban a la corona en tiempos de Shakespeare, no tenemos, es cierto, apariciones que claman venganza. Ni algo huele mal sino todo lo contrario en la recuperación y la reiteración de la palabra “memoria”, con las diversas acepciones que va tomando a 35 años de la dictadura. Aparecidos (desaparecidos) rondan más persistentes que nunca los tribunales, las representaciones sociales, los estudios críticos sobre nuestro pasado claramente “dinamarqués”. Pero si la conexión entre cartelera y presente resulta forzada, sólo queda agregar que algunas de las versiones nombradas aquí hacen referencia explícita a los años ‘90, a los efectos del neoliberalismo y a la corrupción de los gobernantes mediante chistes y sobreentendidos que reciben risitas nerviosas del público.


Hamlet, la metamorfosis Sábado a las 17 Teatro Sha, Sarmiento 2255


PRINCIPES SURTIDOS

Coincidencia u oportunidad, lo cierto es que hasta hace poco la oferta porteña incluía también una versión para niños con aires tangueros ambientada en los años ‘30, y en septiembre sumará, como una de las atracciones principales del Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA), la inquietante puesta del alemán Thomas Ostermeier en la que seis actores vestidos de noche, sentados a una mesa como una especie de media última cena tendida a la vera de un cementerio o lodazal, interpretan a los 20 personajes de la obra. No sólo por economía sino por honrar a la locura: Hamlet, poco a poco, deja de reconocer a las personas de su entorno y se pregunta sin tregua dónde está la verdad de los discursos que escucha. Estrenada en Grecia en 2008, desde entonces no ha dejado de recorrer países y festivales. Los actores se proyectan en la pantalla, porque así de virtuales son los fantasmas, y porque cámara en mano graban gestos y movimientos íntimos vueltos ahora gigantes. Hamlet registra la lujuria de su madre y de su tío con la voracidad de un Gran Hermano. Todos sufren el embate de una lluvia realista y los efectos de sonido, iluminación y sorpresas escenográficas. La reina canta como Carla Bruni y muere por los chismes de la farándula (¡por fin alguien repara en la pobre Gertrudis, que en el resto de las versiones posa como un florero sólo por acostarse con el cuñado y porque Shakespeare le negó parlamentos citables!). Y Hamlet (Lars Eidinger)... Francamente, ese muchacho no está nada bien. Haciendo honor a la ley tácita que dice que quien haga de Hamlet puede ser sobreactuado, desbordado, afeminado, patético, engreído, pero nunca mediocre, el actor construye un esperpento que por momentos asquea.

“Tenía ganas de expresar mi cólera contra Hamlet porque no actúa. ¡Tenía ganas de violentarle un poco y de darle una buena patada en el culo!”, ha explicado el director cada vez que le han pedido explicaciones, y se las han pedido en cada país que estuvo. “Lo que también me interesa es el eterno problema de la locura: quería demostrar que la locura toma posesión de él y que él ya no puede esconderse más tiempo tras la máscara de loco que se ha puesto al principio de la obra.” En términos políticos, esta versión pone el foco no ya en la duda sobre si ejecutar la venganza sino en el poco tiempo que las decisiones políticas admiten cuanto más importantes son los asuntos. Es esta incapacidad de tomar una decisión lo que convierte a Hamlet en no apto para el poder y eso, para Ostermeier, no es necesariamente algo bueno. Nada queda aquí del personaje romántico que no se corrompe, las urgencias sociales no son tan simples para el alemán. Una cosa es sopesar los motivos y muy otra que muera gente en el transcurso de la reflexión: “Me parece que es un tema muy actual para nosotros, que sabemos mucho cómo analizar los problemas nacidos de la injusticia social, pero no conseguimos realmente actuar en su contra, política y globalmente”.

Hamlet x Hamlet Viernes y sábado a las 21.30 Belisario Club de Cultura, Av. Corrientes 1624


Las variaciones locales, que también tienen ese impulso de tomar partido por algo, incluyen un Hamlet representado por una mujer (Gabriela Toscano, en Hamlet o la metamorfosis), un Hamlet representado por un solo actor que ensaya día y noche en su monoambiente y se carga al elenco completo con los objetos que encuentra al paso (Marcelo Savignone en Hamlet x Hamlet), otro alejadísimo de Dinamarca y de Shakespeare (Hamlet. El señor de los cielos, dirigido por Rubén Pires), ambientado en Latinoamérica en los años ‘90, con un padre fantasma basado en Amado Carrillo Fuentes, el conocido narcotraficante mexicano que murió tras someterse a una extensa cirugía plástica para cambiar su rostro y un hijo educado en una escuela de cine en la Argentina, que hace documentales y es medio zonzo. Completa la lista el que dirige Juan Carlos Gené, que el espectador del comienzo calificaba de comercial, y que es, para sorpresa de algunos y decepción de los que querían seguir viendo algo de tele, el que más se ajusta a una versión tradicional “sin agregados”, asumiendo el riesgo de resultar bastante aburrida, didáctica y respetuosa del original. Claro que, a 400 años de distancia, originales son Laurence Olivier, Richard Burton, John Gielgud y también Alfredo Alcón en la traducción de Luis Gregorich, que es quien también presta su adaptación para el Hamlet de Amigorena. Ninguno de los citados llega a las tres o cuatro horas reglamentarias (Gené y Ostermeier sobrepasan las dos horas, el más breve es Hamlet x Hamlet con 60 minutos) y aun los más fieles se han arreglado para eludir los datos coyunturales y las desviaciones más engorrosas. “Seguro van a salir del teatro entendiendo exactamente de qué se trata la obra”, declaró Amigorena refiriéndose a la transparencia de un texto donde los personajes mantienen un trato hiperformal propio del imaginario palaciego, pero que consigue fuertes sobresaltos en la platea cada vez que se tratan de vos. En tren de respetar, Amigorena respeta incluso la visión que Jorge Luis Borges tiene de Hamlet cuando le reprocha la excentricidad de su famosa frase (“y el resto es silencio”) para justificarlo enseguida con su borgeana palmada en la espalda: “Pero está bien, no hay otro que pueda decir eso antes de morir. Después de todo, era un dandy y le encantaba lucirse”.

Se podría conjeturar que lo que marca la diferencia entre una puesta y otra es cómo responde cada una a preguntas inevitables: “Pero, ¿qué le pasa a este tipo? ¿Por qué hace lo que hace y no lo que tiene que hacer?”. Tan naturalizada la venganza y tanto prestigio otorga, que la actitud de Hamlet resulta siempre sospechosa. De hecho, “Hamlet” en política es un insulto.

Hamlet. El señor de los cielos Sábado a las 21 y domingo a las 20 Teatro La Mueca, Av. Córdoba 5300


Algunos responden con el complejo de Edipo, con un dilema moral, con el contexto histórico, con insania. ¿Qué le pasa al Hamlet de Amigorena? Nada de esto. Le pasa que es demasiado cool. Más cool que su madre Luisa Kuliok, que su rotundo padre Edward Nutkiewicz, que la blonda y alelada Ofelia de Esmeralda Mitre y que el original Polonio robado del comic y de las viejas películas argentinas que ha creado Horacio Peña. Le quedan increíblemente bien los trajes, el peinado estilizado y también los rollers con los que se desliza sobre el escenario cuando simula el pico de locura; hasta el vestido rosa viejo le queda cool. Amigorena no sufre, no se emociona, sino que se sabe la esgrima y la letra perfectamente, lo que le permite decir los famosos monólogos como quien entrega su cuerpo a un mantra.

¿SER HOMBRE O SER MUJER? ESA NO ES LA CUESTION

En el polo opuesto de lo cool, el Hamlet de Gabriela Toscano, dirigido por Carlos Rivas, irrumpe desde el fondo de un sillón desvencijado. Sabíamos que aparecería de un momento a otro, de hecho, anunciando la disrupción que preceden dos actrices en roles masculinos. Primero un relator (Catherine Biquard), cabeza de una compañía trashumante que viene a representar la obra que estamos viendo mientras triplica la apuesta del teatro dentro del teatro del mismo Shakespeare. Al rato aparece Horacio, una jovencita alta con sobretodo y el pelo tímidamente recogido en dos trenzas, algo encorvada y un sutil trabajo con la voz (Mercedes Spangenberg).

Pero hasta que no aparezca Hamlet esta apuesta le debe más al colegio secundario que se quedó sin varones que a la ambigüedad que comandará la trama. Hamlet aparece y todo cobra sentido. Gabriela Toscano no espera a que nos convenzamos de que una mujer puede hacer de varón: ella ya es Hamlet desde el fondo de ese sillón. Al poco tiempo a nadie le importa el sexo de la actriz, que por otra parte no se ha esforzado en travestirse: calzas que le ajustan las caderas, una camisola negra lo suficiente ajustada como para que no se nos escamotee un Hamlet con tetas y el pelo largo, atado. “De haberme puesto un bigote, por ejemplo, ahí sí me habría costado más hacerlo”, explica Toscano, quien por más que se le repregunte no encuentra mucha ciencia en su metamorfosis. “Saco la parte masculina que tengo y uso la femenina que tiene Hamlet; cuando me toca besar a Ofelia, cuando la miro, la miro como un hombre. Me siento mal cuando tengo que agarrarme a trompadas con Laertes, que es tanto más alto y más fuerte.” Es cierto, se nota; pero pasa. Descubrimos aquí que Hamlet, además de lo dicho, ya no responde a un género definido. Atravesado por la pasión hasta llegar al ataque de epilepsia, más triste que un hijo por la muerte de su padre, ¡oh paradoja!, el personaje que pronuncia una de las frases más misóginas de Shakespeare (“Fragilidad: tu nombre es mujer”), ahora debe hacerlo desde un cuerpo femenino. La propuesta de la metamorfosis, no en sentido kafkiano, es la más psicológica de todas las que ofrece la cartelera. Enamorado de su padre, enamorado de su madre y enamorado de Horacio o de lo que Ofelia tiene de Horacio, Hamlet es la carne del dolor. Incapaz de sentir otra cosa. ¿Para qué? Mientras en la versión de Ostermeier la misma actriz hace de Gertrudis y de Ofelia, ya que Hamlet castiga a la segunda por lo que hizo la primera, aquí Ofelia y Horacio tienen una sola actriz. Un cambio mínimo de vestuario y una sutileza en la actitud logran que no nos resistamos. Las escenas de Ofelia con su padre cuando la baña, la peina, la seca, la besa, mientras le enseña cómo negarse a Hamlet, marcan la intensidad sexual de este enfoque. Y la estremecedora despedida de Horacio que quiere suprimirse cuando su amigo se muere mientras se le cuelan bajo el sobretodo las faldas de Ofelia, confirma que la podredumbre que se huele en esta Dinamarca no sólo es política sino amor reprimido.

LOS ESPEJOS DEFORMANTES

Si la prueba de fuego y de fama es hacer Hamlet, Marcelo Savignone retoma esa condena y la devuelve en forma de parodia y ejercicio de destreza en Hamlet x Hamlet. “Si nadie me convoca”, parece gritar desde su decorado (el monoambiente de un perdedor) al teatro de enfrente en la calle Corrientes (donde brilla la elocuente puesta de Gené con alfombra roja y féretro multifunción), “pues lo haré solo”. Y la verdad es que lo hace. Un actor poseído por la obra, que sólo lee Hamlet, sólo habla con su libreto y sólo se relaciona por teléfono con su amigo Horacio y con su novia Ofelia, consigue transmitir una versión básica, sorprendente y entretenida. Sin más calavera que un bollo de papel, ni más Ofelia que una máscara, y sin ninguna otra compañía que videos de películas, banda musical y una ingeniosa iluminación, Savignone se las arregla muy bien para burlarse de muchos clichés, incluido el de “ser o no ser”. Poco espacio para la burla y la risa deja en cambio Hamlet. El señor de los cielos. Con la carcasa de Shakespeare se monta una denuncia nada solapada ni estetizada sino enojadísima. De hecho el protagonista, antes de comenzar, pide unos minutos para recordarnos, como en una asamblea universitaria, los estragos del neoliberalismo en la región. Como el bardo eligió Dinamarca para no herir susceptibilidades, Pires elige México. A partir de eso, nada es silencio sino denuncia. Los personajes malos son más malos que los de Shakespeare (¡el más malo se llama Mauricio!) y las víctimas, como Ofelia, no estudian abogacía, como les mandan, sino circo y malabares.



A la salida de uno de estos teatros, alguien comenta que el año pasado fue a Londres y pudo ver la versión de Jude Law: tres horas de tortura intentando entender algo del inglés, “cuando de pronto escucho que está diciendo: “To be or not to be. That is the question”. Y ya no pude contener las lágrimas. Para mí fue la mejor puesta que vi en mi vida”. ¿Será que hay un Hamlet esperando para cada uno? ¿Por eso no hay competencia y hoy pueden convivir tantos en la misma ciudad? Siempre se dice, cuando se pretende hacer una buena crítica de Hamlet, que el actor consiguió retratarlo, que transmite la esencia del personaje. “¿Y qué si fuera cierto?”, se pregunta y nos responde C.S. Lewis. “Yo caminaría días enteros para conocer a Beatriz o a Falstaff. Y no cruzaría la calle para encontrarme con Hamlet. No sería necesario. El está siempre donde yo estoy.”


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domingo, 4 de septiembre de 2011

CUANDO SE ENCIENDE LA LUZ








La espiralización del suceso impone una aclaración básica, que sería redundante en un contexto menos excitado y brutal. Los exclusivos culpables del homicidio calificado de la menor Candela Rodríguez son los criminales que la secuestraron y mataron. Un asesinato atroz, que alude a los niveles más bajos de la naturaleza humana.

Otra, muy otra, es la responsabilidad de quienes investigaron mal el caso. Otra, una tercera, la de aquellos que entorpecieron la pesquisa con intromisiones indebidas, los que comunicaron sin recato ni apego a mínimas reglas del arte, con sensacionalismo procaz y (aun) violando normas y reglas.

Debe distinguirse a los asesinos de aquellos cuya conducta podría (se subraya el condicional) haber ser sido detonante de la comisión de los crímenes, en la perversa mentalidad de sus autores. Nada excusa un asesinato, nada equipara a alguien que no formó parte del plan criminal con sus integrantes, nada iguala las responsabilidades sociales, mediáticas o estatales con las culpas penales. Dicho esto, vamos al núcleo de esta nota.


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Los familiares de las víctimas de un delito merecen variadas formas de amparo y tutela. Entre las más importantes: ser protegidos y contenidos por las autoridades policiales y políticas, tener acceso como emisores a los medios de difusión, ser arropados (por ponerlo de algún modo) por la sociedad civil.

Esa centralidad, que en nuestro país tiene antecedentes e historia encomiable, no debe transformar a tales víctimas (los amigos y familiares lo son) en sustitutos de las agencias o instituciones estatales. No les compete asumir labores propias de jueces, fiscales o policías. Excede sus competencias y capacidades organizar la pesquisa y la comunicación masiva, componente ineludible de la misma. Tampoco es adecuado tomarlos como referencia acerca de propuestas de reforma penal o judicial. Menos que menos, en medio de la conmoción emocional lógica en tales circunstancias. Ni es misión de periodistas, canales de tevé o radios, comunicadores o entidades privadas, por loables que fueran sus fines y trayectoria.

En el caso que nos ocupa, en un estadio ya reemplazado, la madre de Candela, los medios y alguna ONG desempeñaron ese rol. No es la primera vez ni es un fenómeno exclusivamente local. La mala praxis compartida no dispensa el error o las demasías.

Ya pasó con Juan Carlos Blumberg o con la infortunada madre que fabuló un asalto seguido de muerte en Saladillo. Durante días, un conjunto de improvisados –encabezado en esta tragedia por la mamá, Carola Labrador– condujo una tarea delicada, sin oficio ni saberes ni incumbencias.

Es abusivo reclamar autocontrol a las víctimas, acuciadas por el dolor, la angustia y la necesidad. A los que son profesionales, cobran por su desempeño y ejercen la constitucional y sagrada libertad de prensa, cabe exigirles mayor apego a la responsabilidad y, aún, a las leyes vigentes.


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Con una autoridad sustentada en su dilatada trayectoria, el ex juez federal y ex ministro de Seguridad León Carlos Arslanian desmenuzó la cantidad de reglas de oro de procedimiento que se omitieron en los días de la búsqueda. Los delincuentes miran y escuchan, es un hecho reconocido. El cronista recuerda una película en la que John Travolta, encarnando a un secuestrador torpe y de escaso caletre, se entretenía viéndose por televisión mientras convivía con sus rehenes.

Anunciar con antelación todas las acciones (bastante a menudo mandando fruta o carne podrida), transmitir los allanamientos mientras se realizaban, divulgar una llamada telefónica sujeta a estudio y averiguación son apenas los ejemplos más chocantes de una cadena de datos que se compartió desaprensivamente (en bandeja y en tiempo real) con los secuestradores. Hay momentos, conforme a los protocolos, en que deben enviárseles mensajes. Es de manual que debe estar a su cargo un profesional que maneje una estrategia y no un sinnúmero anárquico de periodistas, en procura de una primicia o una ventaja en el rating. Un colectivo improbable en el que la competencia interna azuza las peores tendencias.

Si en el fragor del minuto a minuto los medios audiovisuales usurpan espacios que no les conciernen, hay una falla primaria de las autoridades que resignaron ese espacio, total o parcialmente. Y que, verosímilmente, filtraron el todo o parte de la data que se divulgó. Pero el editor de un programa de tevé o de radio no es un ser inerte, un robot que encauza un flujo incontenible de información. Es un emisor responsable que tiene deberes éticos y sociales, con capacidad de discernir y resolver qué saca al aire y qué preserva.


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Más subleva que sorprende la ausencia de autocrítica o introspección de los medios intervinientes y sus comunicadores. La tele, en especial, no es dada a esos interrogantes. La incongruencia es chocante siempre, en algunos puntos frisa lo deslumbrante. Desde hace añares se critica la falta de cuidado policial con la escena del crimen, la mala preservación de las pruebas, la dificultad en conservar intactos lugares o elementos que deben ser objeto de pericias o análisis. El reproche es justificado, pero es forzoso hablar (hacerse cargo) de la concurrencia de conductas. Cuando las cámaras y los micrófonos profanan espacios que deben quedar intocados contribuyen al desquicio que, sin solución de continuidad, habrán de fustigar. Más aún, su intervención es determinante: sin bulimia informativa, el desquicio no se completaría.


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Todos los derechos amparados por la Constitución, hasta los más amplios, como la libertad de expresión, están sujetos a las leyes que reglamentan su ejercicio. En lo referente a menores hay reglas que limitan su exposición, el uso de imágenes, hasta la difusión de sus nombres. Un desempeño sensato y sistémico debería ir más allá de esas premisas básicas e inderogables: cuidar a los chicos, hacerse cargo de su intimidad, de su vulnerable sensibilidad, de sus temores. La conducta promedio corre en sentido contrario: se desacatan los imperativos legales (en este crimen, como en tantos otros), se bartolean teorías sobre su existencia, se sanatea con liviandad, como cuando se habla sobre rumores de la farándula.

El cronista vio bastante material televisivo, algo escuchó en la radio. En un sistema de medios tan diverso es imposible captar todo, la muestra que presenció sobra para comprobar falta de apego a la ley y de respeto a los derechos de los menores. Vayan dos ejemplos, el más tremendo merecerá el siguiente apartado.

Proliferaron reportajes a compañeras de colegio de Candela, preadolescentes pues. Se les inquirió acerca de la relación con su padre, que está preso. Su afecto, la intensidad del trato, si hablaba de él. Redunda explicar que las entrevistas buscaban puntos oscuros que las entrevistadas no capacitan para iluminar. Pero que sí entienden e internalizan, con la consiguiente conmoción. Esas notas son cuestionables, el cronista cree que algunas coquetearon con lo ilegal. Y, si se admiten conceptos que parecen no estar de moda ni en el centro de la polémica, fueron desconsideradas y agresivas.


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Este cronista es poco afecto a consignar nombres propios en cuestionamientos generales como éste, alusivos a patrones de conducta corporativos y profesionales, no a individualidades. No prescribe esa conducta para colegas, no cree que sea imperativa ni mucho menos. Se aviene a su forma de razonar y a prevenir que un análisis general desbarre hacia la personalización excesiva. Ese criterio debe ser dejado de lado para ciertos ejemplos límite, como fueron las palabras de Samuel Gelblung en su programa de Radio Mitre. Con su tono langa y confianzudo, Chiche Gelblung se internó en un territorio delicado, exótico a su idiosincrasia, y pronunció conceptos imperdonables. Basado en su pura intuición, anticipó (cuando Candela seguía viva) que, a su ver, “la levantaron” para violarla. La expresión culpabiliza de modo oblicuo y ruin a la víctima. Añadió detalles sórdidos acerca del momento en que pudo ocurrir el secuestro, “una tarde de feriado, con frío y sol”.

Hay límites que nadie debe transgredir, menos que nadie quien cobra por informar o comunicar. Un micrófono abierto al público no es una mesa de café ni un vestuario.

La mala fe prevaleciente cuando se polemiza hoy día fuerza a especificaciones obvias. La mención no reclama censura ni restricciones a la radio o al periodista. Ni sanciones, salvo las que pudieran peticionar ante los tribunales asesores de menores u organismos especializados en su defensa.

Se expresa, sí, el repudio. Y, con delicadeza, se convoca a que periodistas, dirigentes políticos de cualquier color, entidades gremiales de la comunicación, intelectuales y académicos levanten su voz por una vez, pidiendo que la barbarie se corte en algún punto.


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Una paradoja recurrente: los medios reclaman “justicia”, incitan a “la gente” a hacer lo propio. Al unísono, sustituyen la delicada labor de los Tribunales: imponen tiempos y criterios propios, condenan sin defensa y en tiempo record. En paralelo, no se someten a las regulaciones legales que les conciernen. Es un problema mundial, no una invención autóctona.

Un ejemplo canónico viene, tal vez, a cuento para demostrar la feroz autonomía de medios autoerigidos en representantes de “la gente”.

Fue el asesinato del chico inglés James Patrick Bulger, que fue secuestrado y asesinado por dos menores de diez años en 1993. El hecho conmocionó a la sociedad, se juzgó a los autores como si fueran adultos. Se los condenó a prisión hasta que llegaran a la mayoría de edad. Los severísimos jueces establecieron una salvaguarda: no dar a conocer sus nombres para posibilitarles buscar una nueva vida, tras purgar su pena. Algunos medios desacataron la orden, se invistieron en defensores del derecho de los ciudadanos a conocer los datos para estar prevenidos. Divulgaron nombres, apellidos, imágenes, trastrocando de modo irrevocable el camino de la readaptación.

Los medios imponen su propia ley, arrogándose una legitimidad superior. Hay un aire de familia con cuestiones domésticas que nos son más cercanas.


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Carola Labrador era una referente social, interpelada siempre por su nombre de pila, ensalzada, retratada todo el tiempo. En el fragor del minuto a minuto, la crónica derivó de la apología a algo cercano a la culpabilización. La madre de Candela hablaba de modo llamativo dirigiéndose a los secuestradores (lo que estuvo patente desde el vamos, pero se computó después de aparecer el cuerpo), estuvo en pareja y está casada con hombres encarcelados. Ahora el sentido común televisivo la pone bajo sospecha, acumula datos irrelevantes, recorre atajos. Apurarse a condenar, he ahí un mandato cuando se enciende la luz roja. El filicidio es un crimen tremebundo, una traición a los principios humanos más sagrados. El mundo está lleno de personas poco recomendables, antipáticas o de delincuentes que no caen tan bajo. A falta de condena penal, todos son inocentes.


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Suena casi imposible que se llegue a saber si el desenlace fue consecuencia total o parcial de la indebida interferencia de los medios, a los que se agregaron artistas reconocidos que actuaron movidos por las mejores intenciones. Hasta en el imaginario supuesto de confesión de un asesino en tal sentido lo suyo sería una versión. Pero es cabal que se obró sin tino ni responsabilidad. Se intervino en la investigación, se desempeñó un rol activo.

Cuando se discute el poder de las empresas mediáticas éstas escamotean su peso económico, su condición de gran jugador en ese terreno. Cuando se coloca bajo la lupa el desempeño de medios o periodistas, éstos se autorretratan como simples intermediarios que irrumpen, organizan, movilizan, inciden en el resultado. No hay tal, son coactores, lo que desnuda como falaz y maniquea la remanida metáfora del “mensajero” al que (hiperbólicamente) alguien quiere “matar”.

La lógica de las presencias reconocidas y de la agitación a los vecinos puede ser funcional para la búsqueda de paradero, no es para cualquier tipo de delito. Se repitieron fallas recurrentes, se impone la autocrítica. No hay reparación posible en el suceso actual, sí hay un futuro para manejarse mejor.

El cronista no tiene una solución a mano para los problemas que describió, a vuelo de pájaro. Apenas propone a los concernidos un poco de reflexión, acaso algunos ámbitos colegiados para discutir, acaso explorar la hipótesis de reglas muy primarias, consensuadas, humanistas. Parecería poco, en el contexto sería un avance inesperado.


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viernes, 2 de septiembre de 2011

LOS FAMOSOS EN SU LABERINTO





Leemos, con atención y preocupados, la profusión de opiniones mediáticas que no aportan nada al esclarecimiento de la tragedia de Candela, la niña de 11 años asesinada.

¿No sería mejor hacer algo productivo, como no hablar al pedo, o presentar un proyecto de ley, o utilizar la fama para pedirle a los medios hegemónicos que no atosiguen a los familiares de las víctimas de secuestros extorsivos?

Dice Clarín...





Cuando se supo que Candela había sido asesinada, los actores que se habían involucrado en su búsqueda salieron a pedir “respuestas coherentes” al Estado y decidieron no opinar “en caliente”.

Ayer, sin embargo, Ricardo Darín fue tajante: “Empieza a dar asco la utilización política que se hace de esto. Hay gente que está muy mal de la cabeza, que cree que porque estás intentando aclarar la desaparición de una nena de 11 años estás haciendo partidismo”, expresó el actor a Radio Mitre.

Darín aclaró que él y otros colegas le “pusieron la cara a la voz de tantas personas que no tienen la posibilidad de tener un micrófono adelante” y que “cualquier otra especulación es descabellada”. Luego remató: “Somos una sociedad que tiene problemas. Si nos quedamos en el chiquitaje de si esto es de derecha o de izquierda o si estamos sacando rédito para las elecciones de octubre, estamos en el fondo del mar. No tenemos salida”.


Nuestro respeto por la libertad de decir lo que quiera, tanto Ricardo como los otros, pero, ¿No hubiera sido mejor que no se involucrara en tan difícil investigación, tan embarrada y contaminada por el periodismo amarillo, tan confusa y triste secuencia de asesinato y secretos inconfesables?

¿Por qué no dejar a la Justicia que siga su curso de investigación?

¿Se enteraron los famosos que apareció sandra Mamani, de 14 años, en Mendoza?


¿Cuál fue el aporte de Darín, y el de Facundo Arana, el de Guillermo Francella y el de Juan Carr?

¿Piensan que miles de noteros en la casa de Candela asustarían a los secuestradores? ¿Vamos a armar otra movida a lo Blumberg?

¿Qué quieren, mano dura, más cárceles, policías en la puerta de cada casa?

Según el censo 2010 hay en Argentina 13.835.751 viviendas, ¿Quieren 13 millones de policías en la calle?

Un poco de seriedad, muchachos...




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cholulos