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viernes, 15 de agosto de 2014

Historia secreta de los HUERQUE MAPU





Tamara Smerling y Ariel Zak cuentan la historia de Huerque Mapu, un grupo folklórico que en los años ’70 grabó “El disco de los Montoneros”, el cual era fiel reflejo de la realidad que se vivía por esos tiempos, previos al comienzo de la dictadura militar de 1976.

    Hebe Rosell -hermana de Andrés Calamaro- en voz, vientos y percusión; Naldo Labrín en guitarras; Lucío Navarro en charango; Ricardo Munich en violonchelo; y Tacún Lazarte en guitarra, surgieron en mayo de 1973 como los Huerque Mapu (voz mapuche que significa mensajeros de la tierra)

Todos los peronistas al Luna Park, viernes 28 de diciembre, 19:30 horas. Festival de la Liberación. El conjunto Huerque Mapu presentará El disco de los Montoneros", publicó El Descamisado en el verano de 1973. Aquella noche, 15 mil personas escucharon y cantaron sus consignas: "Perón, Evita/ la patria socialista!"

La cara de los dos líderes políticos vestía el telón de fondo cuando los músicos subieron al escenario. El relator tomó el micrófono y listó: "1970: el pueblo peronista soporta la dictadura de las botas y monopolios imperalistas. Pero va gestando su respuesta. Una nueva etapa de la larga resistencia iniciada en 1955 cuando las minorías oligárquicas derrocaron al general Perón. En 1969 estalla el Cordobazo. (...) Camilo Torres en Colombia y la heroica muerte del "Che" en Bolivia se suman como señales de un camino hacia la liberación de América Latina."




 Comenzaron los primeros acordes de "Memoria de los Basurales". El primer tema de la Cantanta que refiere al Aramburazo. El público aplaudió y vivó aquella voz que recordaba también la de Víctor Jara; aquellos acordes que sonaban en las cuerdas a un poco de trova cubana; aquellos ritmos andinos y armonías que traían a la memoria a Inti Illimani; a Illapu... a Canturía. Eran tiempos de canciones políticas. La de este grupo musical es una historia mínima que esperó años –más de cuarenta– para ser contada.





No es casual que este libro haya sido escrito por dos periodistas jóvenes: ella nacida en plena dictadura, él en democracia. Tamara Smerling y Ariel Zak fueron los interesados en recrearla en el libro Un fusil y una canción. La historia secreta de Huerque Mapu, la banda que grabó el disco oficial de Montoneros (Planeta).

"Somos hijos de esa generación y hay aún cosas que no han sido contadas", dicen. Reynaldo "Naldo" Lebrín, Hebe Rosell, Lucio Navarro, Ricardo Munich y Tacún Lazarte son los protagonistas de este relato hasta ahora silenciado. Los autores los encontraron y entrevistaron para contar los hechos que terminaron en el exilio de todos. Algunos volvieron, otros no. Después de su paso por Huerque Mapu sus vidas quedaron signadas para siempre. Ninguno de los Huerque Mapu militaba en Montoneros.

¿Cómo es que terminan grabando su disco oficial?

Tamara Smerling: En 1973, después de siete años de dictadura, todo estaba por hacerse. (Jorge Alberto) Taiana estaba al frente del Ministerio de Cultura, y allí trabajaba Nicolás Casullo, que estaba en contacto con la conducción nacional de Montoneros. Desde allí, inspirados en las experiencias de Cuba y de Chile, con Allende, se habían pensado acciones culturales como alfabetización de adultos, la creación de un canal de televisión educativo, un diario para chicos, una editorial con precios accesibles: todos programas que apuntaban a fomentar la cultura. En medio de ese escenario un día suena el teléfono: Casullo recibe una llamada en la que le dan indicaciones para que se presente a una hora y lugar determinados. (Mario) Firmenich quería hablar con él. En esa reunión le dijo: "Queremos armar un disco en el que se cuente la historia de nuestras luchas contra la dictadura y todo el proceso que culminó con la vuelta de Perón." Huerque Mapu era un grupo de música popular, folclórico, al que ya le habían encargado otros trabajos para el ministerio. Casullo pensó en ellos.

–Da la sensación que se embarcaron en esto de un modo casi naif.

Ariel Zak: –Ninguno de ellos militaba en Montoneros, ni militó después. Algunos tenían más relación con el Movimiento, como Naldo, o con espacios que formaban parte o eran satélites del Movimiento. No eran orgánicos. Pero llegaron paradójicamente a ser la cara visible de la cultura montonera. Además hay que pensar que entonces Montoneros no estaba prohibido y era un momento de furor. Creemos que ellos pensaron que haciendo este disco se iba a multiplicar su popularidad como grupo. Llegaron a vender 600 mil discos que era mucho teniendo en cuenta que, por ejemplo, Sandro en esa época vendía 1 millón.

TS: –Sin embargo hubo algunos que plantearon sus dudas, se preguntaron hasta dónde iban a quedar pegados a esto…

–Había un movimiento de músicos populares cantando por América Latina: su identidad, sus ideales.

AZ: –Claro, Casullo les propone eso en un principio. Pero les dice que "como prueba" hicieran la "Cantanta Montonera". Ellos como grupo se preguntaron cómo se milita, si se milita cantando, si se milita por las armas... Si cantando estaban avalando la forma de militar de Montoneros. Es un debate que se dan internamente. Sienten una tensión por esta propuesta y la discusión está zanjada en el libro. Y, sí: deciden hacerlo de una forma un poco ingenua.

TS: –También tiene que ver con cómo se llevaba la militancia en esa época. No sabían tampoco que iban a quedar estigmatizados por este disco, ni que Montoneros iba a pasar a la clandestinidad. Ni que se iban a tener que ir del país como muchos artistas vinculados con el peronismo o con la izquierda.

–¿Pudieron entrevistarlos a todos?

TS– Todos estuvieron muy complicados. Al departamento de Hebe lo allanaron, a su compañero Juan Sosa que si bien no perteneció al grupo fue el que puso la piedra fundamental, lo fueron a buscar a la fábrica donde trabajaba. Terminaron todos en el exilio. Nosotros pudimos encontrarlos y entrevistarlos para el libro.

–¿Encontraron coincidencias con la "batalla cultural", como la denomina el kirchnerismo, desde lo que se intentaba hacer en el Ministerio de Cultura de Taiana?

TS: –Considero que es casi una réplica salvo que ellos no la pudieron concretar. Proyectaron el canal 4 del Ministerio de Educación y Cultura, se creó también una discográfica, un diario para los chicos. Hay paralelismos que ahora uno los ve plasmados –canal Encuentro, es un ejemplo– y que ellos no alcanzaron a concretar. También había una corriente revisionista.

AZ: –Creo que hay una continuidad si pensamos que todo esto lo llevó adelante Nicolás Casullo y hoy algunos de sus seguidores están ocupando cargos, como Ricardo Forster en la Secretaría de Pensamiento Nacional. Creo que toman su legado. Y en ese momento él llamó a artistas populares. Huerque Mapu era eso, como tantos otros. Hoy al frente del Ministerio de Cultura hay una artista popular.

–¿Por qué se les ocurrió investigar sobre esto?

TS: –Creo que no es casual, él nació en democracia, en 1985. Yo soy del '77. Tengo amigos que están buscando a sus hermanos, o quieren saber de sus padres. Esta música también estaba en mi casa. Hablando con amigos es notable que nadie conoce ni de nombre a Huerque Mapu. Hubo algo ahí, ellos se van en el '76. Y así como trascendieron otros como César Isella o la misma Mercedes Sosa, ellos quedaron tapados en el olvido. Nosotros no conocíamos la historia, la tuvimos que desentrañar como un ovillo.



Tiempo Argentino











martes, 18 de febrero de 2014

LA PASIÓN X LA MURGA





Ariel Prat va y vuelve de España a la Argentina. El músico que vive hace algunos años en el país europeo nunca se alejó de los barrios porteños y mucho menos se alejó de lo que más le apasiona: la murga.

Su relación con el barrio y el fútbol fueron determinantes para que esta rítmica rioplatense lo marque de por vida. Hoy, como principal referente de la murga porteña, se dedica además de la música a la difusión de la historia y los orígenes de uno de los ritmos (y por qué, no rituales) más castigados durante la última dictadura militar. Cada verano, Prat cruza el charco para carnavalear en la Argentina, ponerse el traje murguero y cantar por los barrios porteños.

–Vas a estar nuevamente en el escenario del Tasso. ¿Cómo será este año el Carnapratasso?

–Este es el cuarto año, y para mí es un orgullo porque permanecer y llegar al público con una manera tan porteña de vivir y cantar el viejo carnaval, lo que no es fácil, porque todavía hay cosas pendientes. En esta última década ganada hemos logrado volver al feriado, pero todavía quedan cosas para restablecer el contacto entre la cultura oficial y la del carnaval. Cuando digo "murga porteña" estoy hablando de la murga metropolitana, porque la variedad de la murga en todo el país tiene diferentes expresiones. Lo que hago es representar. Digo que soy un hilo conductor entre la calle y el escenario. Lo que siempre destaco del Carnapratasso es que la gente baila mucho abajo del escenario, se anima, cosa que a veces en un corso no pasa porque hay una murga bailando, y eso te da respeto y admiración.

–¿Dónde nace tu amor por la murga y cómo se transforma en tu identidad?

–Es como el fútbol: hay una pasión que se va alimentando y uno la juega o no. En este caso, al fútbol lo sigo jugando de manera no profesional, y en cuanto a la murga, fui transformando la pasión infantil a la pasión musical. Y no sólo la música de la murga: también fui incorporando a través del paso de la niñez hasta ahora las texturas poéticas, lo que representa la murga en el barrio, o para la gente. La murga es, para mí, parte de mi afecto desde la cuna.

–¿Qué cosas cambiaron en los carnavales?

–Cuando era chico, había otra idea de disfrazarse en carnaval, que tenía otro significado. No sólo era el disfraz de uno, sino el trabajo de otra gente que trabajaba para usar, más allá de la murga. El carnaval sufrió los embates del capitalismo y también de una cuestión interna que tiene que ver con la representación del imaginario de ciertas políticas y sectores cívico-militares de la sociedad, que representaban a lo negro y al peronismo proscripto. Con el tiempo se fue haciendo carne y quedó relegada la representación del carnaval. Hay una historia negada de la cual la murga es un hilo y el carnaval viene adosado a eso.

–¿A qué se debe que se tome como referente a la murga uruguaya por sobre la argentina?

–Es un error, porque tienen el mismo nombre dos cosas diferentes. Nuestra murga viene de la vieja comparsa afro-argentina y se mantienen muchas de esas cosas, además de que nuestra murga es inclusiva en cuanto a integrantes, variedad y voces. Es erróneo hacer comparaciones porque se cae en agravios comparativos y no tienen mucho que ver. Es distinto. Además, en Uruguay y Montevideo no se dejó nunca de festejar el carnaval en la dictadura, por ejemplo; en cambio, nosotros fuimos perseguidos. Nosotros tuvimos que desaparecer porque la murga no cantaba en el escenario, desfilaba y no cantabas en el escenario y para qué ibas a necesitar cantante. En la época de oro de nuestra murga, en la década del '40, había tipos que cantaban y también en la orquesta, entonces lo fuimos recuperando y nuestra murga tenía otro significado. Se confunden mucho propios y extraños. Hay diferentes candombes, se tocan de diferentes maneras. Nosotros estuvimos trabajando a partir de que hubo tantos años de desinformación y de descuido.

–¿La forma de escribir dentro de la murga sigue siendo el mismo?

–Sí. Cambiaron algunas cosas en cuanto a lo que dice. En cuanto al formato, hay diferentes maneras de cantar: está el recitador, que es el glosista, la parte de la entrada más de referencia, y la retirada, que tiene la melancolía del tango; y después vienen el baile, porque la murga tiene mucho de furia. La picaresca de los años '50 o '60 fue variando. La murga fue luego declarada patrimonio, lo que implicó que no vayamos presos si cantábamos en la calle. Es en sí un género de crítica, pero así como tiene cosas para criticar también puede cantar las cosas lindas.



Fotos, dibujos y máscaras

Este año, el Carnapratasso tendrá dos propuestas que se suman a lo que sucederá en el escenario. Se trata de la muestra fotográfica con la obra de Salvador Batalla, y otra con los dibujos y máscaras de César Domínguez.

"Este año decidimos sumar un par de cosas nuevas. La muestra de fotos de Salvador Batalla (autor de los artes de discos de Bersuit Vergarabat) está basada en todos los Carnapratassos anteriores. Él retrata todo el ritual que se va armando durante la presentación de las murgas; es un registro de lo que pasa por fuera del escenario. Además, habrá máscaras de César Domínguez. Y estará el murguero Gustavo Massud, que nos da un poco de histrionismo para dirigir la cosa con la gente.


Las murgas invitadas

Prat comienza mañana el ciclo que se extenderá a lo largo de cinco semanas, y cada fecha tendrá invitados especiales. "No llevamos la murga entera porque la idea es mostrar cómo es escénicamente cada murga", afirma Prat.

En el primer día estará la agrupación Los Mismos de Siempre, y el miércoles siguiente pisará el escenario La Redoblona. La fecha siguiente estará a cargo de Los Pretenciosos Porteños. Luego, el 12 de marzo será el turno de Los Inconscientes de Almagro. El tercer miércoles de marzo le toca subir al escenario a Audades del Bajo Belgrano, que tendrá la presencia del Loco René Houseman, y para el cierre del ciclo, el 26 de marzo, estarán Los Elegantes de Palermo.


¿Cuándo? LOS MIÉRCOLES Ariel Prat se presentará a partir del 19 de febrero, durante seis miércoles, a las 22 en el Centro Cultural Torquato Tasso, Defensa 1575.















lunes, 17 de febrero de 2014

«MÚSICA» o «SOJA»







Esta noticia no existe, es decir, no es real, es decir, es inventada... Manuel Quieto, el cantante del grupo de rock La Mancha de Rolando, tuvo que salir a desmentir lo que todos los diarios y medios desinformativos habían repetido: que él hubo ofendido a los ruralistas en la Fiesta Nacional del Trigo, en la localidad cordobesa de Leones. Nada de lo que dicen que pasó pasó...

La patética situación que plantearon los agroexportadores de "el campo", que no liquidan la cosecha acumulada en silos bolsa para presionar al gobierno nacional con el precio del dólar, tiene un nuevo capítulo: el cantante del grupo de rock La Mancha de Rolando, amigo personal del vicepresidente Amado Boudou, les cantó las 40 a los productores agrogarcas durante el recital inaugural de la Fiesta Nacional del Trigo, en la localidad cordobesa de Leones.

Desde el escenario, y ante un público de 3.000 personas, Manuel Quieto llamó a los ruralistas "gringos de m... que están sentados sobre los silos de soja" y expresó, haciéndose eco de la postura nacional, que no tienen que guardar los granos en los silos bolsa, sino "venderlos".

El músico definió a los productores como “Gringos de m… que están sentados sobre los silos de soja”, y se refirió a “la suciedad rural”, en alusión a la Sociedad Rural.

Además, el autor de "Arde la ciudad" tuvo tiempo de agradecer a los funcionarios responsables de que estuvieran tocando allí esa noche. Quieto destacó las gestiones de la intendente Lorena Bussi, el diputado Fabián Francioni y, por supuesto, Boudou.

En el pasado, Quieto definió a Boudou como "un gran amigo, una excelente persona y un gran profesional", y aseguró que era "el mejor ministro de Economía y vicepresidente" que tuvo la Argentina.

"Nunca tomé ni analicé en términos de beneficio o perjuicio ese tipo de relación que tenemos con Amado Boudou. Nunca nadie me dijo nada negativo. Sé que por muchos años va a estar, es un dirigente que le quedan muchísimas cosas por hacer", profetizó el músico en una entrevista del 2012.

La Mancha de Rolando se presentó en los últimos años en celebraciones como la Fiesta Nacional del Dulce de Leche (Cañuelas), la Fiesta Nacional de la Manzana (General Roca) y la Fiesta Nacional del Arroz (San Salvador), entre muchas otras.

Más allá de la anécdota, reconozcamos que Manuel Quieto estuvo bastante educado si nos detenemos a analizar el daño que ocasionan al país los especuladores de Silos Bolsa.





domingo, 19 de mayo de 2013

EL INSTANTE








“Hacer algo de pronto, sin estudio ni preparación”: la Real Academia Española (RAE) define de esta manera el verbo “improvisar”. E instala, así, la tradicional concepción algo peyorativa del término. Podría decirse que, en un principio, todo fue improvisación, y es en estas circunstancias que la definición de la RAE puede resultar apropiada: la improvisación como pulsión, como primer intento, como acto primitivo, infantil, urgente. La acepción se torna incompleta, si no errada, al referirse a su utilización en el arte, donde funciona como una pieza fundamental en la creación. Allí se recupera la noción de impulso como pensamiento vuelto forma desde el lugar de la experiencia. El arte se nutre de esos momentos de inspiración para luego convertirlos en producciones artísticas. En su intimidad, el artista prueba, juega, experimenta y, de esos intentos, surge finalmente la obra, aquella que, limada, retocada, maquillada y ensayada, llegará al público. La improvisación es un recurso habitual en la mayoría de los lenguajes artísticos: arcilla informe de ideas que va tomando forma a través de los pulidos y del camino transitado hacia la composición. Pero, ¿qué pasa cuando se lleva ese camino al escenario? ¿Qué ocurre cuando ese momento privado, velado, es expuesto al espectador? ¿Qué se hace, en ese caso, con la definición del diccionario?

¿Es verdad que quien se para frente al público sin partitura o libreto es alguien que “hace algo de pronto, sin estudio ni preparación”?

Existe una multitud de artistas consagrados a este tipo de prácticas. Artífices de espectáculos, performances, conciertos, shows, recitales en los que el sentido está puesto en esa búsqueda instantánea e inmediata. Donde la idea es moverse de esa zona de confort, asistir a lugares desconocidos, llegar al público de otra forma, relacionarse con los compañeros en un diálogo inesperado, exponerse a lo incierto desde ese lugar de tranquilidad y despojo que les brinda el dominio de la técnica, explorar los límites –los propios y los de los otros–, encontrarse en situaciones que escapan a la norma. Espacios en los que la lógica se revierte (o se pervierte) para dar lugar a otras lógicas. En los que el recorrido es el fin.

Cuando se piensa en las temporalidades de las obras artísticas, de aquellas que requieren de una instancia de composición y otra de interpretación, es frecuente asignar dos momentos/sujetos de autoría: el de la creación y el de la puesta en escena. Cada instancia tiene sus particularidades, pero nadie duda de que, en uno y otro caso, se requiere de un saber previo, de teoría y entrenamiento, de un trabajo que redunde en el producto deseado, de una infinidad de elementos de la técnica y de la pericia que permitan llegar al resultado esperado. Podría decirse que en el único caso en que composición e interpretación se dan al mismo tiempo es en el caso de la improvisación. Es por eso que el término es frecuentemente reemplazado por expresiones como “composición en tiempo real”, o “composición instantánea”. Esa inspiración, ese impulso artístico que es luego intervenido y está generalmente desdoblado en dos instancias con sus tiempos respectivos, al improvisar se vuelven una sola que da lugar a una obra única, irrepetible, irremplazable, que tendrá un solo momento en el tiempo y el espacio.

Para tal fin, y contrariamente a lo que sobrevuela en el inconsciente colectivo como desprendimiento de esa primera definición de la RAE, es necesario mucho trabajo. Subirse a un escenario y encarar una improvisación es el resultado de un intenso entrenamiento, de horas de estudio y práctica, de una investigación exhaustiva de la herramienta con la que se trabaja, de una idea clara, concisa y elaborada de que lo que se ejercita es una búsqueda en un plano no explorado anteriormente, con la plena conciencia de que cada una de las variantes en juego son fundamentales y estructurales e intervienen de manera activa en la obra en formación permanente. Aquí, un puñado de artistas que se dedican a llevar a escena esos momentos, que viven profesionalmente esa práctica consciente de lo incierto, ensayan algunas definiciones y demuestran que, en esto de improvisar, no son ningunos improvisados.


Las estructuras y lo espontáneo

“La improvisación es una forma de transitar un lenguaje que uno maneja de forma que no haya ningún esquema, o eligiendo los esquemas a los cuales uno no va a recurrir, para dejarlo librado a la percepción artística del momento”, precisa sin titubear Santiago Vázquez, músico, compositor, arreglador, creador y director de La Bomba de Tiempo, el grupo de percusión que, desde hace siete años, se planta cada lunes sobre el escenario y hace vibrar a la Ciudad Cultural Konex (Sarmiento 3131, a partir de las 19). Fue con el fin de dirigir este grupo que Vázquez desarrolló un lenguaje de señas que permite organizar las improvisaciones de los diecisiete músicos que lo integran. Mediante la utilización de esas señas, el director se convierte en una suerte de DJ acústico, que crea una música de tambores y percusión al combinar y replicar las ideas que van surgiendo naturalmente en el grupo. Para él, la improvisación en la música se convirtió en un estilo de vida que lo llevó a explorar todos sus recovecos y a advertir las posibilidades que lo ayudan a extender los límites de esa práctica. El lenguaje de señas que se utiliza en La Bomba permite “ordenar” aquello que los músicos van tocando: cada intérprete improvisa con su instrumento, y el instrumento del director es, en este caso, la cuerda entera de percusión. Se trata de coordinar sin matar la espontaneidad. Es el límite lo que proporciona mayor independencia en el vuelo. Parece contradictorio, pero no lo es: “Es la búsqueda de consistencia en el sentido lo que determina los límites, que son algo internalizado en el sentido estético que se está generando. Esos límites se pueden estudiar y analizar, pero en el momento de la improvisación tienen que darse naturalmente. Simplemente son parte del mensaje”, explica Vázquez. “La improvisación deviene de una seguridad muy grande con el instrumento que te permite fluir sin algunos de los sostenes a los que generalmente se recurre.”


Vedado a actores egocéntricos

Desde los tiempos de la Comedia del Arte, la improvisación es una técnica, una disciplina con autonomía propia dentro de la actuación. Con veinticinco años de trayectoria en el campo de la improvisación teatral y diez años ininterrumpidos de su espectáculo Improvisaciones Mosquito, en cartel en el teatro El Vitral (Rodríguez Peña 344, los sábados a las 23), Fabio MosquitoSancineto puede hablar desde un lugar privilegiado: el de la experiencia. Para él, la improvisación es fundamental para el actor desde el momento en que exige una absoluta horizontalidad respecto del prójimo: “No sólo te ayuda a zafar en ciertas situaciones sino que te enseña a no ser un egocéntrico en el escenario, a compartir el juego, a escuchar”. Para llevar este recurso al plano escénico, se requiere de un nivel de comodidad con la técnica y un conocimiento de las reglas que sólo se adquiere a través de un entrenamiento intensivo. “El improvisador debe tener la capacidad de armar una escena con conflicto, con desarrollo, con personajes bien definidos, a través del humor, o no. Tiene que poder crear una historia sobre el terreno, pero que ocurra de manera natural”, insiste Sancineto. Para él, tan importante como la conexión con los compañeros es la buena relación con el público que, al ser el que elige los temas y los estilos sobre los que se va a improvisar, es a la vez “artífice y colchón” durante el espectáculo. “Uno está trabajando sin red y ellos forman parte de lo que está pasando”, asegura. “Se genera un compromiso de colaboración en el espectador que no ocurre en otro tipo de puestas de teatro tradicional, en las que existe una barrera entre el público y el artista.” En ese sentido, subraya que “la improvisación tiene todo lo que sería beneficioso para una buena convivencia: escuchar al otro, decir que sí en los debates, llegar a acuerdos interesantes, no imponer las opiniones, que todo fluya de manera sencilla, amable, tranquila y con buenos colores”.


Desaprender desde la técnica

La comunicación, el diálogo con el otro, la idea completada en conjunto es un tema recurrente en el entorno de los improvisadores profesionales. Se genera una conexión especial, en cada caso por factores completamente diferentes, entre los artistas y la producción instantánea, que es lo que hace que en cada experiencia exista siempre cierto misterio acerca de lo que está pasando, por qué pasa y hacia dónde va. “Con la improvisación se trata de volver a la práctica primitiva desde una relación más constante con el instrumento. La instancia del profesionalizado y la del principiante nunca están del todo separadas: si matás al principiante, matás la improvisación. Porque erradicás el riesgo, la búsqueda”, sostiene Alan Courtis, un militante de la improvisación y de la música experimental. A este músico se lo conoce por haber formado parte del grupo Reynols, aunque en su prolífica y variada vida musical cuente con cientos de discos grabados y editados en todo el mundo y en las más atípicas circunstancias. La más extrema de todas, su participación en el Proyecto Super Ultra al Norte de Todo, fue tocando en una isla del archipiélago noruego de Svalvard, el lugar habitado más al norte de la tierra. Courtis considera que el campo de la improvisación trata de una comunicación horizontal en la que es posible ver el proceso y ser partícipe de él. “Es importante que no se termine de entender del todo, no dar un producto terminado, que cada uno pueda completarlo a su manera y así, colaborar con eso que se está gestando ahí en ese momento”, asegura. Su definición es la de “una práctica musical que contiene cierto misterio dado por la intervención de varios factores: el sonido, las dinámicas que se generan, la comunicación entre los músicos, lo que pasa con la audiencia, el lugar, el espacio y el tiempo”.


Dilatar el presente

Lo intuitivo, lo instintivo, lo primario, el reflejo, son términos muy ligados en el imaginario general al de improvisación. Pueden ser apropiadas si se trata de la definición de la RAE, la del impulso sin sentido aparente. Pero al tratarse de artes performáticas, si la improvisación es el fin, no sólo una herramienta, hay que pensar en entrenar un mecanismo de manera tal de evitar ese primer impulso que es el que, por lo general, tiende a ir inconscientemente hacia la zona de confort. Fabiana Capriotti es bailarina y coreógrafa, y lleva años investigando y perfeccionando un método que le permite saltear esa pulsión primaria y, en el escenario, tomarse el tiempo mental para llegar a lugares más allá. “Trato de desechar lo primero, extender el momento presente para poder ver otras sutilezas que también se están manifestando y que no tienen la fuerza del hábito”, dice. Es por eso que su trabajo tiende a desarrollar otra técnica, a la que sólo se puede acceder desde una absoluta tranquilidad con el manejo del cuerpo, que permite pasar a una instancia superior de conciencia del movimiento. Capriotti describe la improvisación como un modo de estar en escena, de una lógica diferente en la que es necesario inhibir la reacción, donde no se trata de una respuesta sino de la construcción de un universo particular de ese momento. “Improvisar es develar mundos desconocidos observando los itinerarios que la imaginación, el cuerpo y el pensamiento hacen mientras estás presente, y generar un presente donde no se estuvo antes”, define.

Ese salirse del lugar de confort involucra no sólo al artista sino también al espectador. La bailarina explica que generalmente, quienes participan de este tipo de obras tienen una experiencia mucho más sensorial, física y emocional que racional. Es importante que el público sea consciente de que la construcción también está en sus manos ya que “como no tienen tantas manifestaciones a nivel formal, requiere mucho de su imaginación y su predisposición”.


Para repensar lo posible

Desde Zurich, otra bailarina y coreógrafa argentina describe una concepción alternativa de la improvisación escénica. Laura Kalauz se desmarca del concepto de catalizador de lo presente, escapa a la figura de lo que ella llama “el bailarín vulnerable en el escenario que funciona como antena atravesado por el ahora”, y prefiere investigar el campo de la absurdidad del artista casual. Para ella, lo fundamental es tratar de imaginar las cosas desde otra perspectiva, democratizar las relaciones y empezar a entender al otro como alguien tan capaz como uno. Con ese objetivo creó primero el proyecto “Turist”, en Zurich, y más tarde el “Disculpe Usted Podría Coreografiarme” (DUPC): en ambos casos se trató de una serie de intervenciones callejeras filmadas en las que una bailarina interactuaba en diferentes situaciones con los transeúntes. En el DUPC les pedía a personas que pasaban por la calle que la coreografiaran. Del material obtenido se hizo una recopilación, que luego fue parte de una puesta teatral que terminaba con un monólogo de cuerpo y palabra armado con todo lo que los coreógrafos ocasionales fueron aportando. El espectáculo se estrenó en 2010 en el Festival de Danza de la ciudad de Buenos Aires y luego en España y Brasil (con adaptaciones especiales en cada caso). “No estamos interesados en el movimiento que una persona marca sino en la manera en que lo hace, de dónde viene, qué sucede en esa relación cuando alguien tiene que transmitirle a otro que no conoce una imagen, una idea determinada. El resultado final no importa tanto”, aclara. La improvisación, en este caso, está al servicio de integrar el arte como una especie de bien común, un espacio donde, según sus palabras, “pensar lo impensable, imaginar las cosas desde otra perspectiva”.


Convertirse en sonido

Hasta acá, la mirada de artistas que se salen del patrón establecido y llevan la improvisación al escenario: se desnudan, corren el velo, comparten con el público esa instancia que suele pertenecer a la intimidad, al juego privado, a los entretelones, las bambalinas de la composición. En el jazz, sin embargo, la improvisación es la norma. En los diferentes estilos del género existe siempre, en mayor o en menor medida, un momento de improvisación, desde la ausencia absoluta de estructura del free jazz hasta las pequeñas intervenciones del solista en una big band. Alvaro Torres es un pianista con más de veinte años de trayectoria profesional como intérprete y docente. Hace cinco está a cargo, junto a Jorge “Negro” González y Quintino Cinalli, de abrir formalmente la jam session de Jazz & Pop (Paraná 340, los domingos a partir de las 22), una de las más emblemáticas de la ciudad. Para él, las mejores improvisaciones en la música son aquellas que se van dando de manera orgánica y natural. “Es como con un actor, le creés cuando no te das cuenta de que está actuando –gráfica–. Con la música pasa lo mismo, uno tiene que convertirse en el sonido de su instrumento. Yo creo mucho más en la expresividad que en el virtuosismo”.

Torres está convencido de que la única manera de llegar a ese punto es a través del entrenamiento propio de ese campo, y opina que deben cumplirse ordenadamente tres instancias para llegar a ser un buen improvisador de jazz: estudio, práctica y performance. “Hay mecanismos y herramientas específicos de la improvisación que son los que uno ejercita”, asegura. “Primero la teoría, después la práctica y recién después de tener bien incorporadas las primeras, se puede prescindir de todo eso y salir a tocar libremente”. Su definición es la que cierra el círculo y termina por decir casi lo mismo que la citada al principio de esta nota, pero desde la orilla opuesta, y que finalmente, es la que se planta como un manifiesto, una bandera, una declaración de intenciones: “La improvisación es la expresión, es el arte en sí mismo. Todo lo que uno hace nace de una improvisación. Es la interacción entre el caos y el cosmos. La vida misma”.









cholulos