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martes, 10 de septiembre de 2013

¿UNA MANZANA PARA SUAR?







El proyecto de creación de un Centro Metropolitano Audiovisual (CMA), en el distrito creado para esa actividad en el barrio de Colegiales, y que comenzará a discutirse hoy en la Legislatura, beneficiaría directamente a una importante empresa productora de contenidos televisivos y cinematográficos con el usufructo de un terreno de la Ciudad, según consideraron diputados de la oposición. Será "la cesión de una manzana del barrio" al productor televisivo Adrián Suar, señaló el diputado Adrián Camps, del Partido Socialista Auténtico.

"El Poder Ejecutivo de la Ciudad ha enviado a la Legislatura un proyecto de ley por el cual transfiere la propiedad del predio del viejo Mercado de Pulgas denominado ‘El Dorrego’, para la construcción y posterior administración y mantenimiento de un Centro Metropolitano Audiovisual (CMA)", Se trata del proyecto 467-J-2013, ingresado en marzo de este año por el Poder Ejecutivo porteño, que dispone transferir el dominio del predio ubicado entre las calles Dorrego, Capitán General Ramón Freire, Concepción Arenal y Zapiola, en el barrio de Colegiales, "a quien resulte adjudicatario de la licitación pública".

La presidenta de la Comisión de Cultura de la Legislatura, la diputada del PRO Lía Rueda, remarcó que "la cesión del predio del Dorrego donde hoy ya funciona la sede del distrito audiovisual no es un proyecto para Adrián Suar. De hecho, el predio no tiene destinatario sino que se someterá a una licitación pública".

Sin embargo, Camps advirtió que se trata de un proyecto de Iniciativa Privada, cuyo autor es el citado productor de tevé, junto con sus socios. "Ese régimen prevé que se presente un privado con un proyecto. Luego la Legislatura convoca a licitación y el privado que lo presentó tiene todas las ventajas con respecto a otros", explicó.

Por otro lado, agregó que "el cargo por la donación del terreno sería entregar a la Ciudad 5.300 metros cuadrados del CMA más 25 cocheras, o sea, un total aproximado de unos 5.500 metros (el 20% del total del predio) y un ‘parque lineal’ de 3.374 m². Este último cargo aparece con muy poca definición, ya que no configura un espacio verde público y es fácilmente asimilable a un patio interno del complejo", dijo el legislador, y objetó que el proyecto no contemple el "cumplimiento de los artículos 89° y 90° de la Constitución de la Ciudad, que signan la doble lectura con audiencia pública en proyectos que, significan una transferencia de dominio de bienes de la Ciudad".

Por su parte, el legislador Fabio Basteiro, del bloque Buenos Aires para Todos, destacó que "hay un trabajo muy fuerte de lobby para que se materialice esta iniciativa, que tiene por objeto que el viejo Mercado de Pulgas, en vez de quedar como espacio público, se convierta casi en un shopping audiovisual. Las productoras, tendrían un negocio servido." Según trascendió, a la reunión de asesores que se hará hoy en la Comisión de Cultura asistirían abogados de los productores televisivos.




miércoles, 2 de enero de 2013

CLARÍN. UN INVENTO ARGENTINO









Dirigida por Ari Lijalad y producida por David Blaustein, la serie documental «Clarín. Un invento argentino» consta de 8 capítulos temáticos. La miniserie ganó un concurso de TV digital organizado por el INCAA, el ministerio de planificación y la Universidad de San Martín.

Bajo la investigación y guión del productor y director del proyecto, la serie desarrolla la historia de Roberto Noble, continúa con los pormenores y objetivos de la fundación de Clarín en 1945 y recorre la historia de este actor central de la política argentina durante 60 años.

Así, se da cuenta de una sólida investigación periodística basada en archivos fílmicos y fotográficos inéditos hasta el momento, la historia de cómo se cimentó el crecimiento de Clarín. Y llega a la actualidad, con el diario ya convertido en el grupo multimediático más importante del país y uno de los mayores de Latinoamérica. Con el fin de lograr la rigurosidad del relato, se convocó a un amplio espectro de testimonios, poniendo especial énfasis en que las voces fuesen plurales y diversas.

Para sostener esa pluralidad de voces y miradas fue necesario contar con el rigor académico de historiadores especializados en los procesos históricos previos a la fundación del diario. Se convocó a sociólogos y expertos en comunicación, para una comprensión cabal de Clarín como proyecto comunicacional. También a políticos que desempeñaron altas tareas jerárquicas en el diario, como Oscar Camilión, Octavio Frigerio, y a algunas de las figuras más destacadas del periodismo argentino que pasaron por su redacción.

Se dio voz a periodistas y delegados despedidos, que aportaron elementos hasta hoy desconocidos. También incorporaron datos relevantes periodistas que investigaron esta historia, así como se sumaron diversos testimoniantes que ayudaron a reconstruir la vida y obra de los actuales conductores del diario, Ernestina Herrera de Noble y Héctor Magnetto. Uno de los testimonios más conmovedores es el que aportó Guadalupe Noble, única hija de Roberto Noble. Estos y otros, conforman un relato coral que permite decodificar la historia de Clarín. Una historia jamás contada en televisión hasta el día de hoy.

La TV Pública comparte todos los capítulos emitidos de la serie documental dirigida por Ari Lijalad y producida por David Blaustein que narra la historia de Clarín. Un diario que, desde hace seis décadas, es un actor central en la vida política argentina. La serie documental recorre los pormenores de la biografía política y personal de Roberto Noble, el fundador del diario en 1945, y las relaciones que mantuvo con gobiernos civiles y militares. En base a una sólida investigación periodística que articula los relatos de periodistas, sociólogos e historiadores y a partir de imágenes de archivos fílmicos y fotográficos inéditos, la serie documental devela la historia de cómo se produjo el crecimiento de Clarín hasta convertirse en el grupo de multimedios más importante de la Argentina y uno de los más influyentes de Latinoamérica. Una historia del periodismo argentino que forma parte de la política, la identidad y la cultura nacional.




















domingo, 15 de enero de 2012

PIRATAS Y TIBURONES








La exitosa escritora valenciana Lucía Etxebarría (Beatriz y los cuerpos celestes, Un milagro en equilibrio, Premio Planeta 2004) anunció su retirada indefinida del mundo literario como forma de protesta contra la piratería. Una parte del mundo editorial salió a apoyarla, pero Hernán Casciari, autor de la “blogonovela” Más respeto que soy tu madre (adaptada para el teatro por Antonio Gasalla) y editor de esa exitosa rareza que es la revista Orsai (sin publicidad y con venta anticipada) dio a conocer esta carta en la que dice a Lucía que no es para tanto y que los malos están en todos lados...



El contador de suscripciones anuales a la nueva revista Orsai acaba de llegar a mil. En nueve días, y sin noticias sobre los contenidos o la cantidad de páginas, mil lectores ya compraron las seis revistas del año próximo. Y eso que todos saben que habrá una versión en pdf, gratuita, el mismo día que cada revista llegue a sus casas. Repito: acabamos de vender seis mil revistas. Seiscientas sesenta y cinco por día. Veintiocho por hora.

Al mismo tiempo, una escritora española acaba de informar que dejará de publicar. “Dado que se han descargado más copias ilegales de mi novela que copias han sido compradas, anuncio que no voy a volver a publicar libros”, dijo ayer Lucía Etxebarría. La prensa tradicional se hizo eco de sus palabras y la industria editorial la arropó: “Pobrecita, miren lo que Internet les está haciendo a los autores”.

A nosotros nos ocurre lo mismo. Durante 2011 editamos cuatro revistas Orsai. Vendimos una media de siete mil ejemplares de cada una, y con ese dinero les pagamos (extremadamente bien) a todos los autores. Los pdf gratuitos de esas cuatro ediciones alcanzaron las seiscientas mil descargas o visualizaciones en Internet.

Vendimos siete mil, se descargaron seiscientas mil.

Si los casos de Lucía Etxebarría y de Orsai son idénticos, y ocurren en el mismo mercado cultural, ¿por qué a nosotros nos causan alegría esos números y a ella le provocan desazón?

La respuesta, quizá, es que se trata del mismo mercado pero no del mismo mundo.

Existe, cada vez más, un mundo flamante en el que el número de descargas virtuales y el número de ventas físicas se suma; sus autores dicen: “qué bueno, cuánta gente me lee”. Pero todavía pervive un mundo viejo en el que ambas cifras se restan; sus autores dicen: “qué espanto, cuánta gente no me compra”.

El viejo mundo se basa en control, contrato, exclusividad, confidencialidad, traba, representación y dividendo. Todo lo que ocurra por fuera de sus estándares, es cultura ilegal.

El mundo nuevo se basa en confianza, generosidad, libertad de acción, creatividad, pasión y entrega. Todo lo que ocurra por fuera y por dentro de sus parámetros es bueno, en tanto la gente disfrute con la cultura, pagando o sin pagar.

Dicho de otro modo: no es responsabilidad de los lectores que no pagan que Lucía sea pobre, sino del modo en que sus editores reparten las ganancias de los lectores que sí pagan. Mundo viejo, mundo nuevo. Hace un par de semanas viví un caso muy clarito de lo que ocurre cuando estos dos mundos se cruzan. Se lo voy a contar a Lucía, y a ustedes, porque es divertido:

me llama por teléfono una editora de Alfaguara (Grupo Santillana, Madrid); me dice que están preparando una Antología de la Crónica Latinoamericana Actual. Y que quieren un cuento mío que aparece en mi último libro, “un cuento que se llama tal y tal, que nos gusta mucho”.

Le digo que por supuesto, que agarre el cuento que quiera. Me dice que me enviará un mail para solicitar la autorización formal. Le digo que bueno.

A la semana me llega el mail, con un archivo adjunto:

“Estimado Hernán, te explico lo que te adelanté por teléfono: Alfaguara editará próximamente una antología de bla bla bla cuya selección y prólogo está a cargo de Fulanito de Tal. El ha querido incluir tu cuento Equis. Si estás de acuerdo con el contrato que te adjunto, envíame dos copias en papel con todas las páginas firmadas a la siguiente dirección” (y pone la dirección de Prisa Ediciones, Alfaguara).

Abro el archivo adjunto, leo el contrato. Me fascina la lectura de contratos del mundo viejo. No se molestan en lo más mínimo en disfrazar sus corbatas.

Al cuento que me piden lo llaman “La aportación”. En la cláusula 4 dice que “el editor podrá efectuar cuantas ediciones estime convenientes hasta un máximo de cien mil (100.000)”. En la cláusula 5, ponen: “Como remuneración por la cesión de derechos de ‘La aportación’, el editor abonará al autor cien euros (¿100?) brutos, sobre la que se girarán los impuestos y se practicarán las retenciones que correspondan”.

Pensé en los otros autores que componen la antología, los que seguramente sí firman contratos así. Cien euros menos impuestos y retenciones son sesenta y tres euros, y a eso hay que quitarle el quince por ciento que se lleva el agente o representante (todos tienen uno), o sea que al autor le quedan cincuenta y tres euros limpios. No importa que la editorial venda dos mil libros o cien mil libros. El autor siempre se llevará cincuenta y tres euros. ¿Firmará Lucía Etxebarría contratos así?

Esa misma tarde le respondí el mail a la editora de Alfaguara:

“Hola Laura, el cuento que querés aparece en mi último libro, que se distribuye bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento 3.0 Unported, que es la más generosa. Es decir, podés compartir, copiar, distribuir, ejecutar, hacer obras derivadas e incluso usos comerciales de cualquiera de los cuentos, siempre que digas quién es el autor. Te regalo el texto para que hagas con él lo que quieras, y que sirva este mail como comprobante. Pero no puedo firmar esa porquería legal espantosa. Un beso.”

La respuesta llegó unos días después; ya no era ella la que me hablaba, sino otra persona:

“Hernán: entendemos esto, pero el departamento legal necesita que firmes el contrato para que no tengamos problemas en el futuro. ¡Saludos!”

Y ya no respondí más nada. ¿Para qué seguir la cadena de mails?

La anécdota es esa, no es gran cosa. Pero quiero decir, al narrarla, que no hay que luchar contra el mundo viejo, ni siquiera hay que debatir con él. Hay que dejarlo morir en paz, sin molestarlo. No tenemos que ver al mundo viejo como aquel padre castrador que fue en sus buenos tiempos, sino como un abuelito con Alzheimer.

–¿Me das eso? –dice el abuelito.

–Sí, abuelo, tomá.

–No, así no. Firmame este papel donde decís que me das eso y yo a cambio te escupo.

–No hace falta, abuelo, te lo doy. Es gratis.

–¡Necesito que me firmes este papel, no lo puedo aceptar gratis!

–¿Pero por qué, abuelo?

–Porque si no te cago de alguna manera, no soy feliz.

–Bueno, abuelo, otro día hablamos... Te quiero mucho.

Y de verdad lo queremos mucho al abuelo. Hace veinte, treinta años, ese hombre que ahora está gagá, nos enseñó a leer, puso libros hermosos en nuestras manos.

No hay que debatir con él, porque gastaríamos energía en el lugar incorrecto. Hay que usar esa energía para hacer libros y revistas de otra manera; hay que volver a apasionarse con leer y escribir; hay que defender a muerte la cultura para que no esté en manos de abuelos gagá. Pero no hay que perder el tiempo luchando contra el abuelo. Tenemos que hablar únicamente con nuestros lectores.

Lucía: tenés un montón de lectores. Sos una escritora con suerte. El demonio no son tus lectores; ni los que compran tus novelas ni los que se descargan tus historias de la red.

No hay demonios, en realidad. Lo que hay son dos mundos. Dos maneras diferentes de hacer las cosas.

Está en vos, en nosotros, en cada autor, seguir firmando contratos absurdos con viejos dementes, o empezar a escribir una historia nueva y que la pueda leer todo el mundo.



cholulos