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lunes, 18 de junio de 2012

EL HINCHA Y LOS MATADORES DE ALEGRÍAS






No importa de qué cuadro sos hincha, ni siquiera es importante saber poco o mucho sobre el futbol. Cada uno de nosotros nos hemos emocionado alguna vez, en vivo, o por la tele, o escuchando la radio. Unos colores y un grito. Una pelota de esperanzas que van y vienen desde la frustración a la felicidad extrema.

En este pedazo de la sociedad, con el rectángulo verde en el medio, miles de ojos atentos, ansiosos, interactuamos desde chicos hasta el final de los días, esperando el resultado incierto, el silbato final, la certeza. Siempre contrareloj.

Y lejos cerca del cesped, las aguas se estremecen cada día. La resaca deja basura en la playa de todos. Ahí, también se está desarrollando una batalla cultural desde hace años, entre los que hacen negocios y nos quieren tristes, y los que amamos el futbol, el deporte, la vida. Y en medio de la maraña informativa, y las muertes absurdas en la cancha, y los dirigentes canallas, y los sicarios de la barra, hay un pueblo que resiste la ignominia de unos pocos...


Reflexionemos un momento con este sentido texto de Ignacio Copani, de junio 2012:



Échale la culpa a River


Como es de todos pero es de nadie, cualquiera puede culpar a River, marcar a River, manchar a River, degradarlo, humillarlo, incendiarlo y enterrarlo.
Como es gigante, pero indefenso, cualquiera puede acusar a River, puede injuriarlo, insultarlo, ofenderlo, difamarlo o escupirle a la cara, porque sabe que River no le puede contestar.

Pobre mi River querido.

Siempre asociado a palabras luminosas, como juego limpio, esfuerzo, deporte, triunfo, belleza, cultura, educación y estilo. Y ahora, ensombrecido, arrastrado, cubierto por mantos de muerte, de sospecha y de infamia.

River es culpable de asesinatos. River incentiva o soborna. River aprieta. River apaña delincuentes. River es cómplice de todas las actividades delictivas imaginables. River es garito, escondite y aguantadero.

River. Única entidad que es culpable aunque se demuestre lo contrario.

Si el 4 de Patronato sale en la tapa de los diarios es por culpa de River. Dice que River lo incentivó. No que tal o cual amigo de River, o jugador o dirigente lo hizo.
Si la banda de gangsters que forma asociación ilícita con agentes de seguridad corruptos o funcionarios, en el mejor de los casos, ineptos, comete delitos y hasta asesinatos, se acusa a la banda roja. A River.

River culpable de muerte. Para asociar con cierto espiral de básico pensamiento que difunden los grandes medios como lógica de este tiempo, el que mata tiene que morir. Entonces... Muera River.

Ese River que le dio brillo a los nombres propios que engrandecieron su historia.
Ese River que no reclama como suya ninguna atajada del gran Amadeo o del Pato Fillol o de Goyco. Quienes volaban de palo a palo eran ellos... con nombre y apellido.

Mi River no fue mágico, eso fue el Beto Alonso. Mi River abrió sus páginas de gloria para que estampen su firma el inmenZo Francescolli, Angelito Labruna, Ramón, el Burrito y todos los que mostraran su virtuosismo.

Todo lo bueno con el nombre de los protagonistas. Todo lo malo es River.

River, que ya no es millonario. Millonarios son los que con buenas artes deportivas triunfan en River o millonarios son los que con malas artes se aprovecharon de él.
Por eso, como yo soy de River y River es parte de mi identidad., cada vez que lo ofenden me están ofendiendo a mi.

Porque yo no me beso la camiseta este año y el siguiente, si me conviene, me beso la de Al Qaeda Futbol Club.

Por lo tanto exijo que cuando haya acusaciones, sean concretas, a las personas responsables de cada área que corresponda.

Porque cuando hubo desgracias en otros ámbitos de convocatorias multitudinarias, no se acusó al local, ni nadie sugirió ¨suspendan Buenos Aires¨. Hay responsables presos y hasta cayó un jefe de gobierno.

Porque si se produce un incidente brutal, se debe ir seriamente al foco del hecho.
No fue culpable del asesinato de Lincoln el teatro Ford, donde lo balearon. Ni se cerró el Congreso de la nación por el crimen del senador Bordabehere, defendiendo a Lisandro de la Torre.

Quiero justicia siempre. En mi club, en mi barrio, en mi ciudad. Pero justicia de verdad. Con inteligencia, prevención y responsabilidades.

River es un club donde miles de personas hacen a diario actividades recreativas, deportivas y culturales. Con un colegio con miles de alumnos de todos los niveles educativos.

River no maneja cámaras de seguridad. Lo hace el ente responsable. En los partidos paga miles de efectivos policiales y se contratan cientos privados.

El estadio de River, el más importante del país, ya estuvo clausurado este mismo año.

¿¿¿Sirve eso???

¿Sirve ese u otro castigo a una institución que en verdad es víctima de quienes han usurpado su nombre y sus espacios ?

¿No es darle más poder de chantaje y apriete a las mafias, ser cada vez más duros con el club al que ellos lastiman?

Pobre mi River querido.

El de mi abuelo, el de mi viejo y mis hermanos. El de mis hijas y mis nietos. Aún así, golpeado, devaluado, herido... Vamos River... ahora más que nunca.

Viva River... Mejor dicho... REVIVA RIVER.


Ignacio Copani








sábado, 29 de octubre de 2011

LA FELICIDAD






La percepción se confirma después de una hora de entrevista: Pablo Echarri está atravesando uno de esos –escasos– momentos en los que un hombre siente que la felicidad plena no es un sueño inal-canzable. Relajado como nunca antes, Echarri recibe a Página/12 con la tranquilidad de haber terminado con las extensas jornadas de grabación de El Elegido, la ficción que el lunes, a las 23, le pone punto final a su entreverada e hipnótica trama. Un estado que se refuerza por el hecho de ser consciente que en su primera incursión como productor televisivo logró plasmar en la pantalla de Telefe un drama narrativamente atrapante, impecablemente actuado y estéticamente definido. Pero no es sólo su profesión lo que lo muestra en plenitud: el saberse parte de un colectivo social que encontró en el kirchnerismo un espacio político en el cual reconocerse juega un papel de peso que explica, en parte, su manifiesta felicidad.

“Definitivamente no soy el mismo que era hace diez años”, subraya en la entrevista.

Poco queda del galancito que había irrumpido en la pantalla chica a mediados de los 90 en programas como Sólo para parejas, Inconquistable corazón y Por siempre mujercitas. Casi veinte años después de su debut televisivo, Echarri parece haber alcanzado una madurez personal y profesional que le permite dejar de lado las luces que la industria local les impone a sus figuras. Distendido, el actor que en Resistiré, Montecristo, Plata quemada y Crónica de una fuga ya había insinuado su interés de correrse del rol de galán tradicional, ahora parece no tener inconvenientes en mostrarse como un ciudadano capaz de reconocer sus errores y expresarse políticamente. No sólo no tiene problemas: tiene la necesidad de decirlo, de subrayarlo, como una manera de aportar su granito de arena a la construcción de un país más justo. El actor se encontró con el ciudadano; el ciudadano se encontró con el actor. “La experiencia de El elegido me hizo crecer”, dispara. “Me bajó enormemente el nivel de exitismo, me ayudó a enfocar específicamente cuál era la búsqueda artística y a valorarla. Esa posibilidad de que el rating no nos haya acompañado de la forma desmedida que yo pensaba en un primer momento me dio la posibilidad de valorar cosas que de otra manera no hubiera sido posible. Dios es muy sabio: como productor me permitió tener que desmenuzar lo hecho para ver cuáles eran los pro y los contra de El elegido. Si me hubiera dado un éxito de 30 puntos en mi primer programa como productor, hubiese generado un ser imposible, mucho más despreciable de lo que realmente soy”, reconoce, con una naturalidad asombrosa.

–¿Qué evaluación hace de El Elegido?

–Yo siempre tengo expectativas desmedidas. Tal vez ése sea el motor que hace que transforme un acto de fe en un programa de TV concreto. Sabíamos en el fondo que la historia de El elegido era compleja y probablemente no masiva, había algo interiormente, aunque no lo hablábamos en voz alta como para no matar el motor, que nos decía que no íbamos a poder sumar a las masas. Cuando se estableció en los 12 puntos diarios, un número acotado para las expectativas generales de la TV actual, descubrí un grado de evolución del productor respecto del actor. Hubiéramos querido tener mayor rating y transformarnos en un éxito, pero también comprendí que El elegido fue uno de los programas que más rating le dio a Telefe, con una composición de audiencia de alto consumo que hizo que comercialmente nos garantizara la continuidad.

–El ego inflado del actor le cedió lugar a la frialdad del productor.

–Todas esas eran variables que antes no veía como actor, y que cuando las comprendí me liberé de una presión muy fuerte, de una idea exitista fogoneada por mi carrera de actor. Entendí que el rating es una variable peligrosa en cuanto podía afectar la continuidad de un programa. Ahora, cuando por otras variables, como el share, la composición de audiencia, el acompañamiento de los anunciantes y la media de audiencia del canal, un programa tiene asegurada su permanencia al aire, el rating pasa a ser un número. Un número al que no vas a mirar todo el tiempo.

–Lo que pasa es que, además de ser una variable importante para garantizar la continuidad de un ciclo, el ego de un actor se alimenta del rating.

–La atención del actor hacia el rating está ligada a la función que cumple en un elenco. El actor cumple con su trabajo, pero no participa de un montón de pormenores. El número de rating es el vínculo más directo que tiene el actor con lo que está haciendo. A más rating, más alegría; a menos rating, mayor tristeza. Cuando el esquema se complejiza, uno empieza a tener en cuenta otras cuestiones, y el rating pasa a tener una atención en su justa medida. Si hubiéramos estado debajo de los dos dígitos, el rating me hubiera enfermado, lastimado y deprimido. El rating es un número que tiene vida: con sólo verlo te puede provocar un momento de euforia o de depresión. Aprendí a hacer más compleja la evaluación y eso me liberó. Eso no quiere decir que el próximo programa me libere del rating: siempre voy a querer hacer 30 puntos. De todas maneras, a medida que voy creciendo me doy cuenta de que tengo la necesidad natural de desestructurar lo anterior. Sucede a costa mía. No puedo manejarlo de manera consciente. No puedo regodearme en la comodidad que me deja algo ya constituido. Me subleva interiormente; es una suerte de pulsión agotadora. Cuando siento que puedo instalarme o disfrutar de lo conseguido, hay algo interno que me pide patear el tablero e ir en busca de otra cosa. Y el rol de productor tiene que ver con eso: con no quedarme en la comodidad del actor. Necesitaba crearme un esquema de trabajo que contuviera todas mis obsesiones. En el último tiempo sentía que era tal el grado de obsesión por el trabajo que sentía que el oficio de actor era poco. ¡Necesitaba crearme un problema mayor!

El ciudadano detrás del actor

Educado en el seno de una familia radical, con abuela y padre de fuerte arraigo al partido centenario, Echarri confiesa que recién ahora dejó de repetir los preceptos que como hijo y nieto se le habían establecido con naturalidad, pero sin haberlos elegido. Por eso, no resulta extraño ver al actor y productor en los actos o anuncios de relacionados al mundo artístico. Eso, dice, también es parte del crecimiento que persigue.

“A mis 42 años estoy descubriendo una necesidad de compromiso ideológico que por el vacío que han dejado los años de dictadura y de neoliberalismo no me había dado la posibilidad de encarar una militancia como la que tendría que haber hecho a los veintipico”, reflexiona Echarri. “La dictadura y los años de nube de pedo que hemos vivido a través del exitismo rabioso que ofrecía el neoliberalismo, que nos corrió el eje de lo importante para inflarnos el ego –analiza–, hizo que a los 42 años y con dos hijos tuviera la necesidad concreta de expresar lo que había descubierto ideológicamente. Encontré en estos años la necesidad de ejercer mi propia expresión aquí y ahora. Ni mañana ni el año que viene. Sentí que no había manera de dejar pasar más tiempo.”

–¿Hubo un período de discernimiento interior respecto de la conveniencia o no de expresarse políticamente?

–Fue una necesidad irrefrenable, que ni siquiera fue pensada intelectualmente, fue un hecho espontáneo. Pero después de haberme expresado espontáneamente, lo internalicé intelectualmente y me di cuenta del riesgo que estaba tomando. Cuando tomé conciencia de ese riesgo, me di cuenta de que la potencia del compromiso era mucho mayor a cualquier conveniencia. Agradezco haberme expresado políticamente. Sobre todo por lo que estamos viviendo los argentinos en este momento.

–¿Qué es lo que más lo entusiasma de este proceso?

–Estamos muy cerca de nuestra última experiencia electoral, y ver el camino, la ilusión y la esperanza que me crea este proceso político me enorgullece. Saber que soy parte, y que cada vez más argentinos se suman a este proyecto “amoroso” que busca incluir –y no excluir, como durante mucho tiempo se hizo a lo largo de la historia argentina–, me enorgullece profundamente. En este camino de la evolución personal, sentía que a mis hijos les estaba demostrando que podía ser responsable de una profesión y de llevar el pan a casa. Pero descubrir un compromiso que se antepone a cualquier conveniencia laboral, y hacerlo prevalecer más allá del miedo, me hace sentir que ahora les estoy dejando algo verdaderamente grande. Más allá de los roles de padre y trabajador, siento que mostrarles que el miedo no tiene lugar cuando uno sigue sus convicciones es el legado más importante que les puedo brindar.

–¿Encontró en el kirchnerismo el lugar que desde hacía tiempo buscaba para comprometerse políticamente, o el kirchnerismo despertó en usted al ciudadano dormido?

–Todo transcurrió de una forma paralela. Mi compromiso social, sobre todo con el colectivo de actores, surgió cuando en 2003 con un grupo de colegas armamos una comisión para negociar con el por entonces gobierno entrante la atrasada Ley de Propiedad Intelectual, que estaba implementada para todos los que estaban contenidos en esa ley, menos para los actores. Ese compromiso hizo que fuéramos a buscar como interlocutor a Néstor Kirchner, entonces un político desconocido que no sabía que posteriormente se iba a transformar en un padre ideológico para mí.

Cuando nos sentamos con Kirchner para llevarle la carpeta para que de una vez y para siempre se aplicara la ley que a los actores se les fue vedada durante 74 años, y así resarcir una deuda histórica del Estado argentino, nos encontramos con un tipo que escuchó la exposición y nos dijo: “Es patético discutir lo indiscutible: me comprometo a reglamentar la ley y a publicarla en el Boletín Oficial, que es lo que corresponde”. Fue una actitud contraria a la que esperábamos encontrar de un “hombre de poder”, sobre todo por cómo los “hombres de poder” históricamente se ligaban a las corporaciones y a los poderes establecidos, a los que no se enfrentaban para no dañar esa unión, por miedo a hacer peligrar su propia existencia. Ese día me di cuenta de que estaba ante algo grande.

–Pero calculo que habrá percibido en el kirchnerismo mucho más que una actitud deseada y sorprendente.

–Esa fue la punta del ovillo. A medida que se fue deshaciendo el ovillo me di cuenta de que había detrás mucho más que una simple actitud. Cuando con el tiempo descubrí ante qué persona estaba, ante qué modelo de político me encontraba y ante lo que iba a venir, sentí que para satisfacer mi deseo de evolución debía apoyar una gestión que encauzaba mis inquietudes ciudadanas. Era un modelo de político y de política que se iba a diversificar para que la idea más sobresaliente, la ganadora, pudiera ser llevada a cabo a toda costa. En ese momento sentí que el kirchnerismo representaba mis deseos más profundos, inclusive los menos intelectuales, lo más viscerales. Y cuando llegó La Ley de Medios me di cuenta de qué se trataba, fue el último empujón que necesitaba. Hoy vivo este momento con total emoción y con un compromiso profundo y personal. Ya dejé de seguir las ideas de mi viejo y mi abuela... En el kirchnerismo descubrí mi complemento como hombre. La aparición de este modelo político que será por lo menos de tres mandatos se manifestó paralelamente a mi adultez: se murió mi viejo y me transformé definitivamente en el padre de mi familia, vino mi hijo varón... Fue algo absolutamente natural. Tuve la posibilidad de conocer personalmente a Kirchner, de bromear entre Racing e Independiente, y creo que ese desparpajo con el que se manejaba nos acercó. Kirchner nos dio la posibilidad de exponer y defender nuestras ideas sin que nos temblaran las piernas, porque básicamente era un tipo que tenía corazón. Eso me hizo evolucionar como hombre y transformarme en uno de los kirchneristas más defensores de este modelo. En el kirchnerismo encontré una ideología y un espacio donde expresarme. Haber encontrado un espacio concreto en el cual poder soñar con un futuro mejor para todos me hace un tipo completo, mucho más feliz.




lunes, 27 de junio de 2011

HORACIO FONTOVA



“Al humor nunca se lo toma como algo serio”

Es dibujante, diseñador e incluso escritor. Pero él prefiere definirse como “músico”. El Negro habla del humor como cosa prohibida de la historia, de su exaltación de lo femenino y de su nuevo –y para él inesperado– despertar de la conciencia política.




Dice que diarios casi no lee, salvo algunas pocas páginas en la red. Dice que para informarse le alcanza con el televisor clavado en Telesur, la cadena de noticias latinoamericana en cuyo elenco brilla su favorito: el periodista Walter Martínez, el Tuerto: “Maravilloso, es un maestro total. Lo suyo no son informes sino lecciones: de historia, geografía, topografía...”, se entusiasma. Con la mayoría de las fuentes de noticias de la Argentina está peleado: “Se viene publicando tanta falsa información, que hasta a veces confío más en la BBC”. Cuando se le hace notar que Beatriz Sarlo también alabó la señal inglesa durante su visita a 6-7-8, se sorprende (no se acordaba) y larga la carcajada: “¡Bórrenme eso, entonces!”.

  • Horacio “Negro” Fontova tiene 64 años y durante los últimos cuarenta se ha hecho llamar, en fila, General Fontova (por la primera acepción de este término en el Diccionario de la Real Academia Española: general: común a todas las cosas); Reverendo Fontova (1985: “Creo que ahora tengo más competencia entre reverendos que entre generales”); y otra vez General para su postulación mediática en el estadio Obras Sanitarias con miras a un Fontova Presidente (1988), época durante la cual, sin embargo, conservó a sus ínclitos asesores eclesiásticos: el Cardenal Caloide y el Capellán Cartier.

Ahora es otro tipo. “Ahora soy El Nigger, y así firmo mis correos electrónicos. Me gusta esa palabra norteamericana despectiva, que para mí es revitalizadora. Acá no tiene el mismo valor: acá están ‘los negros de mierda...’ (sonríe). Hay un blog espectacular de un colectivo político cultural que se llama así: Negros de Mierda (http://lapopulartambien.blogspot.com/), a quienes les mando mis saludos”.



–En lo “General”, usted terminó siendo común a casi todo: es músico, compositor, cantante, actor de cine, de televisión y de teatro, diseñador gráfico, ilustrador, dibujante y ahora también escritor (en 2005 se editó Témpera Mental, un libro de cuentos, y trabaja en el siguiente: Humano 0 Humano)... Nadie sabría por dónde comenzar. ¿Por dónde comenzaría usted?

–Yo soy músico, ahí arranco; ésa es mi raíz. Cuando terminé el Pellegrini –algunos ex compañeros amigos ahora son neurólogos o economistas (sonríe) y vienen a visitar al “negrito quilombero”– y después de hacer la colimba, entré en la Escuela Belgrano de Bellas Artes; por eso llegué a director de arte de El Expreso Imaginario. Pero antes ya había sido guitarrista de Patada de Mosca y luego vinieron Expreso Zambomba y Edy y La Foca, y mi café concert con parrilla: El Goce Pagano (en Córdoba y Fitz Roy, que ya no existe) y lo que ya todos saben después. Yo soy músico.

  • Lo que “todos saben después” podría empezar a contarse ahora y terminaría de contarse en Navidad. Fontova fue personaje señero del rock y la música popular subterráneos de fines de la dictadura e icono sarcástico del resto de los ’80, pero su talento partió en mil diagonales creativas. En 2004, por ejemplo, se largó a hacer zarzuela en el teatro Avenida (La corte de faraón, en su momento prohibida por Franco en España: “Es que José, el personaje bíblico, tenía una garompa que todas las egipcias se lo querían comer crudo... Claudio Gallardou supo que me crié con el canto lírico y me llamó: ‘¡Esto lo tenés que hacer vos!’, me dijo. Y hacer una zarzuela o una ópera no es joda, porque tenés que cantar a viva voce, con una sinfónica y sin micrófono...”).

Y Fontova hizo de José. También reemplazó a Daniel Rabinovich en la gira española de Les Luthiers (Grandes hitos). Hizo un programa de radio junto a Pedro Saborido y Coco Sily en La Red: Código de barras, por el que ganó su segundo Martín Fierro (el primero lo había obtenido por su trabajo televisivo con Jorge Guinzburg).

  • Con casi una decena de discos editados y otros tantos trabajos en pantalla chica (que suman casi una veintena con su labor actual o en progreso en cine) y décadas de historia musical, hace un par de años dedicó cinco meses al tranquilo escenario de Clásica y Moderna, en la Ciudad de Buenos Aires. (“Me mandé al toro yo solo, con la violita. Y fue otra cosa. Ahí no hubo estilo que valiera: fue todo. Canciones italianas, canciones antiguas españolas, folklore, rocanrol, blues, jazz; lo que se me cantara”) Algunas de todas estas cosas (incluso los textos inéditos de su nuevo libro) están en su blog COMANDO AMELIA (“por Amelia Vence”).

No le importa que se puedan copiar o bajar. “No tengo ninguna compañía, soy independiente”, dice. Lo más reciente fue 2004: Negro, y lo demás que hace ahora “son gustos, que no tienen continuidad, como actuar” (“No podría ahora hacer una obra de teatro, que me demandaría los mismos días que tocar”). 2004: Negro tuvo como invitados a, entre otros, León Gieco, Skay Beilinson, Lito Vitale, Peteco Carabajal, Liliana Herrero, Martín González, Esteban Morgado, Daniel Melingo, Liliana Vitale, Daniel Maza, Gerardo Gardelín, Martin Bianchedi, Juan Belvis, Hugo Newman y Lalo Mir. “Y después lo presentamos en el teatro Alvear, a cinco pesos la entrada... (carcajada). ¡Eso sí que es lindo, tomá!” Lo que sigue será Extracto de Fontova, espectáculo con pronta fecha de estreno.

–En su caso, nunca hubo resistencia ni compromiso sin humor. ¿Por qué?

–Porque mi vida es así. Se ve que hay una composición genética que me obliga a buscarle a todo la vuelta del humor: el humor es vasodilatador. Como me dijo una vez un gaucho: “¡Negro, si no te reís, morís!”. Obviamente que no soy un tarado que se ríe de todo, porque hay cosas que me ponen muy triste y me agarran unas depresiones de la hostia. Pero fíjese que el humor es algo tan prohibido en la historia de la humanidad que cualquiera puede encontrar historia de lo que se le dé la gana: de las polleras, de las peinetas, de boludeces; pero no existe la historia del humor, y estoy seguro de que también los caldeos deben de haberse cagado de risa. Pero no existe una historia del humor, y cuando hace un par de años hice una serie de Café Cultura, dirigida por Pepe Nun –unas charlas llamadas “El sistema y el humor”– hablábamos de que, curiosamente, al humor no se lo toma como algo “serio”, valga la paradoja. Pero es muy serio el humor.

–También está el club de “los ofendidos por el humor”.


–Y, sí, a mucha gente el humor la ofende. Pero no la tengo en cuenta: no pueden ser mis amigos. Heredé el humor de mi madre, quien fue el personaje más loco que conocí en mi vida: María. Cuando yo tenía 10 años, mi viejo, que era un salteño duro, un bajo lírico que hablaba todo así (pega el mentón al cuello) me quería llevar al dentista... y no había forma. Terminó llevándome mamá, pero en la esquina le dije: “No, no voy a entrar”. Y mi vieja replicó: “Ah, ¿no vas a entrar?” Y en plena tarde, en Barrio Norte, se levantó la pollera en la vereda, se agarró la cholga, y gritó a la gente: “¡¡Señor, mireeee...!!”. Y yo: “¡Mamá, qué hacés! ¡¡Entremos ya!!” (risas). Impresionante, lo que me hizo hacer. En enero había que prepararse para los Reyes Magos y la “alimentación” de los camellos: los fardos de pasto, los baldes de agua... Y el Día de Reyes yo encontraba mis regalos junto con restos de pasto; baldes vacíos volcados, secos, y bosta... ¡por lo cual no me quedaban dudas de que por ahí habían pasado los camellos! Como vivíamos cerca de plaza Lavalle, que por entonces estaba llena de mateos... ¡ella traía bosta de la plaza y llenaba el living con bosta! Mi vieja fue lo más importante de mi vida.

–Por cierto, una recurrente en usted es una valoración suprema de lo femenino.

–(Se ríe.) Sonia Braguetti, sí... (Peor es nada, 1989). Menos mal que no llego a desbarrancarme en la grosería. Pero es cierto. La alabanza de lo femenino, por empezar, es la alabanza a mi vieja. Y después, por ejemplo, el Tío Cucurucho, el hermano de mi mamá: José María, un musicólogo muy serio abocado al compositor brasileño (Heitor) Villa-Lobos: era gay, al igual que su secretario Reinaldo, estudioso de Beethoven. Pero no eran “Carmen Miranda”; eran tipo Dick Bogard en Muerte en Venecia, “señores” putos. Y cuando mis viejos no me podían llevar al zoológico, me llevaba Reinaldo. Eso siempre fue algo muy natural para mí, desde niño. Soy heterosexual, pero desde niño siempre vi la homosexualidad como una alternativa más de esta vida. Y siempre me gustó hacerme el trolo (Eleva la voz para que escuche Gabi, su compañera). “¡Señora, ¿quién lava los platos acá?!”

–Disculpe, pero lavar los platos no es “de trolo”.

–No, es que no soy yo quien los lava: lava “Delia”. Delia tiene su vida, su marido Beto...

–Y está Clarita, su guitarra.

–Ahí está (señala una criolla reposando sobre su estuche). Con Gabi la saludamos antes de irnos a dormir, y le damos un beso. Para mí la mujer fue todo lo contrario de lo que la significó el sistema humano: siempre se la denostó, el Concilio de Trento llegó a decir que la mujer era un ser inferior, y para mí es todo lo contrario: ¡andá a bancarte que te salga una persona de adentro por la ura!

–Usted utilizó la “ura” (su peculiar traducción de una expresión santiagueña, aplicada al órgano sexual de la mujer) como emblema de su “campaña electoral” de los ’80. Y resulta que conseguimos una Presidenta mujer... ¿Visionario?

–(Risas.) Es la primera vez en mi vida que siento un compromiso político. Y es con los Kirchner. Siempre fui un descreído que estudiaba a Mijail Bakunin: “El anarquista colabora, pero no obedece...” Sin embargo, acá se dio algo que a muchos nos despertó la conciencia política por primera vez en nuestras vidas, y ya de grandes. ¿Qué pasó? No sé. Pero creo que a los pibes les sucede lo mismo: la buena juventud es más pila; la conciencia social de la buena juventud es maravillosa. Analizando la cuestión: está Cristina, ¿y después qué hay? Nada. No hay alternativa. Sin embargo, por primera vez no votaremos al mal menor, sino al bien prometedor, con logros muy claros.

–¿A qué le tiene miedo?

–A la mala justicia que condena a inocentes y absuelve culpables y a la vieja inseguridad de toda la vida... no a la exageradamente inventada en los últimos tiempos.






Una especie de chamán

Es la segunda vez que Horacio Fontova trabaja con el director Fernando Spiner.

En Aballay, el hombre sin miedo (estrenada el jueves pasado en Buenos Aires), el Negro personifica a El Cordobés.

“Es como una de las viejas historias gauchescas de cuchilleros –cuenta–, pero más bien resulta un western de acción, rodado en paisajes maravillosos –Amaicha, Tucumán– que serían la envidia de John Ford. Pablo Cedrón, el personaje principal, es un actorazo. Yo hago de una especie de chamán, con todas mis lanas sueltas... Es un verdadero placer trabajar con Fernando; llevó a pasear esta película por Europa y se ganó bastantes premios. Creo que a la gente de acá le va a gustar mucho, porque es un cine absolutamente nuevo. Hacía falta”.

Fontova está trabajando en dos nuevos proyectos: Metegol, de Juan José Campanella, película basada en “Memorias de un wing derecho”, cuento de Roberto Fontanarrosa, y Anima Buenos Aires, un largometraje de animación de varios artistas producido por Caloi en su tinta.

Pero hay más: el Negro es padrino del Centro Cultural de Atlanta.





viernes, 5 de noviembre de 2010

CORREO: "Hoy me hice kirchnerista"




Hoy me hice kirchnerista

Cuando llorás por alguien perdés por un momento la razón. Es porque tus razones se hicieron sentimiento.

Hice diez horas de fila sin saber bien para qué. Los velorios me fueron siempre algo extraño, así que no fue ese el fin. Ni siquiera era la necesidad imperiosa de apoyar a Cristina, ya habrá tiempo para eso y es mas probable que ella nos termine dando fuerzas a nosotros.

Fueron diez horas de caminar despacio, de cantar consignas, de aplaudir situaciones. Iba descubriendo, de a poco, mi objetivo ahí. Era una demostración, era ganar la calle, era estar, era decir que somos muchos, era catársis.

No me quebré en toda esa amansadora de tiempo. Vi el llanto abrazado de pibes que no pasaban los veinte, vi llorar a viejos curtidos, vi ancianas secarse las lágrimas. Y no me quebré. Solamente al entrar a la Casa de Gobierno con el olor característico de las coronas, en esa cantidad innumerable, los altares improvisados escritos con birmoes y fibrones, pasar por el féretro, la Presidenta inquebrantable y tan humana al mismo tiempo, una señora, delante mío, entregándole la foto de su hermano desaparecido, su cuatro brazos abrazándose fuerte, con sentimiento, ver los pañuelos de las madres, los cuadros de los patriotas latinoamericanos enmarcando la situación, el Che, Sandino, Eva. Solamente en ese momento, decía, se me llenaron los ojos de lágrimas. Pero no me quebré. Salí despacio junto con quienes entré, es posible que la compañía nos haya ayudado.

Aunque quería, no me podía ir. La columna me dolía tanto como las piernas y los pies y sin embargo algo me retenía en la Plaza de la Historia. Habían pasado diez horas desde el principio de la fila, en la mañana de sol de Rivadavia y Bolivar. La noche ya estaba fresca y tenía ganas de estar en casa. Pero no me podía ir. La plaza seguía llena de gente suelta y organizada, de cientos de miles que, sobre todo, desmentían la idiotez del relato del clientelismo. Desmentían también el relato de la violencia y la crispación, con la tristeza de la pérdida y con la alegría de la esperanza. Ahí pienso cómo algunos se siguen atreviendo a hablar de las narices, los choripanes, los planes y otras fábulas. Entonces llegan mas banderas y carteles con fibrones. Me cruzo con amigos, que siempre fueron críticos y ahí están, reconociendo la polenta, la entrega, la Historia. Van a entrar, yo salí hace un rato. Me cruzo con compañeros de otras épocas, que ya entraron. Tengo que llegar a casa, estoy destrozado por dentro y por fuera.

Nunca dormí tan poco estando tan cansado. Camino al trabajo está Alem. Por esa avenida pasará el cortejo. No tenía previsto esperarlo. Mi colectivo cambió su recorrido y ya no sé por donde pasa, ni si pasa. Empiezo a ver gente acercándose, desde los balcones y las ventanas se asoman empleados y obreros. Algunos oficinistas. Ahora llueve, por momentos mucho. Un señor con los ojos vidriosos me dice que así tenía que ser, que fue igual con Evita y con Perón, que el cielo tenía que llorar también hoy.

Ya no me puedo ir. Sin paraguas ni piloto, mojándome y esperando a que pase. Entonces, otro encuentro amistoso, en un lugar del cual uno se imaginaba que sus círculos sociales segurían renegando. Acompañado, la espera se hace mas corta. A las diez horas de ayer, le sumo hoy otras dos horas de pie. No hay razonamiento para eso. Cada vez somos mas y apenas un cordón policial. Los árboles mojan mas de lo que cubren. Dicen que el auto saldrá a las 12 de la Rosada.
Es un luto muy raro. Hay tristeza, profunda, se siente a mi alrededor. Pero hay bullicio, energía, esperanza. En la otra vereda un flaco de unos 25 años llora en cuclillas. Incluso desde esta distancia, atravesando la avenida, se le ven los ojos rojos. De a ratos se para, y cuando se canta por el Pingüino o Andate Cobos, se olvida de sus lágrimas y grita con toda su alma. En eso llega su novia y se abrazan desconsoladmente, lloran juntos un ratito interminable. Ella tiene una bandera argentina al cuello, que le cubre la espalda, mojada, ambas.

Creo que el cortejo lo encabezaban unos caballos y los granaderos, pero casi ni me fijé. Estaba muy cerca y no le presté atención a eso. Solamente la vi a Cristina en el primer auto y a Néstor en el segundo. O tal vez estaban en el mismo. Fue un minuto, caían flores de todos lados, corría gente al costado de los autos, atrás, adelante, gritos de fuerza Cristina y gracias Néstor, llantos, mas flores, y pasó. Me quedé parado, desorientado, solo y rodeado por la multitud. Seguía lloviendo, estaba mojado, tenía frío. Me quebré.

Me quebré con un llanto inexplicable, triste, vacío. Veía a través de mi propias nubes alguna wimpala, banderas del Che, fotos de Evita, y la gente que se dispersaba de a poco. A una cuadra de ahí seguía llorando. Ya era otra la gente que miraba mi rostro y seguro no entendía.

¿Entenderá alguien? ¿Lo entiendo yo? Mi única explicación pasa por la pasión. Quienes vivimos con pasión por nuestros sueños lloramos a quién puso tanta pasión por concretarlos.

Y si hasta hoy era K, por convicción, por proyecto, por intransigente, por razones, por táctica, por estrategia, por ideología, por política, hoy me hice kirchnerista, por sentimiento.

Cuando llorás por alguien perdés por un momento la razón. Es porque tus razones se hicieron sentimiento.

Gonzalo Tomás Pérez







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lunes, 18 de octubre de 2010

HAY un SAQUEO del DESEO




Entrevista a
Pacho O´Donnell


El grito sagrado lo catapultó como historiador. Sin embargo, prefiere dejar ese título
a los que estudiaron en la universidad, y él quedarse con el de escritor. Porque siente que, al igual que con el psicoanálisis y el teatro, llegó a la historia por rodeo. De ese trayecto hizo una virtud: firmeza en las convicciones, soltura para la escucha.






-Haber llegado tarde y fuera de la academia a la historia, ¿qué beneficios y qué perjuicios que le trajo?

-Para empezar siempre he sido un heterodoxo en todo lo que hice. En el psicoanálisis, en el teatro, en la historia. Quizás tenga que ver con una especie de conflicto básico de un problema en la figura del padre. Siempre me costó tener padres, entonces me tuve que erigir yo mismo en mi propio padre. Le tengo que contar una clave profunda mía, como confidencia, pero puede publicarla: tengo una absoluta convicción de que lo importante es lo que no se ve. Vengo de una familia burguesa que cuidaba muy bien las formas, pero como toda familia burguesa en la trastienda era un infierno de emociones, sensaciones, contradicciones. Mi posibilidad de no psicotizarme fue poder descifrar eso que no estaba a la vista. Y eso se incorpora como un eje vertebrador de lo mío. Lo que vertebra esas cosas distintas que hago es la fascinación de lo oculto. Me interesa el psicoanálisis porque verdaderamente coincido que es mucho más importante para nuestras actitudes en la vida lo que no sabemos de nosotros mismos que lo que sabemos; me interesa de la historia lo que no se ve, lo que no nos contaron, lo que nos escondieron; me fascina la arqueología (hice algunas expediciones); y el teatro porque ahí lo importante es la bambalina. En la historia digo que soy un historiador silvestre. Por eso como profesión pongo escritor. El papel de historiador le corresponde más a los que han estudiado para hisotoriadores, cosa que en mi época no había prácticamente en la universidad. Las ventajas han sido una libertad de moverme por fuera de los condicionamientos de la profesionalización de la historia. Y una ventaja profunda es que como no tengo colega, en el sentido de que las disciplinas humanísticas en su voluntad de transformarse en ciencias duras generan idioma, lenguajes, modismos, contraseñas, jerigonzos, etc, que de alguna manera definen esa identidad. Cuando un sociólogo, un psicoanalista, un historiador escribe, generalmente lo hace para un colega. Uno cuando escribe siempre tiene un interlocutor. Muchas veces inconciente. Escribo un texto y es como si escribiera una carta a alguien. No tengo un colega como interlocutor, tengo la gente. O sea lo que yo mismo soy: un intruso en el campo de la historia.

-Usted publicó en los 90, época donde el revisionismo no parecía tener mucha cabida.

-El revisionismo había quedado muy lejos de la superficie por distintos motivos. Quedó muy identificado con el peronismo, entonces cuando vino el golpe del '55 se echaron a todos los profesores de doctrina peronista y revisionista, en su mayoría, y hubo una captura de la historiografía oficial de todos los sistemas de poder. O sea que era muy difícil moverse por fuera de eso. Entonces cuando empecé estaba muy solo y muy atacado. Recuerdo que Luis Alberto Romero publicaba artículos donde me injuriaba. Me decía que era un tipo comercial. Inclusive pidió hacer la crítica de mi libro de Rosas en el suplemento de La Nación, y dijo algo que en principio me parece inédito en la sección crítica: dijo que mi libro era pésimo, creo que una palabra inédita en la crítica literaria elegante como suele ser la de La Nación. Creo que fue una especie de punta de lanza del sector más oficial de la historia de tratar de destruirme. La historia me gusta desde siempre, pero en algún momento empecé a descubrir que había ciertos personajes o circunstancias que se le habían escapado a la historia oficial. Justamente cuando publico El grito sagrado (que es mi tercer libro, antes había venido Juana Azurduy y después la biografía de Bernardo Monteagudo, que se va a reeditar el año que viene), en realidad me lo pide la editorial y no tenía nada. Entonces saco del cajón lo que serían los resultados de un vicio mío: recortar, escribir, fotocopiar aspectos de la historia que iba conociendo y que me sorprendían o me indignaban o me parecían desconocidos en la idea ingenua de que eran aspectos que se le habían pasado por alto a la historia oficial. Luego la gente me hizo ver que no eran olvidos, eran versiones o interpretaciones que habían sido dejadas afuera.

-Usted dijo que el trabajo de la historia oficial fue desarrollar, generación a generación, formas de pensamiento y de acciones en función de esa historia. ¿Dónde y en qué cosas se ve hoy ese mecanismo?

-Primero habría que definir qué es la historia oficial, la que se escribe al final de la guerra civil, que es una manera de la lucha de clases. El combate de La vuelta de Obligado es una manifestación de la lucha de clases. Por un lado está la oligarquía librecambista de Buenos Aires, aliada con los intereses de los imperios, y por otro lado está el pueblo, el populacho, la chusma, los federales, las provincias. La guerra civil es una guerra con un final anunciado. No podían perder los Unitarios. Tenían todo el dinero de la Aduana, el apoyo de las grandes potencias (sobre todo de Gran Bretaña), el apoyo de la mazonería (que en esa época era fundamental), y el federalismo tenía el coraje, la razón, la verdad, el carisma, pero carecían absolutamente de todas las otras cosas para hacer una guerra: dinero, armamento, conexiones internacional, etc. Cuando termina la guerra los que escriben la historia son los vencederos, que se rebautizan liberales, pero como suponiéndose ingleses, parte del liberalismo británico, aunque le copian el liberalismo económico pero no el político. Los liberales argentinos son autoritarios. Y la historia que escribieron es en defensa de sus intereses, para justificar el proyecto de Organización Nacional que ellos ponen en marcha. Es una historia que forma parte de un proyecto político, y tiene como estrategia manejarse con conceptos abstractos como civilización, progreso, etc., que son manejados como una contrapartida a la barbarie. El portavoz de la oligarquía portuaria, que es Sarmiento, define la Organización Nacional como alternativa dilemática entre civilización y barbarie. En la cual civilización era Europa y la barbarie aquello contra lo que habían peleado. Por eso creo que el interés que despierta esta pasión por revisar la historia es porque la gente siente que cuaja mejor su vida. Un elogio para mí fue cuando estaba haciendo la cola en un banco un señor me dice gracias a sus libros puedo leer mejor el diario todas las mañanas. Permite entender por qué hay peleas de cierto tipo, por qué pasan ciertas cosas hoy.

-Pese a la revisión histórica de los últimos años ante la disidencia aparece la crispación.

-Nunca he podido sostener un debate con Luis Alberto Romero y otros. Me han invitado a pelearme, han dicho cosas horribles mías en los medios. Creo que está naciendo una generación joven que está pudiendo hacer la articulación. Yo soy el péndulo: por ejemplo por momentos parece que tengo una posición muy antisarmientina, pero le agrego aquello que se ha ocultado siempre, que parece un educador suave, angelical, con guardapolvo blanco; y Sarmiento cuando tenía que imponer sus ideas podía mandar a degüello a quien se le diera la gana; era muy violento. Rescato cosas de la figura de Rosas, entonces parece que soy rosista. Y no, hago una visión más ecuánime, pero como todos han dicho lo malo... Está apareciendo una generación nueva de jóvenes que se está formando en las universidades, pero que me viene a ver, a conversar, y que de alguna manera están iniciando y logrando la articulación de lo bueno que tiene la historia oficial con lo bueno que tiene el revisionismo. Mi papel ha sido el de péndulo. Pero esa reacción que recibí con "El grito sagrado" es porque algunos historiadores de la vieja escuela oficial, creen que cuando uno cuestiona las bases de su doctrina, en realidad está amenazando con el alimento de sus hijos. Conciente o inconcientemente para ellos es muy claro que todo el edificio historiográfico (las cátedras, los empleos, subsidios, viajes, etc.) están basados sobre una concepción de la historia. Parecería que si uno cuestiona ese conocimiento se va a derrumbar todo. Y seguramente en el fondo hay una conciencia de que hay alguna fragilidad en eso.

-El país parecía venir en calma hasta que apareció la famosa 125, el primer intento desde el final de la dictadura de meterse con la renta extraordinaria el campo.

-La crispación en algunos casos estaría justificada porque son medidas que apuntan a una transformación profunda. Hay estamos hablando de reacciones de intereses afectados por medidas gubernamentales que tienen un eje transformador muy interesante. Y dentro de la tendencia o la vocación transformadora de este gobierno, lo interesante es que también lo ha ejercido en el campo de la historia. Le diría que la Presidente Cristina Fernández de Kirchner es revisionista. Aparte de que ella me consulta con cierta frecuencia y demás, el texto historiográfico del festejo del Bicentenario fue absolutamente revisionista. No sólo no estaban las figuras de Sarmiento y Rivadavia (con gran escándalo, y estaban los caudillos), sino que había una carroza en homenaje al combate de La vuelta de Obligado. Ese combate es un elemento clave en la interpretación de la historia. En la lista de patriotas argentinos que se incorporó en el salón de patriotas latinoamericanos se lo incluyó a Rosas; ella ascendió a generala a Juana Azurduy. Porque además la Presidenta sabe historia. Por eso el gran golpe, que me ha emocionado mucho, es declarar feriado el 20 de noviembre. Porque soy un apasionado luchador por La vuelta de Obligado desde hace muchos años. El combate, junto al cruce de Los Andes, son las dos gestas militares más extraordinarias de la historia argentina. Imagine que un paisito débil, aislado, recién nacido se opone al ataque de las dos grandes potencias del momento, Francia e Inglaterra. Finalmente capitulan, a los cuatro años Inglaterra y a los cinco Francia. Y los dos se van disparando los 21 cañones de homenaje a la bandera argentina que Rosas le exigía como condición sine qua non para firmar el acuerdo final. El otro día di una charla sobre La vuelta de Obligado ante más de 300 personas, y digo: sé que ustedes sabían que iba a hablar sobre La vuelta de Obligado, y me dijeron que iban a traer imágenes. Los organizadores me miraron. Y pregunté si alguien había traído alguna imagen. Y nadie levantó la mano. Saco un billete de 20 pesos y les digo: todos ustedes tienen una imagen de La vuelta de Obligado. Estuvo tan silenciado que ni siquiera sabían qué tenían en el bolsillo. No hay ninguna calle con el nombre de Rosas, Estanislao López, Chacho Peñaloza, Cacho Ramírez, o sea la guerra continúa. Esos siguen siendo enemigos imperdonables. Realmente fueron una amenaza muy fuerte contra el establishment. Es curioso que un proyecto de clase dirigente no haya tenido ninguna intención de incorporar a los vencidos.

-Ni siquiera por propio beneficio.

-Es cierto. Lo de La vuelta de Obligado es extraordinario, y se podría haber rescatado el heroísmo de esos tipos que con diez bombitas se opusieron a un ejército poderoso. Por eso la historia oficial todavía no puede digerir cómo pudo ser que el personaje más denostado de la historia haya recibido el mayor homenaje posible de su máximo héroe: San Martín le entrega su sable. Estamos muy acostumbrados a denigrarnos, como decía Jaure-tche. Somos una porquería, deshonestos, dejamos pasar oportunidades.

-"Somos el culo del mundo y se nos cagan de risa".

-Claro, claro. Hay como una cosa casi de tristeza. Entrar en contacto con las epopeyas que fuimos capaces es algo que hace psicológicamente bien. Somos un pueblo que puede estar orgulloso. En contrario de ese sistema incluso periodístico de darle ese baño de cinismo y negativismo y desesperanza, es importante reconocer lo que pasó y sentirnos orgullosos. Y pensar que volveríamos a ser capaces de hacerlo si llegara el momento.

-Pareciera que lo positivo sólo se ve en las situaciones límites pero no en períodos de calma.

-Ese es un fenómeno socio-político. Situaciones como las de las Madres de Plaza de Mayo, los desaparecidos, La vuelta de Obligado, el 16 de junio del 55 son momentos en que el conflicto de clases está muy evidente, donde los intereses dominantes se sienten tan amenazados que pierden los estribos, el disimulo. Y si tienen que matar, matan; si tienen que invadir, invaden; si tienen que desaparecer, desaparecen. Lo otro es la situación de una sociedad dominada, donde la vida social está marcada absolutamente por los intereses dominantes. Hoy el sistema de la dependencia es muy sutil, se ejerce sobre nuestras mentes. Lo que hay es un saqueo del deseo. Estamos inoculados para desear aquello que el sistema necesita que deseemos. De ahí la inquietud. Porque hay un distanciamiento muy grave de nuestro propio deseo. Deseamos comprar cosas que no necesitamos. Dejamos nuestra vida por cambiar los celulares. Hay una inquietud que es funcional al sistema. Si estuviéramos quietos el sistema no funcionaría. El sistema necesita que estemos inquietos y deseantes. Pero que estemos permanentemente insatisfechos. Porque lo que necesitan es que deseemos aquello que el sistema necesita que deseemos. Nos necesita inquietos, insatisfechos, disconformes. Crispados. Y ahí vamos a buscar formas vicariantes de satisfacción. De pacificación.

-La sensación es que nunca se puede tocar a la clase dominante porque enseguida alteran los ánimos. Eso genera mucha impotencia.

-Igual vale la pena. Una de las características del poder es que es invisible. Rosas es emblema del hombre poderoso: gobernó con la suma del poder público, 20 años, es la idea de El Poder. Rosas muere en Southampton, en la miseria económica, olvidado. Lejísimos. Esperando que los Anchorena le manden una carta. Ofendido. ¿Era Rosas el poderoso o es Anchorena que hacía negocios con Uquiza, que hará negocios después con Mitre, y con todos los que vengan? ¿Cuál es el poder? Sin dudas Rosas no lo era. ¿Menem, De la Rúa eran el poder? Eran máscaras. Una de las características más potentes del poder es que es invisible. Eso da la idea de que los movimientos populares no tengan otro destino que la derrota. Pero de todas maneras vale la pena. Alguna vez quizás la situación cambiea.

-Usted criticó el revisionismo que hizo el gobierno de los Kirchner sobre los 70.

-He vivido el exilio, la he pasado mal en los setenta, o sea que estoy absolutamente de acuerdo con que se imponga justicia. Lo que hace tiempo vengo diciendo es que no se diga dictadura militar. Es un gran error porque se indulta a todos los civiles necesarios para la dictadura. Pero también dije que hay una visión tuerta de darle todo el peso a los Montoneros: las personas que sufrieron en la dictadura fueron muchos más. Hubo exiliados, castigados, periodistas, dirigentes sindicales, estudiantiles que no eran montoneros. A raíz de la lucha contra la guerrilla urbana se aprovechó para eliminar todo aquello que molestaba para la instalación del sistema que se instaló. Falta una mirada más amplia de la época. Todos los argentinos que han quedado melancólicos, que han quedado afuera después de la diáspora y que no se animaron a volver, o no pudieron; toda una generación de argentinos con sus hijos extranjerizados o adaptados a otro país. Hay mucho drama que fue solamente el drama extraordinariamente imponente del secuestro, la tortura y la desaparición. Falta la incorporación a la historia de los 70 de todos los sectores que también fueron atacados y también sufrieron. Me sigue pasando de ir por la calle y recordar: ¿dónde está este tipo? Que era un crack, iba a ser un gran abogado, un gran pintor, ¿dónde está? Está el desaparecido real pero está el que desapareció por el miedo, se quebró, se fue afuera y fue otro, no lo que iba a ser acá.

-Hay mutilaciones que no se ven.


-Ha habido mucho sufrimiento. Y hay tipos que fueron vencidos, tipos que cuando me fui tenían una gran pasión revolucionaria y cuando volví eran capos de la especulación financiera. Gente a la que le rompieron el alma. Quizás toda esa gente merecería que se rompa un poco esa exclusividad dictadura-montoneros-montoneros-dictadura. Y no estoy harto.




sábado, 3 de enero de 2009

Teatro y Política bis




“...Pero entiendo que también hay al menos otra manera de hacer teatro político. Es la que Tom Stoppard lleva a la práctica en Rosenkrantz y Guildenstern han muerto. Estos son dos cortesanos en el Hamlet de William Shakespeare.

En la obra de Stoppard adquieren el estatuto de protagonistas. Ahora, sin embargo, el punto de vista de los reyes carece de importancia y Stoppard escribe desde la posición secundaria de Rosenkrantz y de Guildenstern. El centro del drama son ellos y los otros personajes giran en torno. Hamlet era una obra política (creo que sería difícil negarlo taxativamente, como también que es más que política, y en ello, quizá reside su grandeza y universalidad). Rosenkrantz y Guildenstern… también es política, más incluso que la primera. Y lo es por el mero hecho de haber cambiado el punto de vista. En poesía es el del poeta, el del llamado yo lírico, en la novela es el del narrador, y en teatro, el de los personajes. Desde dónde se escribe es tan importante como lo que se escribe. No se trata del contenido, importa sobre todo desde dónde se contempla el mundo, que la mirada sea la del escriba sentado o la del héroe, la del renegado díscolo o la del sumiso a la necesidad.”



viernes, 2 de enero de 2009

TEATRO y POLÍTICA



Imaginemos la figura de un joven dramaturgo. Este autor goza de cierta fama, la prensa lo trata bien, algunos investigadores toman sus obras como objeto de estudio, periódicamente gana premios, su presencia nunca pasa inadvertida.

Imaginemos que este autor poco a poco, en lugar de limitarse a escribir, cosa que hace muy bien, se siente impulsado a presentar permanentemente teorías que finge propias pero la mayor parte de las veces no son sino exposiciones rápidas e ingenuas de retazos de teorías ajenas.

Supongamos que esta figura imaginaria se ha creído obligada a involucrarse en la discusión sobre teatro y política. Esta cuestión aparentemente se ha convertido en estos días en una cuestión urgente -como si las relaciones entre teatro y política, arte y política, se hubieran descubierto recién en el inicio del siglo XXI y no hubiese constituido un objeto de reflexión a lo largo de la historia del teatro y del arte en general. Este joven dramaturgo, imaginemos, trata de salir al ruedo en el intercambio de opiniones con una definición que considera contundente, definitiva: “la política es la modificación de lo real”. Por qué dice esto nuestra figura imaginaria. Muchas veces los personajes creados se comportan de una manera tal que sus conductas apenas pueden ser explicadas por sus creadores. En este caso debemos confesar que lo que lo que este dramaturgo nos ha querido decir inevitablemente se nos escapa. Cualquier cosa que el hombre haga, cualquier trabajo al que el hombre se entregue, inevitablemente tendrá como consecuencia –buscada o no- la modificación de lo real.

La realidad humana tiene como característica esencial precisamente estar sometida a una transformación permanente y tales modificaciones se dan en nuestros tiempos en una proporción y una velocidad tal que difícilmente podemos dar cuenta de ellas: el hombre va generalmente detrás de los cambios y esto abarca también, mal que les pese, a quienes se dedican a la política. Pero tratamos de ser condescendientes con nuestro personaje y ensayamos un intento de comprensión de su sentencia. Fingimos darnos cuenta de cuál es el significado que busca cuando habla de “modificación de lo real”: la política sería una especie de herramienta o instrumento que serviría para introducir cambios en la realidad. Sin embargo, intentamos reflexionar con él, cuando se concibe a la política como instrumento invariablemente se olvida un aspecto esencial:

¿la modificación de lo real se realiza siempre en el mismo sentido o puede asumir sentidos opuestos y contradictorios? ¿Esta herramienta sirve siempre para un progreso que permita mejorar las condiciones sociales o puede también pensarse como un medio que sirva para excluir al mayor número de personas de los beneficios que se siguen de vivir en sociedad? ¿O quizás en el primer caso tendríamos una modificación propiamente política y en el segundo caso no? ¿Y si en el segundo caso no tenemos política, entonces qué tenemos? ¿ Aquellos que permanentemente se dedican a mantener un estado de privilegio para unos pocos por medio de la fuerza o de cualquier otro medio a su alcance no hacen política? ¿Y si no es política toda esta serie de procedimientos, cómo deberíamos llamarla? ¿Y si finalmente no nos queda más remedio que llamarla política, qué tiene ésta de modificación de lo real?

En síntesis, le señalamos a nuestro dramaturgo que su sentencia es tan solemne como ampulosa y vacía de contenido: aquellos que conciban la política como instrumento para introducir modificaciones en lo real (con el claro objetivo de incluir cada vez a mayor cantidad de gente en los beneficios que les corresponde por el sólo hecho de vivir en sociedad), en otras palabras, aquellos que entiendan la política como instrumento de progreso social, inevitablemente deberán advertir la necesidad de enfrentar a aquellos grupos que siempre pugnarán por conservar sus privilegios. Y estos precisamente no concebirán la política como medio para modificar la realidad sino precisamente como un instrumento que sirva para la conservación de las condiciones socio-económicas vigentes.

De este permanente conflicto entre partes se desprende una concepción de la política que poco tiene que ver con un sentido instrumental: la política aparece no como una mera herramienta sino como un campo de tensiones que se modifica permanentemente con el paso del tiempo. La historia misma sería así la historia de las alternativas que sufre dicho campo a través del avance y retroceso permanente de los principales actores, de los cambios de posición de los mismos, de la conformación y disolución de las alianzas. De ningún modo sostenemos que este campo de tensiones tenga autonomía: su análisis necesariamente requiere la detección de aquellos factores materiales (en sentido amplio, no solamente económico) que permanentemente encuentran su lugar en dicho terreno.

Pero este joven dramaturgo imaginario no se queda en la cuestión de la política. Sin ningún escrúpulo en lo que respecta a la verdadera dimensión de la tarea que se propone pasa a preguntarse qué es la realidad. Como si la pregunta no fuera terreno específico de grandes filósofos cuyas posiciones difícilmente pueden conciliarse en la historia del pensamiento, supongamos que este autor decide hacer su propio aporte a la cuestión, con la certeza de que si no hubiese expuesto su idea se habría producido en la historia de la filosofía un vacío irreparable. Este autor, que generalmente afirma que el sentido común es el principal enemigo, no sólo se pregunta qué es la realidad sino que cree ser absolutamente original y establece la distinción entre realidad y apariencia. Le indicamos que semejante distinción nos hace pensar de inmediato en Platón y sin embargo, para ser estrictos, deberíamos remitir a Parménides de Elea. Una distinción que es al mismo tiempo una tradición que Nietzsche se ocupó de analizar críticamente en su breve texto “Cómo el mundo verdadero terminó convirtiéndose en una fábula”. Sin embargo, seguramente sin sospechar que esta es una cuestión que a esta altura no admite una respuesta ni fácil ni rápida, nuestro autor transita de la teoría a la práctica y se ocupa de establecer cuál debe ser el rol del intelectual: sencillamente consiste en separar la realidad de la apariencia. El personaje insiste, pasa a explicar sin demasiado rigor conceptual: por un lado está la realidad y por otro lado algo que es necesario idolatrar porque, como es muy astuto, no ignora que tal idolatría corresponde al espíritu de los tiempos y todos se sienten identificados cuando se sigue una determinada corriente que otorga prestigio y al mismo tiempo exime de pensar: en síntesis, por un lado está la realidad y por otro lado está el lenguaje. Y, sigue nuestro autor, dado que toda nuestra experiencia está atravesada por el lenguaje, dado que el lenguaje es algo de lo que no se puede escapar, dado que es imposible concebir la existencia humana sin tener en cuenta la dimensión del lenguaje, se infiere que es este mismo lenguaje el que permanentemente produce construcciones y son estas construcciones las que terminan por instaurar la realidad. Y entonces llega a una conclusión que todos ustedes ya habrán imaginado: desde este punto de vista todo es construcción, todo es lenguaje .

Sin embargo, prosigue, la verdadera realidad es aquella que se resiste a ser apresada por el lenguaje. Inmediatamente le señalamos que todo este razonamiento sobre lenguaje y realidad constituye una contradicción en los términos: si el lenguaje lo abarca todo no se explica de qué manera puede accederse a la “verdadera realidad” y de que modo por lo tanto puede el intelectual separar la realidad de la apariencia. Quizá sin advertirlo nuestro autor se vuelve kantiano o como diría Macedonio Fernández, noumenista : plantea un núcleo esencial de la realidad que permanece incognoscible ya que ningún humano puede ir más allá del lenguaje para acceder a dicho núcleo.

Sin embargo, como si anticipara estas cuestiones y advirtiera los problemas que implican, nuestro autor joven se ve apremiado a dar todavía un paso más: dado que la realidad es incognoscible y nunca podemos tener acceso a la misma, entonces el mejor camino es tomar coraje y negarla absolutamente. La tarea que le queda al intelectual es ya no separar la realidad de la apariencia, sino considerar la naturaleza de la realidad como pura construcción del lenguaje. Nuestro joven autor asume como propias algunas tendencias de la filosofía contemporánea que retomando fundamentalmente a Nietzsche considera que el lenguaje, al nombrar las cosas inevitablemente hace un recorte, una interpretación. Entonces, le recordamos que en su escrito “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, Nietzsche afirma que el lenguaje socialmente establecido nació como la cristalización arbitraria -determinada por relaciones de dominio- de cierto sistema de metáforas, que, aunque inventado libremente (como cualquier sistema de metáforas), se fue imponiendo como el único modo públicamente válido de describir el mundo. El impulso metafórico originario por el cual se imponen nombres, imágenes, metáforas a la “realidad” de las cosas termina por fundar un sistema que constituye el lenguaje canónico de la verdad. A partir de la instauración del estado social se instituyen las reglas para “mentir” de un modo estable. No se puede constatar ningún hecho en sí, no hay hechos sino solamente interpretaciones. Esto quiere decir que la interpretación precede al signo: no hay nada primario que preceda a la interpretación, no existe el significado original. Cada signo es en sí mismo no la cosa que se ofrece a la interpretación sino ya la interpretación de otros signos. No existe nunca un interpretandum que no sea ya interpretans. Nietzsche descubre la infinitud de la interpretación, la cual es necesariamente interpretación de otra interpretación. Su movimiento es siempre inacabado, debe proseguirse siempre y no puede dejar de volverse sobre sí mismo. Y así el mundo se convierte en un término para señalar no una pluralidad de hechos o acontecimientos sino el juego conflictivo de las interpretaciones.

Esta tesis ontológica (es una respuesta a la tradición metafísica que intenta responder a la pregunta sobre la esencia de la realidad) es una tesis fascinante dado que anticipa en el siglo XIX la problemática de la relación lenguaje-realidad que será uno de los ejes del pensamiento del siglo XX. Sin embargo, las consecuencias que pueden extraerse de esta posición deben ser consideradas con el máximo de cuidado a riesgo de caer en una posición ingenua. La perspectiva que Nietzsche utiliza para encontrar la genealogía de la moral, la religión, la poesía (que carecen de “origen” y son para él sólo invenciones) es una perspectiva que se remonta a través de la historia. Y en ese remontarse es que puede verificarse el papel de cómo determinadas interpretaciones cristalizan en hechos.

Actualmente, de la misma manera que nuestro autor imaginario, muchos investigadores, críticos, dramaturgos, directores prescinden de esta perspectiva histórica o genealógica (adoptada por ejemplo por Foucault para analizar la historia de la locura o el nacimiento de la prisión) y adoptan una visión que podríamos llamar “vulgar” o “ingenua”para terminar considerando que la realidad es solamente una construcción del lenguaje y por lo tanto los hechos o acontecimientos no tienen entidad sino que todo es cuestión de interpretación. “ Todo es lenguaje ” se dice rápida e irreflexivamente y de inmediato autores y artistas de toda índole, críticos e investigadores aceptan semejante sentencia sin advertir su calidad de slogan, quizá por la misma razón por la cual los slogans se imponen a la conciencia sin tener que pasar por la reflexión. Decir que “todo es lenguaje”no deja de ser también una metáfora. Y el grueso error de quienes debieran ser rigurosos con los términos (los mismos que manipulan con impunidad términos tales como: poder, ideología, deconstrucción, etc.) consiste en hacer aceptar de manera literal aquello que se propone justamente como metáfora.

Si cualquier hecho es en última instancia una construcción puede por lo tanto puede ser puesto en tela de juicio. Al afirmarse que la realidad puede ser construida inexorablemente se acepta que la realidad de cualquier hecho o acontecimiento siempre puede ser puesta en duda -por importantes que sean sus consecuencias, los documentos que prueban su existencia, los testimonios que avalan que los mismos han tenido lugar en un espacio y un tiempo determinados. Y semejante posición tiene una significación política innegable pues la concepción que niega los hechos encuentra sus propios límites en estos mismos hechos: una masacre es un hecho, no una construcción del lenguaje. Lo mismo podemos decir de Auschwitz, la ESMA, las bombas sobre Plaza de Mayo, la explosión en la AMIA, la bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, el napalm sobre los vietnamitas, la destrucción de Bagdad (la lista es literalmente infinita y los ejemplos no son casuales: implican la muerte de personas que, si pudieran, jamás considerarían sus propias muertes como construcciones del lenguaje.)

En momentos como estos, en los cuales el concepto de lo político se ha visto revitalizado (como si la historia hubiese comenzado en diciembre de 2001), luego de lustros enteros en que muchos artistas enunciaban explícitamente que no era necesario que el teatro estuviese ligado a hechos determinantes de nuestra historia política y social, en los que estos mismos artistas se escudaban exclusivamente en la forma como coartada para evadirse de esta misma historia hacia el terreno de las relaciones intimistas o en anécdotas anodinas, en momentos como estos en que se intenta hacer pasar estas mismas obras como una nueva forma de teatro político (dado que en ellas se verificarían relaciones de “poder”) se hace imprescindible:

1) Intentar definir lo político, con las investigaciones y los debates necesarios que semejante concepto traerá aparejados.

2) Establecer criterios para definir lo que sea teatro político y así evitar incluir en esta categoría lo que de manera oportunista intenta considerarse como tal.

3) Intentar la constitución de un instrumento crítico que permita detectar cuál es el verdadero significado de determinadas obras que proponiéndose como políticas no hacen sino convalidar las estrategias conservadoras más retrógradas

4) Reflexionar sobre la relación entre el teatro político y las formas. De esta manera se considerará de qué modo los del teatro deberán despojarse de formas obsoletas y asumir otras nuevas que sean idóneas para expresar los nuevos contenidos políticos.

Es obligación de los investigadores tener como objetivo alcanzar cada vez mayor precisión y profundidad en su trabajo. Y por esa misma razón deben dejar de aceptar lo que los autores, como obvias estrategias de autolegitimación, opinan e imaginan sobre sí mismos. Es necesario analizar con rigor tales estrategias y los contextos en los cuales tienen su lugar. Es preciso tratar de comprender cuáles son las condiciones materiales de producción de los objetos artísticos, por qué intenciones están guiados, cuáles son los paradigmas a los que pertenecen y cómo se diferencian entre sí dentro del mismo paradigma.

Por último, es imprescindible no solamente comenzar a eludir las fórmulas y los slogan que eximen de cualquier reflexión sino someter esas mismas fórmulas y slogan a un análisis crítico implacable. Quienes se decidan a empeñarse con decisión en esa tarea tendrán como recompensa el descubrimiento de un terreno inexplorado, de una gran riqueza y profundidad.




cholulos