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viernes, 17 de julio de 2015

“El Diablo no aprieta el gatillo”, de Anísio Homen







Anísio Homen es un escritor brasileiro volcado a la temática de las novelas policiales. Ya cuenta en su haber con la publicación de libros de poemas, una novela satírica, traducciones, pero desde hace algunos años se dedica con intensidad al género policial. En 2014 publico “El Asesino que mutilaba a Leminski” con notable repercusión en su medio, y ahora esta lista la impresión de “El Diablo no aprieta el gatillo”, su segundo trabajo en este género.

Mientras tanto, se encuentra terminando una nueva historia con el mismo personaje de "El Asesino que mutilaba a Leminski”, un periodista jubilado, con dotes de investigador privado, de ascendencia polaca llamado Makoviec.

Anisio Homen vive en Curitiba, Estado de Paraná, y participara en el próximo encuentro literario Buenos Aires Negra (BAN), a finales de este mes de Julio y comienzos de agosto.







Reproducimos a continuación una pequeña entrevista realizada por el periodista
Sonny Martínez...


─¿Por qué la elección de la literatura negra?

─En primer lugar es bueno aclarar que mi afinidad con la literatura policial o negra comienza como lector y admirador de este género. Es una literatura que me interesa hace muchos años y de la cual he leído un gran número de obras. Decidir entonces, escribir algo en este género fue solamente una inmersión más profunda, en un mundo que no me era ajeno. No digo que todo lector de novelas negras tenga por obligación natural pasar a escribir sus propias obras en este rubro. Me ocurrió a mí, no es necesariamente una regla.

─Muchas veces se considera a la literatura policial un género menor. ¿Le parece esto correcto?

─Pienso que no. Hay, evidentemente, buenos y malos libros dentro de este género. Existen enormes evidencias que niegan esta especie de prejuicio, que tal vez sean de índole académicos. Para ustedes Argentinos la novela negra siempre tuvo una cierta importancia literaria, lo que en Brasil no se dio de igual modo, aunque las cosas comienzan a cambiar. Borges y Bioy Casares dirigieron la Edición Séptimo Círculo de la Editorial Emece, que era una colección de novelas policiales clásicas. Ellos no lo hubieran hecho si consideraban esta literatura como de segundo orden. Rodolfo Walsh, también se apropió de la novela policial para montar verdaderos juegos de ajedrez literario. Yo acuerdo con el escritor Cubano Leonardo Padura, que en una entrevista reciente al diario español “El Confidencial” declaro: “ La literatura negra es un género muy generoso. Que otra cosa es la literatura sino una búsqueda, una investigación, un descubrimiento? Se puede hacer eso de muchas formas, por ende, el personaje del detective, el hombre que busca conscientemente develar un misterio, hace que esta búsqueda tenga una mayor coherencia”. Tal vez ayude mucho a romper tabúes en Brasil o el hecho que recientemente fueron descubiertas y editadas 13 novelas policiales escritas por el gran poeta portugués Fernando Pessoa, quien llamaba al detective “descifrador” y adoraba este tipo de literatura. La Editorial Gallimard de Francia incluyo obras de Georges Simenon en su prestigiosa colección Pléyade, por ejemplo.

─¿Y sus novelas negras como son?

─Son de enigmas. No todos los autores policiales eligen esta opción. Mi primer novela del genero policial Negro, “El Hombre que mutilaba a Leminski” es un tipo de literatura policial que tiene una aproximación bastante grande con el modo como el escritor catalán Vázquez Montalbán construyo su detective, Pepe Carvalho, tornándolo en un ser inmerso en la urbanidad de Barcelona. En mi caso el polaco Makoviec, que es mi detective, también bucea su vida en una Ciudad, en este caso Curitiba, conviviendo con sus peculiaridades y sus dilemas. Me gustan mucho el personaje del detective desentrañando una ciudad, eso no es exclusivo de Montalbán, el personaje Maigret, de Simenon, tiene una relación asi también con Paris. Un poco antes de Montalban, otro catalán, Francisco González Ledesma, inventaba al detective Méndez, un hombre que entabla una relación visceral con la antigua Barcelona. Los escritores estadounidenses Raymond Chandler y Dashiell Hammett también hacían algo parecido con la Ciudad de Los Ángeles. Me gusta pensar, por razones afectivas con la poesía y el modernismo, que la figura del flaneur de Baudelaire tiene que ver con esto mismo. Hay muchos lectores de la primera historia del Detective Makoviec que estan esperando y reclamandome una segunda historia. Sobretodo, mucha gente adoró al gato “Copernico”, que es una especie de Garfield en la vida de Makoviec y que es, sin dudas, un elemento encantador de la historia, estoy escribiendo esta segunda historia para editarla en el mes de Agosto.

─Y Esta otra novela, llamada “El Diablo no apreta el gatillo” ¿sigue esa misma fórmula?

─En lo que respecta al enigma, sí, pero en este caso tiene un lenguaje , más próximo al Thriller, con un detective policial llamado Escorel. Es un ejercicio con este tipo de lenguaje narrativo, muy usado por los autores norteamericanos de hoy y, principalmente, por esta camada de escritores nórdicos de novelas policiales, Jo Nesbo, Arnaldur Indridason, Henning Mankell. Me gustó escribirla. Uno desliza varias tramas en forma paralela. Solo tiene que tener mucho cuidado para que los hilos no se te escapen de las manos. Tal vez aparezca una nueva historia que sea apropiada para un detective como Escorel. Vamos a ver. En el segundo semestre de este año quiero hacer otra experiencia narrativa que será con la novela policial histórica. Ya tengo la trama decidida y sucederá en Florianópolis, Ciudad donde nací. Es algo que se conecta con las escaramuzas entre portugueses y españoles por el control territorial de la región sur de Brasil y del Rio de la Plata. Estaré comenzando a escribirla en Agosto, luego de mi visita a Argentina en ocasión de mi participación en Buenos Aires Negra.

─¿cómo fue que descubriste el evento de Buenos Aires Negra?

─En la medida en que decidí escribir y publicar novelas negras, comencé a buscar eventos que congregasen escritores y lectores de este género. Y encontré, primero, La Semana Negra de Gijón, en España, y en esa búsqueda llegue a Buenos Aires Negra (BAN), organizada por Ernesto Mallo. Entonces, por la proximidad de Buenos Aires, y también por la calidad del encuentro, resolví participar este año en Argentina, establecer contactos y saborear algunas buenas charlas y debates. Habrá un escritor brasileño en las mesas de debate, Tabajara Ruas, de Porto Alegre. Además de esto, estar en Buenos Aires, visitar las librerías de la Ciudad, comprar libros, charlar con amigos de acá y disfrutar de la gastronomía, es siempre muy atrayente.

─¿Has pensado en traducir tus novelas negras al Castellano ?

─Sí, lo pienso, como dije antes, existe una larga tradición de lectura de novelas negras en la Argentina, y me parece que en Uruguay también hay un cierto interés y eso me motiva a intentar llegar a esos lectores. Mi Participación en Buenos Aires Negra tiene esa intención exploratoria. En América Latina estamos tan cerca territorialmente y por momentos siento que estamos muy distantes culturalmente. Tenemos que cambiar, y si yo puedo ayudar en ese sentido me sentiría muy satisfecho.








viernes, 3 de julio de 2015

LA DAIA CONTRA SHAKESPEARE







La recomendación de la Presidenta a leer "El Mercader de Venecia para entender los fondos buitres" cayó mal en la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA), el brazo político de la comunidad judía.


"La usura y los chupasangre ya fueron inmortalizados por la mejor literatura hace siglos"


La entidad expresó su preocupación frente a la "connotación profundamente antisemita de dicha obra y su recomendación, que generan justificada inquietud y preocupación en la comunidad judía argentina".

LA ESTUPIDEZ NO TIENE LÍMITES.

El texto fue escrito por William Shakespeare y tuvo varias adaptaciones teatrales y cinematográficas. Su protagonista, Shylock, es prestamista de un mercader, que cae en desgracia. El personaje que recibió el préstamo no puede saldarlo y Shylock le impone condiciones de usura, a punto de exigirle "una libra de tu carne". En el juicio, el usurero (que es judío) termina perdiendo.

Paul Singer, que querella contra el gobierno argentino, es uno de los mayores aportantes a causas relacionadas con la colectividad judía.

No hay peor ciego que el que no quiere ver... do you, William?
















lunes, 21 de octubre de 2013

OESTERHELD: “El paraíso son los demás”






“El paraíso son los demás”, escribe el más importante narrador de aventuras de este país, polemizando con Sartre. Ya no es el mismo, el Viejo. En la bitácora de ese itinerario que comenzó en las fronteras de una viñeta y que trascendió el campo de la imaginación, sorteó los prejuicios, las dudas y las desconfianzas del pasado. El ejemplo de sus jóvenes hijas, Beatriz, Estela, Diana y Marina, fue la chispa que encendió la convicción del compromiso militante en Montoneros. A una edad en que muchos otros preferirían mirar el devenir de la historia “desde la banquina de la comodidad y el escepticismo”, Héctor Germán Oesterheld eligió dar un paso al frente y transformarse entre compañeros. El pibe que leyó sus obras con una voracidad insaciable tampoco es el mismo. Y da en el blanco –o en ese agujero negro– cuando dice que no es sencillo leer una biografía del autor de El Eternauta que se detenga exhaustivamente en ese camino político. “Algo obtura ese relato ausente o disperso. Algo que no permite profundizar la mirada, que incomoda, que perturba”, plantea Hugo Montero en la introducción de Oesterheld, la biografía. Viñetas y revolución (Sudestada), un libro notable que viene a saldar esa deuda.

El autor de esta biografía, fundador y codirector de la revista Su-destada, advierte que la tragedia familiar –la desaparición de las cuatro hijas y del propio Oesterheld– quizás haya sido el elemento que impidió hasta ahora poner la lupa sobre el trayecto militante en Montoneros, además del rechazo que han generado las erradas decisiones de la dirección partidaria.

 “¿Cómo fue que Oesterheld, un lector sagaz, agudísimo, no leyó el aventurerismo político de la militarista cúpula montonera”, se pregunta Guillermo Saccomanno. Montero intenta esbozar una respuesta al interrogante. “Ni Oesterheld ni sus hijas eran cuadros dirigentes de la organización en la que militaban. Por el contrario, eran militantes de base –aclara–. Su ámbito de trabajo político fue la villa y la prensa, su diálogo se generó con los compañeros que compartieron con ellos esos universos, y el vínculo militante pasó muchas veces menos por lo estratégico y programático que por lo afectivo. En tantos ensayos acerca de los años ’70, el eje siempre gira alrededor de tácticas asumidas por las direcciones, pero soslaya en muchos casos el anónimo trabajo en la base, el esfuerzo silencioso de todos los días, el vínculo inquebrantable con vecinos y trabajadores, el borrador de una historia que también merece ser contada.”

–Queda claro en el libro que son las hijas las que lo llevan a militar. Que Oesterheld comienza teniendo empatía con el entusiasmo militante de sus hijas y luego se va involucrando cada vez más.

–Sí, sin dudas. Ellas eran pibas jóvenes y estaban más predispuestas a superar el dilema entre teoría y práctica: “Sometamos las ideas al mundo de la realidad, veamos en la calle cómo resuelven los excluidos, los oprimidos, los marginados, esta contradicción”. Las chicas hacen esa experiencia de campo, y Héctor escucha los relatos de ellas en las sobremesas de la casa, en ese ámbito que es clave para entender cómo se van comprometiendo. El tiene mucha admiración por las chicas, tiene una relación muy cercana, de pares, más allá de que son muchos años que los separan. El Viejo siente que su ámbito cotidiano, su ámbito de discusión sobre política, sobre cultura, sobre todos los temas, está ligado a esa generación. Evidentemente es un fenómeno que tiene que ver con la nueva izquierda, porque hay muchos casos de padres que militan a partir del ejemplo de sus hijos. Héctor es uno de los más paradigmáticos, porque las cuatro chicas terminaron vinculadas a una organización revolucionaria.

–¿Qué fue lo que más lo sorprendió durante la investigación?

–Yo no conocía la dinámica de las juntadas a la noche en el chalet de Beccar. Sabía la historia de los Fernández Long –los hermanos Pablo y Miguel–, que habían sido señalados por Elsa como los responsables de haber apresurado los tiempos de las chicas y de Héctor. Encontrarme con ellos me permitió primero comprender la posición de Elsa y luego la de ellos. Y ahí apareció la dinámica de juego, de charlas, de sobremesa, de lecturas ligadas al grupo de amigos, en que la cuestión política no era lo central al principio; no era un cenáculo de discusiones sobre la lucha armada. En esa dinámica vi el pasaje del Viejo que recibe a los pibes jóvenes, que escucha y mezcla en ese puchero todo lo que cada uno trae. El Viejo es receptor de toda esa información, pero no desde un lugar del patriarca erudito y catedrático que les da clase a los pibes, sino del que escucha y quiere tratar de entender la realidad que está pasando a través de las hijas y de los amigos de las hijas. La verdad que era una imagen que yo no tenía de Oesterheld.

–Lo imaginaba más encerrado, escribiendo, pensando.

–Más intelectual, sí. Además, todos los que lo conocieron del mundo de la historieta tenían una imagen de él más serio, más gruñón y conflictivo como patrón, porque en algún momento fue jefe de su propio proyecto editorial –Frontera– y eso siempre genera roces, chisporroteos y contradicciones. Sacarlo de ese lugar y verlo al Viejo en cueros, como me contaron, haciendo el asado o sentado en un sillón con una copa de ginebra en la mano quedándose dormido, o jugando a los baldazos al carnaval en el chalet, es una imagen que rompe esa idea del tipo que le va mal en su proyecto profesional. En su casa encuentra un refugio de felicidad, pero es ahí también donde se empieza a preguntar cómo hacemos para cambiar el mundo.

Al principio, cuando arrancó con la escritura de la biografía, Montero quería dividir el libro en tres partes: el oficio, el amor y la pasión revolucionaria. Pronto comprendió que era descabellado intentar mantener ese plan. “El entrecruzamiento se da todo el tiempo, particularmente al final, cuando se vincula orgánicamente con Montoneros y pasa a publicar historietas en la prensa partidaria y a la vez milita en una villa del Norte del conurbano, en la Sauce, con Beatriz. Hay un trasvasamiento que no me permitía escindir las historias. Es imposible comprender sus trabajos políticos sin el vínculo que tenía con las chicas –explica–. El Viejo asume desde el punto de vista narrativo algunos desafíos, como contar la historia argentina, y se mete en debates históricos revisionistas sobre Mariano Moreno, sobre Rosas. Esos mundos que aparentemente parecen separados están muy entrecruzados: cada uno fue marcando un pedacito de su evolución política, de su cambio como narrador. Muchos plantean que la parte política de Oesterheld es la menos imaginativa, la menos creativa. Pero en realidad hay cosas muy lindas desde el punto de vista estético en esa etapa.”

–Cuando Oesterheld interviene con estas historietas de carácter político, ¿están atravesadas por el imperativo de la actualidad militante?

–Sí, en un punto están marcadas por la actualidad, por la coyuntura. Oesterheld entiende que en ese momento su función como intelectual orgánico es aportar esa mirada a la historia desde un punto de vista montonero. Hay un cruzamiento constante entre los traidores de Mayo de 1810 con los traidores del 25 de mayo de 1973. Si entrás a la historieta de Oesterheld por el lado de la aventura, la parte más rica es la de los años ’50. Eso es evidente. Ahora si intentás ver la obra que hace a nivel político, no es de baja calidad, sino que es distinta. A muchos del mundo de la historieta le sigue chocando la segunda parte de El Eternauta; hay cuentas que no cierran, pero él mismo dice que ya era otro, que tenía ganas de hacer otras cosas. Tenía una visión antiimperialista muy marcada y la aplica en su historieta.

–¿Por qué cuestiona el uso del Nestornauta y habla de “equívoco”?

–Creo que hay un problema, que sucede también con otros militantes que terminan siendo símbolos, como Rodolfo Walsh y Haroldo Conti. El problema del Nestornauta es utilizar sólo lo que te sirve de ese símbolo. Hay cuestiones que se vinculan con tu lucha o con el dirigente al que intentás comparar, pero hay partes que incomodan y generan una discusión que no podés sostener. Por ejemplo el tema de la lucha armada o su militancia en Montoneros, que no están relacionadas con los Kirchner, que siempre fueron críticos de la lucha armada. Cuando elegís de símbolo a un militante montonero, con cuatro hijas militantes montoneras, hay que entender que hay cosas de ese símbolo que van a generar contradicciones desde el presente político. Como el hecho de que el fusil de Juan Salvo se borra con el Photo-shop; en ese intento de manipulación hay una apropiación simbólica sólo de algunos elementos. Si vas a elegir un símbolo, bancate lo que venga: la discusión sobre la lucha armada en los ’70, la militancia en Montoneros. Me parece que no es justo con Oesterheld porque él no tenía dudas respecto de su militancia, no la ocultaba, puso el cuerpo y militó a la par de pibes de veinte años. Y relegar esa parte, intentar ocultarla o dejarla en un segundo plano, me parece que no le hace justicia a Oesterheld, que es lo que me interesa validar.

“Un pasillo con paredes de látex azul brillante. Las paredes de El Vesubio. Héctor allí, de pie, mirando a su nieto. Reconociendo de inmediato la dimensión de esa presencia: la ternura infinita del abuelo que se sienta a tomar la chocolatada con el nieto, a mirar los dibujitos en un viejo televisor, y el más lacerante dolor consumiéndolo por dentro. El Viejo lo sabía: si Martín está allí solito, era porque Estela había caído. La última de las chicas, la cuarta. Otro desgarro incurable, otra ausencia”, relata Montero en la biografía. “No necesito más homenajes ni las pelotas, no quiero saber nada de eso –dice Martín Mórtola Oesterheld, guionista y director de cine–. Cuando salí del juicio por El Vesubio, yo no podía dejar de pensar en mi abuelo. En mi abuelito, no en Oesterheld. El primer recuerdo de toda mi vida es estar con mi abuelo en El Vesubio, y seguramente hablando de las cosas que yo hablaba con él, o de lo que yo hablo hoy con mis hijos. El dato es que mi abuelo sabía lo que le esperaba. No puedo dejar de verla como una secuencia: mi abuelo hablando conmigo sabiendo que acababan de asesinar a su hija, y me habla y jugamos como si nada pasara.”

–El encuentro con Martín es uno de los momentos más impactantes de la biografía, ¿no?

–Sí, a mí me aportó una mirada distinta de cómo se da el proceso de construcción de la memoria a nivel colectivo. Martín habla de una etapa en la que relacionarse con un desaparecido era equivalente a ser hijo de un subversivo, a ser discriminado o chicaneado por las instituciones del Estado, y cómo ese discurso fue variando pero la posición de él no fue cambiando sobre lo que eran sus viejos. Uno escucha a hablar a Martín y te ponés a pensar en lo que han vivido los hijos de desaparecidos. Son miradas muy inteligentes, muy elaboradas; ha tenido un largo proceso de discusión con él mismo y con la memoria de sus viejos y de su abuela. El discute todo el tiempo con su abuela. Lo mismo hace Fernando (Araldi). Ellos tienen una relación de amor y conflicto constante con Elsa, como lo tenían también las chicas. La mirada de Martín es muy elaborada porque está cansado de los homenajes. El quiere otro vínculo con el recuerdo. El quiere la imagen íntima con su abuelo, por eso defiende esos espacios propios como un tesoro.

–¿Coincide con Martín en la necesidad de bajar del pedestal a Oesterheld?

–Sí, es difícil reclamarle cosas a esa imagen en el pedestal. Hay que bajarlo de ahí y saber cosas chiquitas. Martín se mira en las fotos –y yo las vi– y en todas las fotos están Estela, el Vasco y él chiquito. Hay una presencia de los tres muy fuerte. Los compañeros lo veían a él en la isla Maciel, donde militaban los viejos. Martín se sabe parte de una construcción familiar y se siente cómodo con ese recuerdo, que después fue truncado por el genocidio; pero rompe con ciertos lugares comunes y prejuicios sobre la militancia que está bueno sacárselos de encima definitivamente: que priorizaron la política por encima de los hijos, que dejaron atrás las cuestiones familiares y se volcaron exclusivamente a la política, cuando en realidad ellos hacían política con los pibes encima. Ese fue el caso de las chicas.

Un grupo de tareas secuestró a Oesterheld en La Plata, el 27 de abril de 1977.

Varios testimonios de sobrevivientes dan cuenta de su paso por los campos de concentración de Campo de Mayo, en el regimiento de Monte Chingolo, en El Vesubio de La Matanza y El Sheraton de Villa Insuperable. A cada una de las preguntas de sus carceleros por algún dato, una casa, una persona, el Viejo terco respondía con la misma frase: “No tengo nada que decir; no tengo nada que negociar”. Después de un traslado masivo desde El Sheraton presuntamente a la localidad bonaerense de Mercedes, en febrero de 1978, se diluye el rastro del escritor. “Como en una doliente historieta –escribe Montero–, la silueta de Héctor se funde en el negro de la viñeta. Y en el siguiente cuadrito, se hace sombra.”











domingo, 12 de mayo de 2013

LOS GARCAS (EL LIBRO)





Al comenzar la lectura de Los Garcas. Una tipología Nacional (Editorial Planeta), de los hermanos Vicente y Hugo Muleiro, ya desde su título, da la sensación de que el periodista y escritor, actual subdirector de Radio Nacional, y su hermano colega, otrora director de Télam, entre otras múltiples tareas, se hubieran determinado a trazar irónica y hasta sarcásticamente la genealogía del garca nacional, concepto que surge de la fusión entre el lunfardo que invierte el término cagador y la abreviación de oligarca, categoría política acuñada por el filósofo griego Aristóteles, a miles de años y kilómetros de la Argentina. Sin embargo este voluminoso libro, no exento de ironía ni sarcasmo, se encarga de repasar de un modo tan contundente y por qué no en clave jauretcheana la historia de una clase que desde los tiempos coloniales se encargó de concentrar poder, abusar de él en su propio beneficio y odiar al pueblo. Allí queda clara la intención seria y profunda con la que se escriben estas páginas.

–¿Esa fue la intención desde el principio?

Vicente Muleiro: –Pensábamos que era interesante dar cuenta de que los garcas de hoy no salen de la nada, sino que tienen una apoyatura material y conceptual que tiene su historia en la Argentina, y cuando se dicen ciertas cosas, se puede acudir a la vasta biblioteca del ensayo y la historia argentinos y darse cuenta de que el racismo no es casual, el clasismo no es casual, y que los personajes de hoy heredan muchas de aquellas formaciones o malformaciones con las que se arman la política y el Estado argentino.

–¿Cuándo y cómo empezaron a gestarlo?

Hugo Muleiro: –A lo largo de nuestra actividad periodística, venimos de hace tiempo compartiendo una mirada sobre el país, sufriendo lo que sufren todos e interpretándolo de una manera muy coincidente. Este libro concentra en la palabra garcas dos conceptos básicos que se unifican en los personajes que estamos presentando. El oportunista, ventajero, y el corte de la palabra oligarca, también usada en la política a lo largo de varios períodos para dar cuenta de una casta que se caracteriza por reunir riqueza usufructuando bienes, sobre todo públicos, con un profundo desprecio por los que no son de su clase, racista, que por lo general tiende al uso de la violencia para defender sus posiciones, y es partidaria de la represión. Lo vimos en el Borda como última evidencia. También añora un país que esté supeditado a un poder extranjero central.

–Siendo que fue su primera experiencia juntos, ¿cómo surgió y cómo eligieron el tema?

VM: –La idea de hacer un trabajo juntos nos acompaña desde hace mucho; planeamos hacer programas de radio y otras cosas y nunca lo hicimos, porque cada uno tenía su actividad y nunca se daba la ocasión. Pero teníamos ganas de hacerlo, y de dar cuenta de los personajes cuyo oficio es el daño sobre las mayorías. En ese sentido fue bastante fácil ponernos de acuerdo en lo importante que es conocer al que nos perjudica. Y un tema que fuera funcional a una lucha cultural que es cada vez más necesaria. Empezamos a pelotear hace dos años y medio y nos pusimos a trabajar seriamente hace dos años con mucha intensidad, hasta terminar en febrero de este año. La decisión fue tomar personajes vivos para dar cuenta más de este momento. Cuando estaba en imprenta se murió uno, (José Alfredo) Martínez de Hoz, que era emblemático.

–Pareciera que les va a generar algunas enemistades, o al menos reproches, ¿lo ven así?

VM: –Mirá, el libro acaba de salir, pero tengo la experiencia de haber escrito con María Seoane, El dictador, y luego hice 1976 El golpe civil, y en ninguno de los casos hubo nada grave. Además no somos los únicos que escribimos estos temas. Parece que están concientes de que salir a torear amplificaría el libro, entonces prefieren callarse.

–Es que el término supone un insulto, quizá, pero ¿existe el orgullo garca?

VM: –Yo creo que el que es garca está orgulloso de serlo, y no se tiene por qué defender porque ha trabajado muchísimo para serlo. A algunos les vino de cuna, como el caso de (Carlos) Blaquier o Martínez de Hoz, pero otros, como Marcos Aguinis o Héctor Aguer, han trabajado denodadamente para ganarse el apelativo.

HM: –De todos modos, no veo en los doce personajes que están en este libro ninguna persona permeable a las críticas, relativamente enérgica, como puede ser la de este libro, ni otras más o menos enérgicas. No hay gente tolerante ahí, la intolerancia es una condición garca por naturaleza.

–Por lo que hablamos y el mismo libro, queda claro que garca no solo se nace, también se hace.

HM: –Absolutamente.

–¿Cuál es el ejemplo más notorio?

VM: –Hay personajes que vienen de clases sociales muy bajas, como Cavallo, como Aguinis, como…

HM: –Mirtha Legrand.

VM: –Mirtha Legrand. Vienen de mundos de clase media baja.

HM: –El padre de Aguinis hombreaba bolsas en Dock Sud. Después se fue a Córdoba a trabajar en una mueblería familiar, y el mismo Aguinis relata que dormía en una suerte de cuna hecha con cajones de madera. Eso dice él. Pongamos que la mitad de eso ya es bastante. Y sin embargo, después se convierte en una persona que desprecia a la gente que está en esa condición por la que él pasó. Habla de los argentinos como una manada sin cerebro que va detrás de tiranías. Es una marca constante en todos. Blaquier, en una pretensión de ensayo histórico, dice que los indios no solo fueron usurpadores de la tierra, sino también genocidas. Vos te reís, pero lo escribió. Además dice que los que fueron asimilados, aún viniendo de donde venían, fueron tratados muy generosamente, y esa es una forma de mirar al otro que marca al garca por naturaleza. El garca marca como inferior al otro, el que es distinto. Grondona llamando "extraterrestres" a los pobres que venían a Plaza de Mayo el 17 de octubre (de 1945).

–Ustedes hacen una suerte de continuidad histórica en patrones de conducta de los sectores más concentrados, por ejemplo en 1930, 1955 y 2008. ¿Hay un momento emblemático del garca en la historia?

VM: –Más que una especie de garquismo cumbre en las etapas pregolpistas, lo que sí se ve es una constante que es muy interesante para ver en el presente. Los gobiernos son acusados de corruptos, se dice que los presidentes están encerrados en un círculo que los perjudica, se pone en cuestión hasta la salud psíquica del presidente, se habla de turbas…

HM: –Hay otras coincidencias. Se apunta a un supuesto dispendio estatal en el acto social, un desorden. Se agitan mucho los indicadores económicos. En todos los climas pregolpistas hay una mirada puesta siempre por la oligarquía y sus medios en la paridad cambiaria.

–¿Qué cambió entre el garca clásico y el del presente?

VM: –La diferencia entre oligarquía clásica, el latifundista que combinaba el mundo ganadero con las finanzas, a un personaje que se trasnacionaliza y diversifica sus negocios, entonces tiene elementos económicos muy distintos. Yo creo que lo que cambió fundamentalmente es el retiro de las fuerzas armadas como garante de esas continuidades oligárquicas. Junto con eso, hoy los arietes son los medios hegemónicos, para hacer de la cabeza de la gente un campo de batalla que hay que ganar con consignas cada vez más simples y más brutales.

–¿El problema de los garcas es no tener representatividad política?

VM: –Tuvieron problemas con el voto universal a partir de 1912. Antes de eso, Juárez Celman decía "es un error consultar al pueblo para las decisiones políticas". Tuvieron problemas y a veces soluciones. Con el menemismo encontraron un liderazgo con el que cumplir sueños garcas que no habían cumplido en la etapa golpista. Hoy pareciera que están pidiendo a gritos que aparezca ese líder que conjugue esa dispersión en la que están.

HM: –Felipe Cavallo, elogiado por Martínez de Hoz como el que supo llevar la obra a los límites que él no había podido, cuando se incorpora al gobierno menemista dice que sabe que Menem es el hombre capaz de doblegar a los sindicatos para aplicar las privatizaciones. Diría que es casi un momento de lucidez política.

–El libro arranca con una parte conceptual e histórica y finaliza con un listado de 12 garcas de los que se cuenta vida y obra. ¿Cómo fue la elección de esos 12?

VM: –Cada uno tiene su propia lista de garcas y nos dicen por qué este y por qué este otro.

HM: –Hay quienes preguntan cuándo sale el tomo dos, otros cuándo sale la enciclopedia (risas).

VM: –Nos oponemos a la enciclopedia porque creemos que este no es un país de garcas, sino que fue doblegado o amenazado por los garcas.

–¿Pero cuál fue el criterio?

VM: –Que estén vivos, que hayan pasado por el Estado, que hayan tenido posiciones económicas fuertes y claramente oligárquicas, alguien de la Iglesia, como Monseñor Aguer, un medievalista que consideró que la derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida era una venganza... Así que bueno, tratando de cubrir un espectro... De ninguna manera es la totalidad. Nos preguntan más que nada por Menem y (Héctor) Magnetto. Son los más nominados al premio de garquismo. Igualmente, los dos atraviesan el libro igual, aunque no les dedicamos biografías específicas.

–Dentro de las definiciones que incluye el libro sobre el ser garca, ¿cuál fue la más pintoresca para ustedes?

VM: –Por ahí hay una que no es muy precisa, pero es muy simpática, porque la toma del tango y es una variante posible, que es la figura del dandy. Que es un oligarca estetizado, que hasta en el caso de Lucio Mansilla toma hasta actitudes contrarias a su propia clase, es un poco excéntrico. Pero la figura del dandy era como una especie de piola y trepador. El tango Dandy, de Demare, Irusta y Fugazot, habla de un dandy que era el soplón de un taquero: "se ha corrido la bolilla de que sos un batidor", dice. Así que un dandy aparece ligado a las oscuridades.



►El garca de oro




Los hermanos Muleiro se ríen cuando se pregunta quién de todos los personajes sería acreedor del trofeo máximo del garca, al estilo Martín Fierro. Piensan. "¿En vez de una persona puede ser una estirpe?", pregunta Vicente Muleiro. Puede, claro. Entonces se despacha: "En ese caso, creo que los Martínez de Hoz. El primero que llega es José Martínez, que luego se agrega el Hoz para trenzarse con las familias aristocráticas, que es administrador durante las invasiones inglesas, de la aduana, pero a favor de los ingleses. En el Cabildo del 22 de mayo vota por la continuidad de Cisneros. En 1866, en la casa del descendiente, José Toribio, se junta la Sociedad Rural y aportan para la Campaña del Desierto a cambio de papelitos que después significan millones de hectáreas, y culminan su obra con el representante epónimo, que fue enterrado sin homenajes hace pocos días, que cumplió el verdadero sueño garca que es el escarmiento con sangre del campo popular, para desguazar el Estado, bajar los salarios, abrir las importaciones, destruir la industria nacional y volver a un esquema con el que soñó la generación del 80. Es bastante emblemática la zaga de los Martínez de Hoz."





►Yendo de mirtha legrand a de narváez


Francisco de Narváez

“Garca comercial y circense. Este mercader le debe sus principales señas al menemato. (…) Entiende la política como a una consoladora gloria personal y ha avanzado en ella "pagando como un chabón", como dice el tango. Busca apoyarse en sellos y la liturgia peronista. Pero no hay caso. No consigue disimular que es un garca más.”



Mirtha Legrand

“Garca impostada, enmascaró su plálido origen social proponiéndose como modelo de elegancia. (…) Apela “lo que dice la gente” para despacharse con una moralina cerril por la que ni siquiera podría responder su entorno. Aunque su desmemoria selectiva se lo impide recordar, nunca se la vio tan feliza como cuando estuvo rodeada de genocidas.”



Héctor Aguer

“Garca arribista. Hijo de un carnicero de Mataderos, corrigió su falta de antepasados calzándose una sotana. En el Arzobispado de La Plata encontró su lugar en el mundo como apoligsta de calificados antisemitas y garante público de un famoso estafador. (…) Lo perjudica su sinuosa relación con el dinero pero pueden ayudarlo su defensa del genocidio videlista y su obsesión por la sexualidad de los otros.”














Hugo Muleiro nació en Buenos Aires en 1955. Como periodista desempeñó funciones y cargos diversos en diarios de Neuquén y Río Negro y en agencias de noticias. Fue secretario de redacción de DyN (Diarios y Noticias) y ANSA, y jefe de redacción y luego director periodístico de Télam.

Se especializó en temas internacionales, en particular los referidos a América Latina. Es autor de Palabra por palabra, estructura y léxico para las noticias (2002), y Al margen de la agenda. Noticias, discriminación y exclusión (2006).

Entre otras tareas, colaboró con UNICEF en encuentros y seminarios sobre el tratamiento periodístico de los temas de niñez y adolescencia, desarrollados en varios puntos de la Argentina y en otros países. Es secretario de COMUNA (Comunicadores de la Argentina), entidad que promueve el derecho a la información y la circulación libre de la palabra.






Vicente Muleiro (Buenos Aires, 1951). Es escritor y periodista. Ha publicado las novelas Quedarse con la dama (1994), Sangre de cualquier grupo (1996), Cuando vayas a decir que soy un tonto (2004, finalista del premio Planeta 2003) y La balada del asador (2006). Junto con María Seoane escribió El dictador: la vida secreta y pública de Jorge Rafael Videla (2001) y es autor de 1976/El golpe civil (2011).

También escribió los libros para chicos Don Perro de Mendoza (2003), Los cachorros de Don Perro (2009), Cacao del mar (2009), Los guerreros de French (2010) y Los cuentos de don Vicente Nario (2010).
Como poeta publicó Para alguien en el mundo estamos lejos (1978), Boleros (1982), Pimienta negra (1990), El árbol de los huérfanos (2000), Milongas de modo tal (2003), Ondulaciones (2009) y Los goliardos (2012). También compiló y prologó las obras de los poetas Roque Dalton (Con manos de fantasma, 1998) y Antonio Gamoneda (Lengua y herida, 2002). Realizó la antología de cuentos de boxeo De puños y letras (2001).

En periodismo trabajó en los diarios Sur Argentino, Crónica y Clarín, entre otros. También en el semanario El Periodista. Fue editor de la revista cultural Ñ. Actualmente es subdirector de Radio Nacional, donde conduce el programa Vía libro.




domingo, 14 de abril de 2013

CÓMO SE HACE UN MONÓLOGO CÓMICO





Quedan los últimos ejemplares del libro de Dan Trugman, "Cómo Se Hace Un Monólogo Cómico", la única bibliografía teórica para construir el espectáculo Unipersonal de Varieté y el de Stand Up Comedy en castellano, en la librería del C. C. C., Centro Cultural de la Cooperación, Av. Corrientes 1543.






jueves, 7 de junio de 2012

ADIOS MARCIANO







RAY BRADBURY MURIO A LOS 91 AÑOS, EN LOS ANGELES.

Es absurdo intentar encasillarlo: desde que en 1950 engañó a los editores disfrazando de novela sus Crónicas marcianas –que en Argentina fueron prologadas por un tal Jorge Luis Borges–, Bradbury navegó por mundos disímiles, siempre apasionantes.



Todas las horas hieren, sólo la última mata. El viejo bonachón que tenía en su memoria la memoria de los días, el genial e inclasificable Ray Bradbury, murió ayer a los 91 años en Los Angeles, según informó su nieto Danny Karapetian. “Si tengo que realizar una declaración –escribió el nieto en una página web– sería la de cuánto lo quiero, cuánto lo echo de menos y cuánto deseo oír los recuerdos que los demás tienen de él. Su legado vivirá en su monumental corpus de libros, películas y teatro, pero más importante aún: en la mente y en los corazones de quienes lo leyeron. Era el niño más grande que he conocido.” El ánimo de millones de lectores del mundo que se iniciaron con las páginas de Crónicas marcianas y Fahrenheit 451 está en capilla. De riguroso luto. La obra del maestro de la ciencia ficción más lírica –se sabe que es absurdo intentar encasillarlo, sería como considerar a Edgar Allan Poe un novelista policial– forjó el imaginario sobre el futuro del siglo XX, la pequeña chispa que se esconde entre las cenizas de los que fuimos, somos y seremos.


El niño pobre que creía en el futuro

La infancia no fue un campo de flores ni una nube efímera en el cielo vital de Bradbury, que nació en Waukegan (Illinois), en 1920. El niño pobre que fue –quizás entonces ya tenía la mirada pícara de ese abuelo simpático que retratan las fotos de los últimos tiempos– se convirtió en un lector insaciable. Durante diez años, recordaba siempre predicando su amor por la lectura, tres días a la semana estaba en las bibliotecas, devorando con los ojos, con las manos, con todo el cuerpo, los libros que no le podían comprar sus padres. Esta compulsión y ambición desmesurada –que acaso sólo pueden comprender quienes no han nacido en “cuna de oro”– tuvo también su correlato con el cine. El joven sabueso no dejaba proyección gratuita sin aprovechar –dos films por día y cuatro los domingos, puntillosamente inventariadas–, para disfrutar todas las películas existentes. Se jactaba de haber visto 16 películas por semana durante varios años. A los 20 años, a ojo de buen cubero, estimaba que acumulaba entre 2000 y 3000 films en su prontuario cinéfilo. Pero cuenta la leyenda que el tercer hijo de Leonard Spaulding Bradbury y Esther Marie podría haber sido actor. El mismo se encargó de alimentar el mito de que ya a los tres años sabía que sería escritor. Esto sí –hay que decirlo– es ciencia ficción pura y dura. Pero el deseo de subirse a los escenarios se frustró. Los achaques precoces de su memoria –parece que nunca recordaba las frases– lo convencieron de que nada mejor que escribir sus propios textos, algo que ya venía haciendo desde los 12 años. En el horizonte, entonces, sólo flameó la bandera de la literatura. Su mente era una susurrante galería de palabras que pronto encontraría su cauce. No le importaron las burlas despiadadas de los chicos que no podían calibrar por qué diablos ese niño creía tanto en el futuro.

Del lector voraz –formateado por las primeras revistas de ciencia ficción que comenzaron a aparecer en Estados Unidos, más las miles de páginas deglutidas en las bibliotecas– a la escritura hay apenas un trecho. Los autores faros fueron Shakespeare, Julio Verne, Edgar Allan Poe, Edgar Rice Burroughs y H. G. Wells, entre otros. Al principio el joven Bradbury no tenía ni máquina de escribir. Recién a los 21 años publicó su primer trabajo remunerado, el cuento “Péndulo” en la revista Super Science Stories. Y, sin embargo, aún estaba lejos del confort y la tranquilidad. El magma de ideas, sentimientos y saberes que hervía en su interior chapoteaba ante la precariedad económica. Una anécdota ilustra la costra de esta cicatriz. “Tenía tan poco dinero, estaba recién casado y quería escribir sin gastar dinero, que fui a la UCLA (Universidad de California) y en un sótano había unas máquinas de escribir a las que tenía que ponerle 10 centavos de dólar cada media hora, y en nueve días gasté nueve dólares: con eso hice la primera versión de Fahrenheit 451”, recordaba el escritor consagrado en una de las últimas entrevistas, hurgando en las más delicadas vísceras de ese pasado remoto de los años ’50. Y sin embargo, ésa fue la década capital del narrador en ciernes. Ningún comienzo está exento de diálogos entre sordos, necesidades de tirar pelotas fuera de la cancha y aplazar la publicación. “No queremos historias cortas porque nadie las lee, queremos una novela”, disparó un editor. La retahíla de lugares comunes no amedrentó al joven autor. Pronto afilaría la cuchilla del ingenio y uniría varios de esos relatos extraordinarios rechazados en Crónicas marcianas (1950).

“Se prohibió hablar de política, acusando de comunista al que lo hiciera”, desliza uno de los personajes de esas “crónicas”. En el cuento “La mezcladora de cemento”, una mujer dice a Ettil, un marciano que no quiere ir al cine ni comprar automóviles: “Oiga, ¿sabe como quién habla usted? Como un comunista. Nadie aguanta aquí esa clase de charla, se lo aviso. Nuestro viejo sistemita no tiene nada de malo”. Estos fragmentos no hacen más que proyectar una inocua rebeldía de un descomunal narrador y ensayista que –lejos de ostentar la chapa oxidada de “intelectual progresista”– aceptó ser condecorado por Bush junior en 2004, mal que les pese a millones de lectores en el mundo. La cuestión se empioja más cuando se repasa lo que declaró en una entrevista reciente. “Tuve un almuerzo con Gorbachov en Washington en 1992 y le pregunté: ‘¿Qué piensa usted de Ronald Reagan?’. Y Gorbachov me dijo: ‘Su presidente más grande’. Le pregunté por qué decía eso y me contestó: ‘Mire, Kennedy nunca lo dijo, Nixon tampoco; Reagan, sí: ‘¡Tiren abajo el Muro!’. Reagan les dio libertad a todos los países europeos, por eso fue el mejor’. Eso me dijo Gorbachov, y creo lo mismo: Reagan fue fantástico”, subrayó Bradbury. Leer y escribir muchos libros, evidentemente, no garantiza una visión perspicaz de la política.


El tedio americano

Las historias marcianas llegarían cinco años después a Argentina, en 1955, publicadas por la editorial Sudamericana para inaugurar la selecta colección Minotauro con la mejor ciencia ficción anglosajona. Francisco Porrúa –el primer editor histórico de Cien años de soledad– fue un visionario de cabo a rabo. No sólo tradujo el libro, bajo seudónimo, sino que encontró al mejor prologuista de estas tierras: Jorge Luis Borges.

“Su tema es la conquista y colonización del planeta. Esta ardua empresa de los hombres futuros parece destinada a la época, pero Ray Bradbury ha preferido (sin proponérselo, tal vez, y por secreta inspiración de su genio) un tono elegíaco. Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria”, plantea Borges. “Otros autores estampan una fecha venidera y no les creemos, porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado –el dark backward and abysm of Time del verso de Shakespeare–. Ya el Renacimiento observó, por boca de Giordano Bruno y de Bacon, que los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero”. No vacila a la hora de dar su bendición; sabe que esos relatos perdurarán. “¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad? ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo fantástico o a lo real, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o la novelería de la science-fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street”, pondera Borges.

El autor de Crónicas marcianas construía sus ficciones en un lugar “cálidamente explosivo”, postula Juan Sasturain en un artículo publicado en este diario. “Por un lado, la vida cotidiana de una próspera clase media yanqui de posguerra y Guerra Fría –plástico creciente, casas con jardín, electrodomésticos cromados, muebles funcionales, coches cada vez más largos, gaseosas, jopos, vaqueros e incipiente rocanrol– que de noche se desvelaba con la sombra ominosa de la hecatombe nuclear. Por otro, un escenario marciano desaforado y bello, mezcla de Sahara y Monumental Valley pintado por Matisse y fotografiado a toda página y a todo color para Life, más el silencio de un paisaje de Hopper posnuclear. Bradbury contó sus crónicas en la intersección de ambos mundos”, afirma Sasturain. “Puso a sus yanquis con gasolineras y fiestas de Halloween y manoseos adolescentes en el asiento de atrás del Cadillac en el escenario de un Marte próximo en el tiempo y la imaginación. Y escribió lo que veía. Por encima de casas de vidrio con el vehículo estacionado a un metro del suelo en la puerta junto al canterito de césped azul, y a orillas de un desierto turquesa con rocas amarillas, las lunas rebotaban como pelotas de béisbol en un cielo metálico”.


La quema de libros

Una tristeza calcinada golpea al narrador norteamericano. Fahrenheit 451 (1953) –temperatura a la que se quema el papel– es considerada su obra maestra por el modo en que despliega las pasiones humanas en una sociedad del porvenir –después de 1990– donde la palabra escrita está prohibidísima, los bomberos en vez de apagar incendios extirpan el “mal” de la lectura –esa actividad que atiza las angustias, la infelicidad, y es un nido peligroso para el pensamiento– incinerando libros, la televisión anestesia y un puñado de rebeldes, los hombres-libro, se obstinan en memorizar las obras para transmitirlas de generación en generación. Esta novela consagratoria fue llevada a la pantalla por el cineasta francés François Truffat. “La imagen más fuerte que me ha acompañado durante toda la vida ha sido la de las quemas de libros. Cuando era joven, leí acerca de los incendios de la Biblioteca de Alejandría. Ardió cinco veces, dos de ellas en fuegos provocados. Soy un habitante de bibliotecas desde siempre. Fui un niño pobre, así que todo lo que leí lo leí en las bibliotecas. Si tocas una biblioteca, me tocas el alma”, evocaba Bradbury y añadía, con afán de provocar a sus interlocutores, que fue Hitler quien le contó la historia cuando quemó libros en las calles de Berlín.

La rebelión de Guy Montag, el bombero que empieza a dudar y se niega a quemar los libros; Clarisse, la joven incisiva y curiosa que a cada paso que da pregunta el porqué de todo lo que ocurre y la rodea, y algunos viejos profesores o filósofos despojados de sus cátedras, como Faber –en una sociedad en la que la abundancia y el bienestar de unos pocos son el resultado de la zaparrastrosa miseria de la gran mayoría–; todos esos personajes conforman una especie de memoria suelta sin tiempo. Curioso es el efecto que ha logrado con esta novela. La impresión es que Bradbury pudo hacer lo que sólo unos pocos privilegiados consiguen: saltar sobre su propio tiempo, como quien lanza una esperanza hacia el futuro; escribir para el lector indómito del mañana, esos disconformes que, optimismo de la voluntad mediante, serán tanto en la novela como en la vida misma quienes sobrevivirán.


Cenizas en una lata Campbell’s

La obra de ficción de Bradbury está integrada por novelas, colecciones de cuentos y más de 600 relatos cortos, como El vino del estío, La feria de las tinieblas, El árbol de las brujas; los relatos sombríos de El país de octubre, El hombre ilustrado y Las doradas manzanas del sol, por mencionar apenas media docena de títulos. Además escribió muchos ensayos cortos sobre arte y cultura, y libretos teatrales y guiones de televisión, entre los que destaca su colaboración con John Huston en la adaptación de Moby Dick (1956). Ese gran moralista, con un costado tan ingenuo como paternalista, que en muchas circunstancias se camuflaba en el ropaje de un reaccionario brutal, despotricó para toda la cosecha contra las nuevas tecnologías. “Hace un mes me llamaron de Yahoo porque querían poner una de mis novelas en Internet. Les dije que se fueran al infierno”, comentaba casi metamorfoseado en un basilisco. Y si algún periodista osaba mencionarle Internet ardía Troya. “Que quemen la red en lugar de quemar libros”, sentenciaba. Los libros electrónicos tipo Kindle lisa y llanamente para él no eran ni son ni serán libros. “Los libros sólo tienen dos olores: el olor a nuevo, que es bueno, y el olor a libro usado, que es todavía mejor”, decía ahora en la piel del romántico criado a la antigua usanza. Peor se ponía si alguien le planteaba que las bibliotecas donde se formó están en vías de extinción. “No creo que las bibliotecas estén obsoletas y no permitiré que acaben con ellas, así me tenga que poner en medio para evitarlo”, amenazaba.

Bradbury estaba convencido de que la humanidad debe colonizar otros mundos para lograr su inmortalidad. El hombre debió quedarse en la Luna y formar ahí una base para continuar con la exploración hacia Marte. “¡Nosotros somos los marcianos! y el hombre del futuro es un viajero espacial; sólo viviremos eternamente cuando nos reguemos por el universo. Por toda la raza humana hay que volver a la Luna y luego a Marte, tenemos que hacerlo”, subrayaba el autor. En 1997, Bradbury fue el invitado de lujo de la Feria del Libro de Buenos Aires y aún permanece en la memoria colectiva un puñado de anécdotas que siguen dando tela para cortar. Sufrió un ataque de pánico por el fervor de la gente, firmó tantos libros que terminó con un dolor molesto en la muñeca, tuvo que ser escoltado por la policía para que pudiera salir del predio y recibió tantos regalos que, según se dijo, regresó al hotel con tres bolsas, una botella de vino en una mano y la corbata en la otra. “Yo voy a ser el primer hombre muerto en llegar allá. Ya les dije a las personas responsables de los viajes espaciales que cuando muera, vayan y pongan mis cenizas en una lata de sopa Campbell’s y las lleven a Marte para enterrarlas en un lugar llamado Abismo Bradbury. Ya no podré ser la primera persona viva en llegar a Marte, pero al menos quiero ser el primer muerto en llegar tan lejos.”





domingo, 15 de enero de 2012

PIRATAS Y TIBURONES








La exitosa escritora valenciana Lucía Etxebarría (Beatriz y los cuerpos celestes, Un milagro en equilibrio, Premio Planeta 2004) anunció su retirada indefinida del mundo literario como forma de protesta contra la piratería. Una parte del mundo editorial salió a apoyarla, pero Hernán Casciari, autor de la “blogonovela” Más respeto que soy tu madre (adaptada para el teatro por Antonio Gasalla) y editor de esa exitosa rareza que es la revista Orsai (sin publicidad y con venta anticipada) dio a conocer esta carta en la que dice a Lucía que no es para tanto y que los malos están en todos lados...



El contador de suscripciones anuales a la nueva revista Orsai acaba de llegar a mil. En nueve días, y sin noticias sobre los contenidos o la cantidad de páginas, mil lectores ya compraron las seis revistas del año próximo. Y eso que todos saben que habrá una versión en pdf, gratuita, el mismo día que cada revista llegue a sus casas. Repito: acabamos de vender seis mil revistas. Seiscientas sesenta y cinco por día. Veintiocho por hora.

Al mismo tiempo, una escritora española acaba de informar que dejará de publicar. “Dado que se han descargado más copias ilegales de mi novela que copias han sido compradas, anuncio que no voy a volver a publicar libros”, dijo ayer Lucía Etxebarría. La prensa tradicional se hizo eco de sus palabras y la industria editorial la arropó: “Pobrecita, miren lo que Internet les está haciendo a los autores”.

A nosotros nos ocurre lo mismo. Durante 2011 editamos cuatro revistas Orsai. Vendimos una media de siete mil ejemplares de cada una, y con ese dinero les pagamos (extremadamente bien) a todos los autores. Los pdf gratuitos de esas cuatro ediciones alcanzaron las seiscientas mil descargas o visualizaciones en Internet.

Vendimos siete mil, se descargaron seiscientas mil.

Si los casos de Lucía Etxebarría y de Orsai son idénticos, y ocurren en el mismo mercado cultural, ¿por qué a nosotros nos causan alegría esos números y a ella le provocan desazón?

La respuesta, quizá, es que se trata del mismo mercado pero no del mismo mundo.

Existe, cada vez más, un mundo flamante en el que el número de descargas virtuales y el número de ventas físicas se suma; sus autores dicen: “qué bueno, cuánta gente me lee”. Pero todavía pervive un mundo viejo en el que ambas cifras se restan; sus autores dicen: “qué espanto, cuánta gente no me compra”.

El viejo mundo se basa en control, contrato, exclusividad, confidencialidad, traba, representación y dividendo. Todo lo que ocurra por fuera de sus estándares, es cultura ilegal.

El mundo nuevo se basa en confianza, generosidad, libertad de acción, creatividad, pasión y entrega. Todo lo que ocurra por fuera y por dentro de sus parámetros es bueno, en tanto la gente disfrute con la cultura, pagando o sin pagar.

Dicho de otro modo: no es responsabilidad de los lectores que no pagan que Lucía sea pobre, sino del modo en que sus editores reparten las ganancias de los lectores que sí pagan. Mundo viejo, mundo nuevo. Hace un par de semanas viví un caso muy clarito de lo que ocurre cuando estos dos mundos se cruzan. Se lo voy a contar a Lucía, y a ustedes, porque es divertido:

me llama por teléfono una editora de Alfaguara (Grupo Santillana, Madrid); me dice que están preparando una Antología de la Crónica Latinoamericana Actual. Y que quieren un cuento mío que aparece en mi último libro, “un cuento que se llama tal y tal, que nos gusta mucho”.

Le digo que por supuesto, que agarre el cuento que quiera. Me dice que me enviará un mail para solicitar la autorización formal. Le digo que bueno.

A la semana me llega el mail, con un archivo adjunto:

“Estimado Hernán, te explico lo que te adelanté por teléfono: Alfaguara editará próximamente una antología de bla bla bla cuya selección y prólogo está a cargo de Fulanito de Tal. El ha querido incluir tu cuento Equis. Si estás de acuerdo con el contrato que te adjunto, envíame dos copias en papel con todas las páginas firmadas a la siguiente dirección” (y pone la dirección de Prisa Ediciones, Alfaguara).

Abro el archivo adjunto, leo el contrato. Me fascina la lectura de contratos del mundo viejo. No se molestan en lo más mínimo en disfrazar sus corbatas.

Al cuento que me piden lo llaman “La aportación”. En la cláusula 4 dice que “el editor podrá efectuar cuantas ediciones estime convenientes hasta un máximo de cien mil (100.000)”. En la cláusula 5, ponen: “Como remuneración por la cesión de derechos de ‘La aportación’, el editor abonará al autor cien euros (¿100?) brutos, sobre la que se girarán los impuestos y se practicarán las retenciones que correspondan”.

Pensé en los otros autores que componen la antología, los que seguramente sí firman contratos así. Cien euros menos impuestos y retenciones son sesenta y tres euros, y a eso hay que quitarle el quince por ciento que se lleva el agente o representante (todos tienen uno), o sea que al autor le quedan cincuenta y tres euros limpios. No importa que la editorial venda dos mil libros o cien mil libros. El autor siempre se llevará cincuenta y tres euros. ¿Firmará Lucía Etxebarría contratos así?

Esa misma tarde le respondí el mail a la editora de Alfaguara:

“Hola Laura, el cuento que querés aparece en mi último libro, que se distribuye bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento 3.0 Unported, que es la más generosa. Es decir, podés compartir, copiar, distribuir, ejecutar, hacer obras derivadas e incluso usos comerciales de cualquiera de los cuentos, siempre que digas quién es el autor. Te regalo el texto para que hagas con él lo que quieras, y que sirva este mail como comprobante. Pero no puedo firmar esa porquería legal espantosa. Un beso.”

La respuesta llegó unos días después; ya no era ella la que me hablaba, sino otra persona:

“Hernán: entendemos esto, pero el departamento legal necesita que firmes el contrato para que no tengamos problemas en el futuro. ¡Saludos!”

Y ya no respondí más nada. ¿Para qué seguir la cadena de mails?

La anécdota es esa, no es gran cosa. Pero quiero decir, al narrarla, que no hay que luchar contra el mundo viejo, ni siquiera hay que debatir con él. Hay que dejarlo morir en paz, sin molestarlo. No tenemos que ver al mundo viejo como aquel padre castrador que fue en sus buenos tiempos, sino como un abuelito con Alzheimer.

–¿Me das eso? –dice el abuelito.

–Sí, abuelo, tomá.

–No, así no. Firmame este papel donde decís que me das eso y yo a cambio te escupo.

–No hace falta, abuelo, te lo doy. Es gratis.

–¡Necesito que me firmes este papel, no lo puedo aceptar gratis!

–¿Pero por qué, abuelo?

–Porque si no te cago de alguna manera, no soy feliz.

–Bueno, abuelo, otro día hablamos... Te quiero mucho.

Y de verdad lo queremos mucho al abuelo. Hace veinte, treinta años, ese hombre que ahora está gagá, nos enseñó a leer, puso libros hermosos en nuestras manos.

No hay que debatir con él, porque gastaríamos energía en el lugar incorrecto. Hay que usar esa energía para hacer libros y revistas de otra manera; hay que volver a apasionarse con leer y escribir; hay que defender a muerte la cultura para que no esté en manos de abuelos gagá. Pero no hay que perder el tiempo luchando contra el abuelo. Tenemos que hablar únicamente con nuestros lectores.

Lucía: tenés un montón de lectores. Sos una escritora con suerte. El demonio no son tus lectores; ni los que compran tus novelas ni los que se descargan tus historias de la red.

No hay demonios, en realidad. Lo que hay son dos mundos. Dos maneras diferentes de hacer las cosas.

Está en vos, en nosotros, en cada autor, seguir firmando contratos absurdos con viejos dementes, o empezar a escribir una historia nueva y que la pueda leer todo el mundo.



martes, 6 de diciembre de 2011

SUPLEMENTO LITERARIO de TÉLAM





Este nuevo espacio, que ya está en funcionamiento en su versión digital y que saldrá también en papel, cuenta con los trabajos —además de los producidos por la sección de Cultura a cargo de Mora Cordeu— de prestigiosos escritores y columnistas, entre ellos: Vicente Battista, Claudia Piñeiro, Juan Martini, Guillermo Saccomano, Mario Goloboff, Leonardo Huebe.

Una de las características de este suplemento dedicado a nuestras letras es sumar voces jóvenes a la de los escritores ya consagrados. Por este motivo el Suplemento Literario de Telam se diferencia de otros suplementos culturales que tienen la única intención de ser un espacio publicitario de algunas grandes editoriales alineadas con medios hegemónicos nacionales y extranjeros.

La presentación de este nuevo producto de la Agencia de Noticias Télam se realizó con un acto realizado en la Casa de la Defensa encabezado por el Presidente de la Agencia, Martín García y el director del suplemento, el escritor y Licenciado en Letras Carlos Aletto.









martes, 12 de octubre de 2010

LA BATALLA DE LA COMUNICACIÓN



Te invitamos a la presentación del libro:

"La batalla de la comunicación"
De los tanques mediáticos
a la ciudadanía de la información.


de Luis Lazzaro




PANEL DE PRESENTACIÓN:

Eduardo Aliverti, periodista. Director de ETER
Agustín Rossi, Pte. Bloque FPV, HCDN
Néstor Busso, Pte. Consejo Federal de Servicios Audiovisuales.
Juan Manuel Abal Medina, Secretario de la Gestión Pública.
Gabriel Mariotto, Pte. Del Directorio AFSCA

Jueves 14 de octubre a las 19 horas.

Sala Olga Berg.
Asociacion Argentina de Actores
Adolfo Alsina 1762 - CABA - Argentina



  • "Esta vez no han venido con tanques, han sido acompañados por generales multimediáticos..."
(Cristina Fernández de Kirchner,
Presidenta de la Nación)



  • "Fox News lleva a cabo una guerra contra Barack Obama y la Casa Blanca... "
(Anita Dunn.
Directora de Comunicaciones de la Casa Blanca)




cholulos