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viernes, 15 de agosto de 2014

Historia secreta de los HUERQUE MAPU





Tamara Smerling y Ariel Zak cuentan la historia de Huerque Mapu, un grupo folklórico que en los años ’70 grabó “El disco de los Montoneros”, el cual era fiel reflejo de la realidad que se vivía por esos tiempos, previos al comienzo de la dictadura militar de 1976.

    Hebe Rosell -hermana de Andrés Calamaro- en voz, vientos y percusión; Naldo Labrín en guitarras; Lucío Navarro en charango; Ricardo Munich en violonchelo; y Tacún Lazarte en guitarra, surgieron en mayo de 1973 como los Huerque Mapu (voz mapuche que significa mensajeros de la tierra)

Todos los peronistas al Luna Park, viernes 28 de diciembre, 19:30 horas. Festival de la Liberación. El conjunto Huerque Mapu presentará El disco de los Montoneros", publicó El Descamisado en el verano de 1973. Aquella noche, 15 mil personas escucharon y cantaron sus consignas: "Perón, Evita/ la patria socialista!"

La cara de los dos líderes políticos vestía el telón de fondo cuando los músicos subieron al escenario. El relator tomó el micrófono y listó: "1970: el pueblo peronista soporta la dictadura de las botas y monopolios imperalistas. Pero va gestando su respuesta. Una nueva etapa de la larga resistencia iniciada en 1955 cuando las minorías oligárquicas derrocaron al general Perón. En 1969 estalla el Cordobazo. (...) Camilo Torres en Colombia y la heroica muerte del "Che" en Bolivia se suman como señales de un camino hacia la liberación de América Latina."




 Comenzaron los primeros acordes de "Memoria de los Basurales". El primer tema de la Cantanta que refiere al Aramburazo. El público aplaudió y vivó aquella voz que recordaba también la de Víctor Jara; aquellos acordes que sonaban en las cuerdas a un poco de trova cubana; aquellos ritmos andinos y armonías que traían a la memoria a Inti Illimani; a Illapu... a Canturía. Eran tiempos de canciones políticas. La de este grupo musical es una historia mínima que esperó años –más de cuarenta– para ser contada.





No es casual que este libro haya sido escrito por dos periodistas jóvenes: ella nacida en plena dictadura, él en democracia. Tamara Smerling y Ariel Zak fueron los interesados en recrearla en el libro Un fusil y una canción. La historia secreta de Huerque Mapu, la banda que grabó el disco oficial de Montoneros (Planeta).

"Somos hijos de esa generación y hay aún cosas que no han sido contadas", dicen. Reynaldo "Naldo" Lebrín, Hebe Rosell, Lucio Navarro, Ricardo Munich y Tacún Lazarte son los protagonistas de este relato hasta ahora silenciado. Los autores los encontraron y entrevistaron para contar los hechos que terminaron en el exilio de todos. Algunos volvieron, otros no. Después de su paso por Huerque Mapu sus vidas quedaron signadas para siempre. Ninguno de los Huerque Mapu militaba en Montoneros.

¿Cómo es que terminan grabando su disco oficial?

Tamara Smerling: En 1973, después de siete años de dictadura, todo estaba por hacerse. (Jorge Alberto) Taiana estaba al frente del Ministerio de Cultura, y allí trabajaba Nicolás Casullo, que estaba en contacto con la conducción nacional de Montoneros. Desde allí, inspirados en las experiencias de Cuba y de Chile, con Allende, se habían pensado acciones culturales como alfabetización de adultos, la creación de un canal de televisión educativo, un diario para chicos, una editorial con precios accesibles: todos programas que apuntaban a fomentar la cultura. En medio de ese escenario un día suena el teléfono: Casullo recibe una llamada en la que le dan indicaciones para que se presente a una hora y lugar determinados. (Mario) Firmenich quería hablar con él. En esa reunión le dijo: "Queremos armar un disco en el que se cuente la historia de nuestras luchas contra la dictadura y todo el proceso que culminó con la vuelta de Perón." Huerque Mapu era un grupo de música popular, folclórico, al que ya le habían encargado otros trabajos para el ministerio. Casullo pensó en ellos.

–Da la sensación que se embarcaron en esto de un modo casi naif.

Ariel Zak: –Ninguno de ellos militaba en Montoneros, ni militó después. Algunos tenían más relación con el Movimiento, como Naldo, o con espacios que formaban parte o eran satélites del Movimiento. No eran orgánicos. Pero llegaron paradójicamente a ser la cara visible de la cultura montonera. Además hay que pensar que entonces Montoneros no estaba prohibido y era un momento de furor. Creemos que ellos pensaron que haciendo este disco se iba a multiplicar su popularidad como grupo. Llegaron a vender 600 mil discos que era mucho teniendo en cuenta que, por ejemplo, Sandro en esa época vendía 1 millón.

TS: –Sin embargo hubo algunos que plantearon sus dudas, se preguntaron hasta dónde iban a quedar pegados a esto…

–Había un movimiento de músicos populares cantando por América Latina: su identidad, sus ideales.

AZ: –Claro, Casullo les propone eso en un principio. Pero les dice que "como prueba" hicieran la "Cantanta Montonera". Ellos como grupo se preguntaron cómo se milita, si se milita cantando, si se milita por las armas... Si cantando estaban avalando la forma de militar de Montoneros. Es un debate que se dan internamente. Sienten una tensión por esta propuesta y la discusión está zanjada en el libro. Y, sí: deciden hacerlo de una forma un poco ingenua.

TS: –También tiene que ver con cómo se llevaba la militancia en esa época. No sabían tampoco que iban a quedar estigmatizados por este disco, ni que Montoneros iba a pasar a la clandestinidad. Ni que se iban a tener que ir del país como muchos artistas vinculados con el peronismo o con la izquierda.

–¿Pudieron entrevistarlos a todos?

TS– Todos estuvieron muy complicados. Al departamento de Hebe lo allanaron, a su compañero Juan Sosa que si bien no perteneció al grupo fue el que puso la piedra fundamental, lo fueron a buscar a la fábrica donde trabajaba. Terminaron todos en el exilio. Nosotros pudimos encontrarlos y entrevistarlos para el libro.

–¿Encontraron coincidencias con la "batalla cultural", como la denomina el kirchnerismo, desde lo que se intentaba hacer en el Ministerio de Cultura de Taiana?

TS: –Considero que es casi una réplica salvo que ellos no la pudieron concretar. Proyectaron el canal 4 del Ministerio de Educación y Cultura, se creó también una discográfica, un diario para los chicos. Hay paralelismos que ahora uno los ve plasmados –canal Encuentro, es un ejemplo– y que ellos no alcanzaron a concretar. También había una corriente revisionista.

AZ: –Creo que hay una continuidad si pensamos que todo esto lo llevó adelante Nicolás Casullo y hoy algunos de sus seguidores están ocupando cargos, como Ricardo Forster en la Secretaría de Pensamiento Nacional. Creo que toman su legado. Y en ese momento él llamó a artistas populares. Huerque Mapu era eso, como tantos otros. Hoy al frente del Ministerio de Cultura hay una artista popular.

–¿Por qué se les ocurrió investigar sobre esto?

TS: –Creo que no es casual, él nació en democracia, en 1985. Yo soy del '77. Tengo amigos que están buscando a sus hermanos, o quieren saber de sus padres. Esta música también estaba en mi casa. Hablando con amigos es notable que nadie conoce ni de nombre a Huerque Mapu. Hubo algo ahí, ellos se van en el '76. Y así como trascendieron otros como César Isella o la misma Mercedes Sosa, ellos quedaron tapados en el olvido. Nosotros no conocíamos la historia, la tuvimos que desentrañar como un ovillo.



Tiempo Argentino











martes, 4 de febrero de 2014

AGUANTE EL CINE NACIONAL





Entrevista con Lucrecia Cardoso, flamante presidenta del Instituto Nacional del Cine y Artes Audiovisuales (Incaa). 

“La designación es un reconocimiento a la gestión de estos 6 años”.




¿Qué significa su designación al frente del Incaa?

Lucrecia Cardoso: En principio, es un orgullo, una gran responsabilidad que la presidenta me haya designado. La decisión que sea yo es un reconocimiento a todo un equipo de trabajo que está hace 6 años al frente de una gestión, con Liliana Mazzure al frente. La decisión viene a ratificar ese trabajo.


¿Cuáles son los principales logros que tuvo esa gestión?

LC: Estuvo muy relacionado con otras grandes políticas que se implementaron en estos años y que tuvieron como objetivo la democratización de la comunicación, como la ley de Medios, la Televisión Digital Abierta y los planes de fomentos que se pusieron en marcha alrededor de TDA para poder federalizar la producción de contenidos. Se han generado ficciones, animaciones en prácticamente todas las provincias. Esos contenidos fueron reconocidos por nuestro público y en el exterior, abriendo mercados, con premios en festivales. El balance es muy positivo.


¿Cuál es la importancia de Incaa TV, que ahora además tendrá lugar en Cablevisión?

LC: Expresa otro aspecto más de nuestra política. Que tenga lugar en Cablevisión es el resultado de la pelea de miles y miles de argentinos para lograr primero la sanción de la ley de Medios y después su aplicación plena. Incaa TV busca recuperar la producción del cine nacional, es una ventana más para nuestro cine. De los 1.500 títulos que se emitieron en estos tres años, y que los usuarios de Cablevisión no pudieron ver, se remasterizaron más de 600. Eso habla de acercar el cine nacional a nuestra gente y también la idea de recuperar nuestro patrimonio.


¿Qué análisis hace del momento de la industria del cine en la Argentina?

LC: Es un momento fantástico. El contexto es el de una revolución constante de las tecnologías audiovisuales, sea en la producción y la exhibición. En Argentina pasamos en 2003 de 35 millones de espectadores a 48 millones en 2013, casi un 40% más. Eso dice muchas cosas. De la industria cinematográfica y de la impresionante recuperación económica. Sobre ese total creció la incidencia del cine nacional. En 2003, 3,5 millones vieron películas nacionales. En 2013, fueron casi 8 millones. Cuatro de las 10 películas más vistas fueron argentinas.


¿Esa industria nacional cuántos puestos de trabajo involucra?
LC: Nosotros calculamos 100 mil, directos e indirectos. Desde los servicios vinculados a la producción a la exhibición, por ejemplo, los puestos generados por las salas.


Mazzure decía en una entrevista hace un tiempo, que la industria no tenía problemas de producción sino de distribución, por la falta de pantallas para el cine nacional. ¿Se revirtió esa situación?
LC: Eso necesita políticas de mediano y largo plazo. Hubo una recuperación en la cantidad de salas en estos años. Se está trabajando fuertemente en eso. El salto tecnológico supone muchos cambios, sea en la producción pero también en la circulación de contenidos.


 Todo el tiempo usted vincula la política del Incaa en relación con otras acciones del Gobierno. Una de las políticas del Ejecutivo en estos años tiene que ver con la integración latinoamericana. En ese sentido, ¿Cuál ha sido el diálogo de la industria argentina con las industrias de otros países de la región?
LC: Hay muchas iniciativas en marcha. Argentina es un gran co-productor, coproduce prácticamente con todos los países de la región. Eso fue acompañado por iniciativas como fondos de co-producción específicos, por ejemplo con Brasil. Después hay experiencias como DocTv Latinoamérica, que es una articulación de canales públicos e institutos de cine de la región. La idea es producir documentales latinoamericanos, que a la vez son difundidos por los canales públicos de todos los países.


Lugares emblemáticos de distribución de películas nacionales, son los "espacios Incaa". ¿La idea es aumentar la cantidad de salas en todo el país?

LC: Hoy hay alrededor de  48 pantallas en todo el país, la idea es llegar a 60 en lo que va de este año. Se hizo un concurso y se seleccionaron las salas que van a formar parte del concurso. En muchos casos articulamos con provincias, localidades, sindicatos o universidades, que ya tienen salas, entonces, firmamos un acuerdo por el cual el Incaa se ocupa de mejorar la sala a cambio de la programación de películas nacionales o latinoamericanas. En un trabajo con otras áreas del Gobierno apuntamos a la digitalización de los espacios Incaa (proyección en 3D, sonido 7.1) para que forme parte de una red de distribución a través de Arsat.


APU


lunes, 27 de junio de 2011

HORACIO FONTOVA



“Al humor nunca se lo toma como algo serio”

Es dibujante, diseñador e incluso escritor. Pero él prefiere definirse como “músico”. El Negro habla del humor como cosa prohibida de la historia, de su exaltación de lo femenino y de su nuevo –y para él inesperado– despertar de la conciencia política.




Dice que diarios casi no lee, salvo algunas pocas páginas en la red. Dice que para informarse le alcanza con el televisor clavado en Telesur, la cadena de noticias latinoamericana en cuyo elenco brilla su favorito: el periodista Walter Martínez, el Tuerto: “Maravilloso, es un maestro total. Lo suyo no son informes sino lecciones: de historia, geografía, topografía...”, se entusiasma. Con la mayoría de las fuentes de noticias de la Argentina está peleado: “Se viene publicando tanta falsa información, que hasta a veces confío más en la BBC”. Cuando se le hace notar que Beatriz Sarlo también alabó la señal inglesa durante su visita a 6-7-8, se sorprende (no se acordaba) y larga la carcajada: “¡Bórrenme eso, entonces!”.

  • Horacio “Negro” Fontova tiene 64 años y durante los últimos cuarenta se ha hecho llamar, en fila, General Fontova (por la primera acepción de este término en el Diccionario de la Real Academia Española: general: común a todas las cosas); Reverendo Fontova (1985: “Creo que ahora tengo más competencia entre reverendos que entre generales”); y otra vez General para su postulación mediática en el estadio Obras Sanitarias con miras a un Fontova Presidente (1988), época durante la cual, sin embargo, conservó a sus ínclitos asesores eclesiásticos: el Cardenal Caloide y el Capellán Cartier.

Ahora es otro tipo. “Ahora soy El Nigger, y así firmo mis correos electrónicos. Me gusta esa palabra norteamericana despectiva, que para mí es revitalizadora. Acá no tiene el mismo valor: acá están ‘los negros de mierda...’ (sonríe). Hay un blog espectacular de un colectivo político cultural que se llama así: Negros de Mierda (http://lapopulartambien.blogspot.com/), a quienes les mando mis saludos”.



–En lo “General”, usted terminó siendo común a casi todo: es músico, compositor, cantante, actor de cine, de televisión y de teatro, diseñador gráfico, ilustrador, dibujante y ahora también escritor (en 2005 se editó Témpera Mental, un libro de cuentos, y trabaja en el siguiente: Humano 0 Humano)... Nadie sabría por dónde comenzar. ¿Por dónde comenzaría usted?

–Yo soy músico, ahí arranco; ésa es mi raíz. Cuando terminé el Pellegrini –algunos ex compañeros amigos ahora son neurólogos o economistas (sonríe) y vienen a visitar al “negrito quilombero”– y después de hacer la colimba, entré en la Escuela Belgrano de Bellas Artes; por eso llegué a director de arte de El Expreso Imaginario. Pero antes ya había sido guitarrista de Patada de Mosca y luego vinieron Expreso Zambomba y Edy y La Foca, y mi café concert con parrilla: El Goce Pagano (en Córdoba y Fitz Roy, que ya no existe) y lo que ya todos saben después. Yo soy músico.

  • Lo que “todos saben después” podría empezar a contarse ahora y terminaría de contarse en Navidad. Fontova fue personaje señero del rock y la música popular subterráneos de fines de la dictadura e icono sarcástico del resto de los ’80, pero su talento partió en mil diagonales creativas. En 2004, por ejemplo, se largó a hacer zarzuela en el teatro Avenida (La corte de faraón, en su momento prohibida por Franco en España: “Es que José, el personaje bíblico, tenía una garompa que todas las egipcias se lo querían comer crudo... Claudio Gallardou supo que me crié con el canto lírico y me llamó: ‘¡Esto lo tenés que hacer vos!’, me dijo. Y hacer una zarzuela o una ópera no es joda, porque tenés que cantar a viva voce, con una sinfónica y sin micrófono...”).

Y Fontova hizo de José. También reemplazó a Daniel Rabinovich en la gira española de Les Luthiers (Grandes hitos). Hizo un programa de radio junto a Pedro Saborido y Coco Sily en La Red: Código de barras, por el que ganó su segundo Martín Fierro (el primero lo había obtenido por su trabajo televisivo con Jorge Guinzburg).

  • Con casi una decena de discos editados y otros tantos trabajos en pantalla chica (que suman casi una veintena con su labor actual o en progreso en cine) y décadas de historia musical, hace un par de años dedicó cinco meses al tranquilo escenario de Clásica y Moderna, en la Ciudad de Buenos Aires. (“Me mandé al toro yo solo, con la violita. Y fue otra cosa. Ahí no hubo estilo que valiera: fue todo. Canciones italianas, canciones antiguas españolas, folklore, rocanrol, blues, jazz; lo que se me cantara”) Algunas de todas estas cosas (incluso los textos inéditos de su nuevo libro) están en su blog COMANDO AMELIA (“por Amelia Vence”).

No le importa que se puedan copiar o bajar. “No tengo ninguna compañía, soy independiente”, dice. Lo más reciente fue 2004: Negro, y lo demás que hace ahora “son gustos, que no tienen continuidad, como actuar” (“No podría ahora hacer una obra de teatro, que me demandaría los mismos días que tocar”). 2004: Negro tuvo como invitados a, entre otros, León Gieco, Skay Beilinson, Lito Vitale, Peteco Carabajal, Liliana Herrero, Martín González, Esteban Morgado, Daniel Melingo, Liliana Vitale, Daniel Maza, Gerardo Gardelín, Martin Bianchedi, Juan Belvis, Hugo Newman y Lalo Mir. “Y después lo presentamos en el teatro Alvear, a cinco pesos la entrada... (carcajada). ¡Eso sí que es lindo, tomá!” Lo que sigue será Extracto de Fontova, espectáculo con pronta fecha de estreno.

–En su caso, nunca hubo resistencia ni compromiso sin humor. ¿Por qué?

–Porque mi vida es así. Se ve que hay una composición genética que me obliga a buscarle a todo la vuelta del humor: el humor es vasodilatador. Como me dijo una vez un gaucho: “¡Negro, si no te reís, morís!”. Obviamente que no soy un tarado que se ríe de todo, porque hay cosas que me ponen muy triste y me agarran unas depresiones de la hostia. Pero fíjese que el humor es algo tan prohibido en la historia de la humanidad que cualquiera puede encontrar historia de lo que se le dé la gana: de las polleras, de las peinetas, de boludeces; pero no existe la historia del humor, y estoy seguro de que también los caldeos deben de haberse cagado de risa. Pero no existe una historia del humor, y cuando hace un par de años hice una serie de Café Cultura, dirigida por Pepe Nun –unas charlas llamadas “El sistema y el humor”– hablábamos de que, curiosamente, al humor no se lo toma como algo “serio”, valga la paradoja. Pero es muy serio el humor.

–También está el club de “los ofendidos por el humor”.


–Y, sí, a mucha gente el humor la ofende. Pero no la tengo en cuenta: no pueden ser mis amigos. Heredé el humor de mi madre, quien fue el personaje más loco que conocí en mi vida: María. Cuando yo tenía 10 años, mi viejo, que era un salteño duro, un bajo lírico que hablaba todo así (pega el mentón al cuello) me quería llevar al dentista... y no había forma. Terminó llevándome mamá, pero en la esquina le dije: “No, no voy a entrar”. Y mi vieja replicó: “Ah, ¿no vas a entrar?” Y en plena tarde, en Barrio Norte, se levantó la pollera en la vereda, se agarró la cholga, y gritó a la gente: “¡¡Señor, mireeee...!!”. Y yo: “¡Mamá, qué hacés! ¡¡Entremos ya!!” (risas). Impresionante, lo que me hizo hacer. En enero había que prepararse para los Reyes Magos y la “alimentación” de los camellos: los fardos de pasto, los baldes de agua... Y el Día de Reyes yo encontraba mis regalos junto con restos de pasto; baldes vacíos volcados, secos, y bosta... ¡por lo cual no me quedaban dudas de que por ahí habían pasado los camellos! Como vivíamos cerca de plaza Lavalle, que por entonces estaba llena de mateos... ¡ella traía bosta de la plaza y llenaba el living con bosta! Mi vieja fue lo más importante de mi vida.

–Por cierto, una recurrente en usted es una valoración suprema de lo femenino.

–(Se ríe.) Sonia Braguetti, sí... (Peor es nada, 1989). Menos mal que no llego a desbarrancarme en la grosería. Pero es cierto. La alabanza de lo femenino, por empezar, es la alabanza a mi vieja. Y después, por ejemplo, el Tío Cucurucho, el hermano de mi mamá: José María, un musicólogo muy serio abocado al compositor brasileño (Heitor) Villa-Lobos: era gay, al igual que su secretario Reinaldo, estudioso de Beethoven. Pero no eran “Carmen Miranda”; eran tipo Dick Bogard en Muerte en Venecia, “señores” putos. Y cuando mis viejos no me podían llevar al zoológico, me llevaba Reinaldo. Eso siempre fue algo muy natural para mí, desde niño. Soy heterosexual, pero desde niño siempre vi la homosexualidad como una alternativa más de esta vida. Y siempre me gustó hacerme el trolo (Eleva la voz para que escuche Gabi, su compañera). “¡Señora, ¿quién lava los platos acá?!”

–Disculpe, pero lavar los platos no es “de trolo”.

–No, es que no soy yo quien los lava: lava “Delia”. Delia tiene su vida, su marido Beto...

–Y está Clarita, su guitarra.

–Ahí está (señala una criolla reposando sobre su estuche). Con Gabi la saludamos antes de irnos a dormir, y le damos un beso. Para mí la mujer fue todo lo contrario de lo que la significó el sistema humano: siempre se la denostó, el Concilio de Trento llegó a decir que la mujer era un ser inferior, y para mí es todo lo contrario: ¡andá a bancarte que te salga una persona de adentro por la ura!

–Usted utilizó la “ura” (su peculiar traducción de una expresión santiagueña, aplicada al órgano sexual de la mujer) como emblema de su “campaña electoral” de los ’80. Y resulta que conseguimos una Presidenta mujer... ¿Visionario?

–(Risas.) Es la primera vez en mi vida que siento un compromiso político. Y es con los Kirchner. Siempre fui un descreído que estudiaba a Mijail Bakunin: “El anarquista colabora, pero no obedece...” Sin embargo, acá se dio algo que a muchos nos despertó la conciencia política por primera vez en nuestras vidas, y ya de grandes. ¿Qué pasó? No sé. Pero creo que a los pibes les sucede lo mismo: la buena juventud es más pila; la conciencia social de la buena juventud es maravillosa. Analizando la cuestión: está Cristina, ¿y después qué hay? Nada. No hay alternativa. Sin embargo, por primera vez no votaremos al mal menor, sino al bien prometedor, con logros muy claros.

–¿A qué le tiene miedo?

–A la mala justicia que condena a inocentes y absuelve culpables y a la vieja inseguridad de toda la vida... no a la exageradamente inventada en los últimos tiempos.






Una especie de chamán

Es la segunda vez que Horacio Fontova trabaja con el director Fernando Spiner.

En Aballay, el hombre sin miedo (estrenada el jueves pasado en Buenos Aires), el Negro personifica a El Cordobés.

“Es como una de las viejas historias gauchescas de cuchilleros –cuenta–, pero más bien resulta un western de acción, rodado en paisajes maravillosos –Amaicha, Tucumán– que serían la envidia de John Ford. Pablo Cedrón, el personaje principal, es un actorazo. Yo hago de una especie de chamán, con todas mis lanas sueltas... Es un verdadero placer trabajar con Fernando; llevó a pasear esta película por Europa y se ganó bastantes premios. Creo que a la gente de acá le va a gustar mucho, porque es un cine absolutamente nuevo. Hacía falta”.

Fontova está trabajando en dos nuevos proyectos: Metegol, de Juan José Campanella, película basada en “Memorias de un wing derecho”, cuento de Roberto Fontanarrosa, y Anima Buenos Aires, un largometraje de animación de varios artistas producido por Caloi en su tinta.

Pero hay más: el Negro es padrino del Centro Cultural de Atlanta.





jueves, 1 de julio de 2010

“El teatro es un hecho colectivo y solidario”



Arturo Bonín y Susana Cart, en una charla reflexiva con Carla Czudnowsky, hacen un recorrido histórico por la historia del teatro como forma de resistencia durante los años de la dictadura. Y hablan de su compromiso con la comunidad,su carrera y su trabajo en Teatro por la Identidad.

Arturo Bonín es reconocido por ser un tipo comprometido. Un militante desde la cultura. Un ocupado y preocupado por “hacer obra”, y no sólo de teatro. Inquieto y autogestor de proyectos varios. Amén de tener que cumplir con las obligaciones económicas como todos, siempre intenta elegir “proyectos nutritivos” para sí y la sociedad. Hizo tanto cine como teatro. Viene de interpretar, nada más y nada menos, que al político radical Arturo Illia. Y en televisión ha participado de ciclos míticos como Yo fui testigo y, más recientemente, Televisión por la Identidad y Vidas robadas . Además, desde hace diez años, forma parte del proyecto Teatro por la Identidad, junto a su mujer la actriz Susana Cart.

Tiene en su haber 44 años de oficio. En 1959 arrancó en Villa Ballester con sus primeras clases de teatro, con 16 años y mientras estudiaba para químico de la alimentación. Fue literalmente “arrastrado”, hay que decirlo, no por una irrefrenable pulsión creativa ni una desmedida necesidad de expresarse, sino porque su amigo del barrio, Rody Tevez, le aseguró que en el curso “había un montón de minas”.


“Y sí. Porque quería levantar minas, no había otra alternativa... pero tengo que decir que se me partió la cabeza. Descubrí otro mundo. Otras cosas.”

–¿Tus viejos tenían algo que ver con el arte? ¿Qué opinaban?

–Mi viejo era colectivero, mi vieja ama de casa. Al principio, mientras estudiaba, todo bien. Pero cuando le fui a plantear a mi viejo que yo quería dejar Química para estudiar otra cosa, me dijo: “¿Lo que quieras, mientras estudies yo te banco, no hay ningún problema…” Cuando le respondí “teatro”, me llevó al médico ( risas).

–¿Buscando qué?

–Yo, a esta altura del partido sospecho que deseaba que hubiese algún problema, escuchar: “Tu hijo es trolo”. Porque estudiar teatro era una cosa rara…

–Si hacías danza, directamente te mataban. Ni llegabas al médico.

–Creo que no me hubiese animado a decirle. Me cagaba a trompadas. Pero me llevó al médico y el médico le dijo: “Es normal, quiere hacer teatro, nada más”.

–Le tendría que haber agregado: “Puede ser que sea zurdito” ( risas).

–Mi viejo ero filocomunista. Se había afiliado al PC en algún momento. Entonces, por ese lado, es como que mucho no le hubiera desentonado.

–Quizás de ahí te vino ese gen tuyo...

–Puede ser, pero mi vieja era bien gorila. Yo los domingos iba a ver los partidos de fútbol en la tele de la unidad básica. Tenía unos 12 años y me acuerdo que ponían una tribuna de madera para la gente y había un televisor en blanco y negro. Y mi vieja me preguntaba: “¿Adónde vas?”. “Voy a ver el partido a la unidad básica”, le respondía y me decía: “No hables con nadie” ( risas). ¡Imaginate!: ¡No hables con nadie! ¡A ver si todavía me afiliaban!

–¿Y con quiénes estudiaste?

–Yo nunca tomé clases de teatro. Cuando lo hice, fue en el contexto de un seminario de un grupo que llamó a un profesor. Pero nunca fui a una escuela ni me inscribí en ningún curso. No, no le puedo echar la culpa a nadie ( risas).

–Durante los años ’70, en la dictadura, los grupos de teatro independientes estaban muy vinculados al compromiso social, al trabajo comunitario y muchos, incluso, estaban politizados. A vos, en el medio actoral, se te identifica como un tipo “comprometido”. ¿Cuándo aparece ese compromiso?

–Yo descubrí que el teatro es un hecho colectivo y solidario. Esto es lo que yo trato de imponer, o de ponerle en la cabeza a los que se acercan y me preguntan si doy clases. Cuando te sumás a un grupo de trabajo, ves que el crecimiento se hace real a partir de la dinámica grupal. Trasladalo a la vida cotidiana: no podés no escuchar al otro, no prestarle el oído. Creo que el teatro tendría que ser una materia obligatoria en los colegios para estimular este tipo de cosas. Porque en las sociedades donde el individualismo y la actitud autista están primando, desaparece el hombre. Te transformás en una maquinita, en un hecho casi onanista. Y yo creo que el teatro tiene que ver con lo orgiástico y no con lo onanístico.

–Te cambio de tema. Hablemos de la resistencia desde el teatro durante la dictadura. De la experiencia de Teatro Abierto, un espacio donde se podía hablar de las cosas que estaban pasando...

–Y que no se podían decir tal vez públicamente.Yo venía del teatro independiente. Había formado parte muchos años con Susana (Cart, su mujer) del grupo Teatro del Centro, en los años ’73 y ’74 . Tenían un origen común con Teatro Abierto. Igual que el Payró, La Fábula y el Nuevo Teatro. En ese momento, Balbín dijo que “Teatro Abierto fue una multipartidaria antes de la primera multipartidaria”. Fue la posibilidad de pensar que la unión hace la fuerza. Fue la posibilidad de pensar que ya se había llegado a un punto que era intolerable que una casta de hijos de puta, borrachos al servicio de intereses económicos multinacionales, nos estuviesen manejando. Entonces, la única forma de arrancar con esto, era la queja. Y creo que arrancó como una queja y una crítica a la realidad, y como un llamado a la reflexión a todos nosotros.
Al hacer teatro político, para decirlo de alguna manera, estábamos más en contacto con la realidad. Hemos tenido compañeros desaparecidos, compañeros de nuestro teatro que fueron secuestrados por la policía.

–Hubo un momento de listas negras, fue el momento de los perseguidos por la Triple A, de la bomba en el Teatro Estrella, donde ahora creo que está el canal Crónica. ¿Esto ocurría al mismo tiempo?

–Era al mismo tiempo, era al unísono…

–Y a los que iban a buscar, a los que desaparecían, ¿era por su compromiso político o simplemente por la movida cultural y lo que eso implicaba en la sociedad?

–Yo creo que había varios elementos. En una época era más peligrosa una máquina de escribir que una ametralladora. Un anónimo o un comentario desafortunado o intencionado de alguien podía llegar a algún lugar, y esa persona era chupada y desaparecida.

–¿Tenías miedo en ese momento?

–No nos dábamos cuenta. Seguramente sí tenía miedo. Pero ¿qué íbamos a hacer? ¿Me iba a quedar en mi casa y no salir a la calle? Porque si dejás que el miedo te gane, no hacés teatro, ni hacés nada.

–¿Había una militancia desde la cultura?

–Exactamente. Esa era la idea. Porque además, y esto es lo que a mí me preocupa desde algún lugar, ¿cómo podría colaborar yo en algo que me trascienda, que me exceda en forma ampulosa, para el bien común? Entonces si desde lo que sé hacer, puedo propender el bien común, ahí es donde me pongo. Por eso estoy en Teatro por la Identidad, yo no podría estar en un partido y ser dirigente político.

En esta iniciativa impulsada por Abuelas de Plaza de Mayo, Bonín ya cumplió diez años trabajando con su mujer, la actriz Susana Cart. Él es colaborador y ella pertenece a la Comisión.
Ambos están juntos hace 30 años gracias a lo que ellos denominan “la decisión política de vivir juntos”. Además comparten, entre otras cosas, proyectos teatrales que autogestionan y llevan adelante. Tal es el caso de la obra Hasta que la vida nos separe , que presentarán en 90 pueblos de una veintena de provincias argentinas.

A esta altura de la charla, Cart se sumó para hablar de su trabajo conjunto.

–¿Cómo fue que se incorporaron a Teatro por la Identidad?

Arturo Bonin: –Nos invitó Daniel Fanego, quien ya venía trabajando en esto, a ver un espectáculo que dirigía, llamado A propósito de la duda . Poco después, nos convocó a una reunión en el Teatro El Nudo. Íbamos en el auto y Susana me dijo: “Yo sé que Fanego nos va a pedir que integremos la Comisión”. Y le respondí: “Ni pienso”, a lo que ella me contestó: “Yo tampoco”.

–Pero, ¿vos no estás hoy en la Comisión?

Susana Cart: –¡Sí!. Mentí. Iba a aceptar ( risas).

A.B.: –Me mató. Me moría de risa yo…

–¿Cuáles son los objetivos de Teatro por la Identidad?

A.B.: –Recuperar gente, servir para que alguien que haya vivido en la mentira, pueda darse cuenta de que lo estaban estafando. Es muy duro, es muy doloroso, nosotros tenemos nietos recuperados que son amigos nuestros. Y, además, son hijos de una generación diezmada… de mi generación. Y poder colaborar para recuperar a los hijos de aquellos que hoy no están, algunos de ellos amigos míos, es muy fuerte…

S.C.: –Además uno pasó muchos años muy asustado. No podías hablar con cualquiera porque no sabías quién era quién. Y creo que esto es reivindicatorio. Aparte, es como utilizar la profesión no solamente para entretener o para vivir –que es muy importante–, sino para prestar un servicio.
El planteo que nos hicimos al sumarnos a Teatro por la Identidad, desde un principio, es que nosotros no hacíamos discurso político. Eso se lo dejábamos a las Abuelas. Nuestra única herramienta era el teatro. Y nuestra llegada a los jóvenes, en ese momento de 18 a 25 años y ahora ya adultos, tenía que ser desde otro lugar: desde la emoción, de las ideas, de provocar identificación.

–¿Cómo funciona exactamente?

A.B.: –La clave es la duda. Generarla. Acercar elementos que funcionen como disparadores. Algo así como: “A ver, esto que me está pasando a mí, ¿con qué lo puedo juntar?”. Eso que le está pasando, lo tiene en un lugar instalado, lo coteja con el otro. “¿A vos te pasa lo mismo?” “Sí”. Entonces, por acá es la cosa.

S.C.: –En el 2000, la temática era la contención directa. Después ampliamos la propuesta y el tema pasó a ser “la identidad”. Porque si no, era demasiado acotado y, además, así le damos al autor de las obras una mayor posibilidad de crear un material más rico.
Todos los años vienen 5.000 personas a Teatro por la Identidad, y la pregunta en algún momento fue: “¿Serán siempre los mismos?”. No sabemos, se va renovando el público, pero ya saben a qué van.

–Probablemente los chicos que fueron apropiados y que todavía no lo saben, o que lo dudan, o que no se animan, tengan treintaipico. ¿Qué crees que van a buscar los veinteañeros?

S.C.: –Curiosidad. Porque no tienen información sobre la dictadura, lo qué pasó o de qué se trata la apropiación de chicos. Hace algunos años, los nietos empezaron a colaborar con nosotros, y entonces cuando termina la función, se sube una abuela y ya provoca una reacción. Pero cuando se sube un nieto, esta idea abstracta de la apropiación se transforma en una persona que cuenta su historia en primera persona. Y dice, por ejemplo: “Hasta hace cuatro años yo me llamaba tal y tal, había nacido tal día, tenía tal signo en el horóscopo. Pero a partir de la participación de Abuelas, yo sé que en realidad soy fulano, que nací tal día, que tengo tantos años”. Es muy fuerte eso. Ver a alguien ahí que te lo dice, como Juan Cabandié que en la Esma dijo: “Yo nací acá”. Para mí eso fue demoledor.

–¿Por qué creen que los más jóvenes se interesan justo ahora?

A.B.: –Porque el Estado se está haciendo cargo de una cantidad de cosas.

S.C.: –Yo creo que el gobierno de los Kirchner (el de Néstor y el de Cristina) abrió una compuerta a una temática que era tabú, que estaba siendo ignorada, invisibilizada. Era una temática de la que nadie hablaba. Y ellos se metieron en el barro, y nos metieron a todos, y esto provocó una reacción social.

–¿Cómo definirían cada uno de ustedes la palabra identidad?

S.C.: –Nosotros tenemos una costumbre en Teatro por la Identidad. Cada vez que hacemos algo público, la persona que habla se presenta por su nombre y dice quién es. Por ejemplo, en mi caso: “Mi nombre es Susana Cart, y puedo decirlo porque sé quién soy. ¿Y por qué digo que sé quién soy? Porque sé quién es mi papá, sé quién es mi mamá, porque vi fotos de mi mamá embarazada, porque me parezco en algo, cosas que me gustan y que no me gustan…”. Ésa es la identidad de una persona.

–Ahora que hablamos de lo que le pasa a muchos nietos… ¿Qué piensan que deben sentir Felipe y Marcela Noble?

–Por un lado pensás “pobrecitos” porque es lo primero que me surge y, por otro lado, digo: “Están tan manchados, están tan condicionados, están tan presionados, han aceptado tanto la voz del amo, desde algún lugar, que les debe costar mucho sentir y saber qué quieren. Por eso es interesante lo que plantea la ley del ADN, que establece que no es necesario que alguien vaya a sacarse sangre.

S.C.: –Eso es importante porque le quita culpa, le saca la responsabilidad. Hay muchos casos donde ellos mismos han tenido contacto con Abuelas, y que no quieren denunciarlos porque saben que sus apropiadores van presos, y están esperando que se mueran. Claro que es una pena, porque también las Abuelas y sus familiares se van muriendo.

Además de la pregunta de sentido común que nos hacemos todos. Si realmente tienen tanta seguridad de que no son, se hubieran sacado de encima este problema. Un caso como éstos, normalmente, se resuelve en un año.

–Es verdad que con el tiempo, las Abuelas se van a ir muriendo. Pero, a través de Teatro por la Identidad, ustedes van haciendo escuela...

A.B.: –Sí, por suerte. Y van a perdurar en el tiempo gracias a esta iniciativa. Porque si siguen existiendo jóvenes o adultos apropiados, nuestra tarea no termina. A lo mejor, yo no estaré dentro de una cantidad de años más, pero habrá otros que sí. Es lo mismo que dicen las Abuelas. Ellas saben que los nietos van a seguir con esta tarea.

S.C.: –Tengo muchas esperanzas porque, al principio, por ahí aparecían dos o tres nietos por año y, de pronto, en un año aparecieron ocho. Y creo que, en la medida en que el Estado y la comunidad se hagan cargo, cada vez más, se van a animar a hacerse preguntas.

A.B.: –Un solo chico con la identidad truchada, y nuestra identidad colectiva está truchada. Y creo que ya es hora de saber quiénes somos. Todos y cada uno. Recién ahí podremos construir algo colectivo.


Nuestro encuentro terminó pero la charla me seguía dando vueltas en la cabeza. ¿Cuándo fue la última vez que me pregunté quién era? ¿Me habré preguntado, aunque sea una vez, qué pasaría si yo no fuera quien siempre creí ser? Pensé qué doloroso sería tener que destruirse para poder volver a nacer. Para ser quien de verdad sos. Para existir. Ahí, todo me encajó como un rompecabezas. Ahí, este encuentro adquirió un nuevo sentido para mí. Así como el teatro le abrió un nuevo mundo a Arturo y a Susana, quizá logre guiar a algunos de los 400 nietos que aún faltan recuperar. Nunca antes, hasta hoy, había reparado en esa frase que leí cientos de veces: “El poder transformador del arte”.







miércoles, 18 de noviembre de 2009

“Yo hubiera sido montonera”



Florencia Peña resulta ser una rara avis en el mundo de las actrices de su generación. Sin gorrita o anteojos que ejerzan de careta para evitar el reconocimiento, o troupe de asesores y asistentes obligados en estas personalidades, la conductora de Flor de palabra y actriz de la inminente ficción Botineras, la ahora rubia –por su rol de peluquera y madama en la miniserie– camina por la avenida Corrientes como si nada.




–¿Cómo se hace todo: tele por dos, teatro, cine?


–No es algo que persiga. La cosa es que me pasaron muchas cosas lindas juntas. En teoría iban a estar separadas en el tiempo, pero después se juntó todo.

–¿Le gusta conducir?

–La conducción me da esa adrenalina del aquí y ahora. Me da rapidez y yo soy bastante inquieta y curiosa. Si bien no soy una conductora de formato de entretenimientos, intenté encontrarle una vuelta para que tuviera mi sello y que no fuera un programa que pudiera ser conducido por otra persona.

–Hablemos de sus hijos.

–Tengo dos, Tomás de 6 años y Juan, que acaba de cumplir 1. Toto fue un hijo muy amado, primero en todo: primer hijo, primer nieto, primer sobrino y armó una revolución en la familia. Y Juan es un gordo divino, pero llegó con la cosa más tranquila. Yo tenía esa cosa de ¿lo querré igual?

–¿Y la culpa?

–Creo que todas las madres somos culposas pero trato de que mis hijos entiendan que esta es la madre que tienen y trato de estar lo más que puedo con ellos. Si no puedo darles cantidad, les trato de dar calidad. Si no puedo estar mucho en casa, trato de que vengan a las grabaciones. Me ha pasado de tener un bache en una grabación e ir a buscar a Toto a la escuela para verlo media hora. Sí, soy una madre que labura mucho, a veces más, otras menos. Nosotros no somos rígidos en los horarios y en los tiempos. Tratamos de que entiendan que estos son los padres que tienen.

–¿Cómo hizo para construir esta actriz que es hoy, viniendo de la masividad de la televisión?

–Yo trabajo en la televisión desde hace 27 años, desde que tenía seis. Aprendí haciendo y fui creciendo a la vista de la gente. Quizá, lo que tengo en contra también lo tengo a favor.

–Pero parece una mujer normal. En general, los niños actores son...

–Freaks, sí. Eso tiene que ver con la familia de la que vengo. Es anormal en muchas cosas, pero tiene algo de normalidad que son los valores, la ética. No han querido proyectarse en mí o en mi hermana en lo que ellos no pudieron concretar. Mi vieja me apoyó, me ayudó, me guió. Después, cuando terminé el colegio, en un momento pensé en ser abogada, pero a los 18 años recién decidí que quería ser actriz.

–¿Y antes?

–Antes era un juego. Ahí me puse las pilas y me puse a estudiar en serio. Estaba en el medio de Son de diez, la cosa se venía perfilando por el lado sexual.

–Y ahí se redujo las lolas...


–Sí, me operé a los 18 años. Por suerte me tocó una época donde no existía esta masividad, todo era más naïf. Si eso me hubiera pasado en estos tiempos, me hubiera sido muy difícil. Ahora todo está puesto en ese tipo de mujeres, muy voluptuosas. Yo vengo de una generación complicada, difícil. El otro día le preguntaba a Leonor Manso cómo era su generación, cómo era ser actriz en su época. Había mucho más respeto por el actor, no era fácil ser la tapa de un suplemento de espectáculo de un diario importante. Existían las vedettes, existían las modelos, todo estaba colocado en su lugar.

Ahora está todo mezclado. Yo no persigo ser famosa, aunque está buenísimo llegar a mucha gente. Pero es complicado tener treinta y pico. Estamos todos en la misma bolsa y el tamiz todavía no se terminó de hacer del todo. Se supone que hacés un programa de 30 puntos y ya está, ya llegaste. El rating no puede ser la medida de nada. Yo ya lo entendí y vivo mucho más tranquila. Hago lo mío lo mejor que puedo y lo único que tengo para defender es mi arte.

Mi último trabajo fue en un teatro muy chiquito, con una obra chiquita, sin pretensiones, mucho más pequeña en cuanto a la producción. Sin embargo, más allá de la nominación al ACE con Norma Aleandro, Mercedes Morán y Selva Alemán como actriz dramática, lo que me pasó a mí en el trabajo, ser dirigida por Leonor Manso en un terreno muy distinto al que estoy acostumbrada, fue maravilloso. Soy una mujer que ha ido descartando cosas que ya no me sirven o no me hacen feliz.

–¿Qué cosas ya no le entusiasman?


–Ahora la sitcom dejó de tener un sentido para mí. Ya hice todas. Por ahí volvería dentro de un par de años, pero ahora no. No me quiero repetir. Ahora estoy en otra etapa de mi vida, con el cine. Yo había hecho una sola película cuando tenía 23 años con guión de José Pablo Feinmann, con Pepe Soriano y Esther Goris, El ángel, la diva y yo. Y no pude hacer más cine porque me dediqué a la tele y al teatro. En febrero filmé una peli con libro de Bioy Casares, con Luis Machín, años ’50, alucinante.

Esa chica que hacía reír desde la pantalla, disparatada y veloz, ya casi no aparece. Desde hace unos meses, Florencia Peña defiende posturas políticas antes inexistentes en ella y pasó a ser una de las defensoras más acérrimas de la Ley de Medios en la televisión. –Se la ve bastante más valiente que en otros tiempos, raro en los actores de su generación. ¿Qué pasó para que se involucrara políticamente?

–Hay un momento en que estás de un lado o del otro, hay cosas con las que no hay grises. O estás con los milicos, o no estás con los milicos, no estás en el medio. Hay que entender lo que pasa en el país. Yo no soy política, no me interesa tener una banca, pero sí me gusta entender, leo de historia argentina, hablo de política en mi casa, en mi vida, con mi familia. Yo siempre fui una mina muy politizada. Estoy en un momento en el que no quiero estar alejada de lo que parezco y lo que soy. En otro momento sentí que parecía algo que no era.

–¿Superficial?


–A veces parece que todo me resbala y no es así. Soy tan sensible que el humor me ha salvado de no caer tan hondo y no poder salir. Me pareció que, por el momento que estábamos pasando, estaba bien tomar partido. Es mucho más arriesgado decir lo que pienso, porque en una persona popular como yo, sería mejor que todo quede en las cuatro paredes de mi casa. Creo que es importante la militancia, y lo digo desde un lugar muy humilde, sin jactarme de nada. Estoy muy involucrada con la Ley de Medios y tengo una opinión formada sobre lo que pasa en la Argentina, sobre lo que veo, y sobre algunas personas que hablan. Siento que hay un cambio de paradigma.

Creo todo lo contrario a lo que dicen los medios, no creo en la anarquía; creo que es la primera vez que estoy de acuerdo con muchas cosas de las que están pasando, y en esas que estoy de acuerdo, quiero salir a decirlo. La gente cree que no se puede salir a la calle, que salís a la calle y te matan y te roban, y lo que se debería aclarar o entender es que la Ley de Medios no es una ley que nos pertenece a los periodistas y a los actores, sino que es algo tan profundo como la opinión pública del país.

Lo que yo digo es no al monopolio porque es necesario que nos den la posibilidad de discernir. Creo que la Ley de Medios era necesaria desde hace más de 25 años. No podemos seguir con una ley de la dictadura. Yo creo en el debate, pero no hay debate ni construcción de nada.

–¿Qué hay?


–Nadie se escucha, y decir que la Ley de Medios es antidemocrática es un disparate. Es lo más democrático que me tocó vivir. Se cambiaron las cosas que hubo que cambiar: lo de Telefónica, que causaba tanto revuelo, se cambió, hubo debates, hubo audiencias.

A mí me hacen reír cuando dicen que no hay libertad de prensa. ¿En qué país están viviendo? Lo mínimo que le han dicho a la Presidenta es que es una hija de puta, de ahí, para arriba y para abajo. Es una falta de respeto impresionante. La gente opina sin saber, sin leer, sin estudiar. Opinan sobre el neoliberalismo y no saben lo que es, opinan sobre el capitalismo y tampoco.

No creo en la oposición sangrienta, no nos lleva a ningún lado y la derecha avanza. Yo soy de izquierda y es la primera vez que estoy de acuerdo con un gobierno. Somos muchos que no tenemos que ver con la derecha fascista, tenemos que ver con una Argentina que busca la redistribución de las riquezas. Yo soy una actriz que gana muy bien, podría callarme la boca porque a mí la derecha me va a dar más plata que la izquierda. Pero prefiero una Argentina con un proyecto de país sin tanta desigualdad. Es un momento en el que es reimportante pararse en un lugar, y si hay que ponerse en un extremo o en el otro, yo estoy en la vereda de enfrente de Lilita, de Macri, de De Narváez. Estamos en un momento en que está todo confundido. No hay lugares donde se pueda hablar. Existen las listas negras con algunos actores en algunos diarios.

–¿Es así?


–Yo, antes de exponer mi postura con la Ley de Medios, en el suplemento de Espectáculos de un diario me defenestraron en una columna por mi ideología política. ¿Tan grave es que yo diga lo que pienso? Si ustedes son los que enarbolan la bandera de la libertad de prensa, no debería molestarles si yo no pienso lo mismo; no les voy a poner una bomba en la redacción, no se asusten. ¿De qué tienen tanto miedo? Será porque tienen el culo sucio.

–Parece otra persona...


–Estoy en un momento en que la actriz que soy también tiene que ver con lo que soy. Esto no es un hobby para mí, y como me tomo la actuación en serio, también me tomo la vida y este momento que estamos pasando. Creo que ocupo un lugar en los medios, me guste o no, donde está bueno bajar línea. Algunos estarán en contra, otros a favor. Yo prefiero alguien que dice lo que piensa desde un lugar respetuoso. Yo bajo línea adonde voy. El otro día fui a comprar un libro y había una señora que estaba comprando el de Marcos Aguinis. Me acerqué y le pregunté por qué estaba comprando ese libro. Mi marido me quería sacar de ahí pero yo quería escucharla. Me dijo que se estaba viviendo una época terrible y que no se podía salir a la calle. Le dije que yo salía a la calle, que me habían entrado cinco monos en mi casa, pero yo no lo culpo a Kirchner, es la sociedad que está para atrás. Estamos buscando un país de igualdades, no somos un país socialista, no somos un país comunista, nunca vamos a tener un formato cubano. Yo invito a la gente que está tan en contra de Fidel, que lean un poco más, que vayan a Cuba, que escuchen a la gente que está a favor y en contra. Hay que formarse una opinión con las dos campanas. Hay que comprometerse.

–Usted sabe que este es un camino de ida, ¿no?


–Ya lo sé. Hay cosas que ya no puedo hacer y está bien. No importa lo que yo diga, sí lo que haga, en todos los aspectos de mi vida. Yo creo en la pasión con la que vivo y el compromiso con el que vivo. Aspiro a ser una mujer con entereza.

–¿Qué le daría esa entereza?


–Ser coherente. Arranco desde lo pequeño, con mi familia, con mi gente, con la gente que labura conmigo, tratando de ser lo más honesta que puedo. Y si llego a tener enemigos, y esos son los que no piensan como yo, bienvenidos. Hace muchos años, yo quería que todo el mundo me quisiera. Trabajé mucho en terapia sobre eso. No te digo que lo tengo superado, pero lo tengo pensado. Tengo posturas tomadas, nadie me va a convencer de que los milicos fueron buenos. Me peleo a capa y espada con los que los defienden. Yo creo que la violencia no se cura con violencia, pero si yo hubiera tenido que elegir, en ese momento hubiera sido montonera. Y lo digo absolutamente convencida. Creo que casarme con Mariano fue importante.

Habla de su marido, el músico de jazz Mariano Otero, con quien comparte su vida desde hace ocho años y dos hijos, y se emociona. Parece una mujer enamorada.

–¿Por qué es importante?


–Mariano nació en Avellaneda, de una familia muy diferente a la mía, militante, una familia comprometida política y socialmente, con otra cabeza, él trabajó mucho en las villas cuando era pendejo. Un pibe que realmente hace lo que quiere y tiene mucha libertad. Creo que Mariano me dio la posibilidad de sentirme valiente frente a mis pensamientos. Yo no pienso diferente a cuando lo conocí, simplemente ahora tengo más valentía porque tengo a este hombre al lado. Yo me enamoré de su manera de ver la vida, su manera de pararse en el mundo. Yo lo amo por lo que él es como persona, por cómo mira a sus hijos, por cómo milita en su vida cotidiana más allá de la política.



jueves, 8 de octubre de 2009

"Ningún premio me quita el sueño"



Ni la fama de actor de culto local, ni la carrera con proyección internacional lograron obnubilarlo. Ricardo Darín todavía mantiene la franqueza y la espontaneidad del chico de barrio que fue. Cómo no creerle entonces que no se le movió un pelo de su abundante cabellera nevada cuando se enteró que las dos películas que protagoniza fueron preseleccionadas para competir por el Oscar. “No me pone nervioso ni ansioso. Sé que sirve para promocionar los filmes. El de Campanella no lo necesitaba, en cambio sí el de Trueba, porque la crítica lo trató mal”, cuenta con la voz entrecortada, ronca. No es extraña su reacción. Hace tiempo que el actor hace un culto del “anti-exitismo”, del bajo perfil, de la intermitencia. Después de ser aplaudido, suele desaparecer de la escena pública y tomarse un tiempo hasta aceptar un nuevo desafío. Entonces se refugia en su hogar, con los suyos: Florencia Bas, su mujer y sus hijos, Ricardito y Clara.

El timbre de su voz delata cansancio. Motivos le sobran. Es la cara visible de dos de las películas que deberán competir entre otras para representar a diferentes países en la competencia al Oscar a “Mejor Filme Extranjero”. Además de protagonizar El secreto de sus ojos, el filme de Juan José Campanella que representará a la Argentina, el actor es el intérprete principal de El baile de la victoria, la película de Fernando Trueba que fue seleccionada por España. Esta película transcurre en Chile y cuenta la historia de dos ex presidiarios y una bailarina muda. Es el primer trabajo de ficción, en siete años, del director de Belle époque, que ganara el Oscar en 1993. Pero los éxitos del actor argentino en España no se limitan a este doblete. El estreno de El secreto... en ese país fue un éxito: llevó 110.000 espectadores en sus primeros tres días. El filme –que quedó tercero en taquilla, detrás de Bastardos sin gloria, de Quentin Tarantino, y del thriller protagonizado por Bruce Willis, Identidad sustituta– recaudó 710 mil euros, y se calcula que podría llegar a los 3 millones en ese país. Es decir, cerca de 500 mil espectadores. “La tendencia es fijarse en los actores, quienes somos la cara visible de las películas. Pero hay un equipo de cien personas que trabajaron mañana, tarde y noche para hacernos las cosas más fáciles, entre ellos mi hijo. Ricardito formó parte de la producción de esta película, fue su primer trabajo”, señala con orgullo.

Chico de barrio. Se sabe que Ricardo escapa a los brillos, no es un amante de las pasarelas, las alfombras rojas, las estatuillas y las rondas de prensa interminables. Faltan cinco meses (el 7 de marzo próximo) para la gran fiesta de Hollywood, por lo que el actor intenta relativizar la trascendencia de lo sucedido: “No significa nada importante. Los países mandan una película como candidata para la selección final”, dice Ricardo desde su casa de Palermo.

–Apenas se supo la preselección de sus películas, usted intentó bajar el nivel de expectativa, ¿exageró un poco?

–Nunca dije que no me interesara, pero no me quita el sueño. Entiendo que lo que pasó es sinónimo de reconocimiento nacional e internacional. Me llena de orgullo que la gente de mi país haya elegido la película de Campanella para representarnos en la Academia. Pero la realidad es que allá va a un lote de 150 películas. Hay que ver qué pasa. Está en manos de otros.

–Dígame la verdad, ¿no le tembló un poquito el pulso cuando se enteró de las nominaciones?

–Hace veinte años me temblaba el pulso por todo. Ya no, mucho menos por un premio.

–¿Qué hará a partir de ahora?

–Esta semana comienzo a rodar por dos meses y medio, la película Noir, de Pablo Trapero junto a su mujer Martina Gusman.

–¿Terminará su año laboral bajo las órdenes de Trapero?

–Ojalá, pero tengo algunos documentales que hacer. Además, estoy pensando en la reedición de “Art” para este verano. Queremos hacerla en Buenos Aires. Todavía no hay nada concreto. Lo estamos pensando. Nos extrañamos con Germán (Palacios) y José Luis (Mazza), necesitamos volver al escenario y, sobre todo, a la obra.

–Usted es reacio a la alfombra roja, ¿lo sufrió en el Festival de San Sebastián?

–Bastante. Es muy dura la demanda de prensa con dos películas. Atendía periodistas a partir de las diez de la mañana hasta las siete de la tarde. No me quedaba otra, había que acompañar los filmes. Eso te impide disfrutar de otras cosas. Además, en los pasillos, algunos me perseguían para acercarme “el proyecto”. Fue agotador. Por las noches no dormía, me desmayaba. Por suerte estaba Flor, mi cable a tierra.



martes, 19 de mayo de 2009

SILVIO RODRÍGUEZ



De chico quería ser astrónomo o astronauta, pero sus canciones lo llevaron a ser el músico más identificado en el mundo con la Revolución Cubana. En 1978, Silvio Rodríguez viajó por primera vez a Estados Unidos para actuar junto al músico Pete Seeger.

Este 5 de mayo, Seeger cumplía noventa y Rodríguez fue invitado a participar de la celebración, pero el gobierno de Estados Unidos no le concedió la visa y no pudo viajar. Mientras termina de grabar su nuevo disco, el músico aceptó dialogar con Crítica de la Argentina sobre este y otros temas.

–¿Qué sucedió?

–Fui invitado por la familia de Seeger a un homenaje. Pedimos una visa especial que Estados Unidos da para acontecimientos culturales, pero no llegó nunca.

–Si, en vez de pedir la visa, se hubiera lanzado al mar en una balsa, ¿lo habrían dejado entrar?

–No sólo me hubieran dejado entrar, ¡me hubieran exhibido como trofeo!

–¿Cómo funciona el sistema migratorio para los cubanos?

–Según la “ley de ajuste cubano”, los emigrantes ilegales cubanos interceptados en el mar son devueltos a Cuba, pero los que logran pisar tierra adquieren el derecho a la residencia. Somos el único país al que se le aplica esta ley. Es un concurso macabro que les ha costado la vida a muchos.

–¿Y a los cubanos que quieren salir de Cuba, los dejan?

–Para salir o entrar, hace falta un permiso especial del gobierno. Es una medida que se tomó a principios de la Revolución, como control de fronteras. En mi criterio es obsoleta, daña mucho a Cuba y debería ser eliminada.

–¿Por qué Hilda Molina no puede viajar a Buenos Aires?

–No lo sé. Si fuera por mí, hace mucho que estaría donde desea.

–Obama habló de un diálogo con Cuba. ¿Cree que es posible?

–Sé de la disposición de diálogo del gobierno cubano y de las manifestaciones presuntamente conciliatorias de Obama. Si hubiera un diálogo, debería ser respetuoso y en condiciones de igualdad. Cuba es un símbolo de dignidad y América Latina le está haciendo ver a Estados Unidos su disconformidad con el bloqueo.

–¿Cuáles son las consecuencias del bloqueo?

–El estrangulamiento del comercio y de la economía, la pérdida de miles de millones de dólares, no poder hacer transacciones con bancos que tengan relaciones con Estados Unidos. Nos niegan los créditos y el acceso a la tecnología. No podemos comprar equipos médicos, computadoras y ni siquiera micrófonos. Nos borraron hasta de los mapas de las líneas aéreas. Esta hostilidad lleva medio siglo y todavía dicen que lo hacen para ayudar al pueblo.

–¿Qué pasaría si Obama levantara el bloqueo?

–Cuba no sólo es lo que ha elegido, también lo que ha podido, con la enemistad de un poder exterior grande y cercano. Pero hay un punto en el que acordamos: Cuba debe cambiar, evolucionar. Lo dice la dirección de la Revolución, lo dice Obama, lo dice el pueblo y también la oposición. Lo único que generará ese cambio con rapidez es el levantamiento incondicional del bloqueo. Lo que ocurra será lo que merecemos los cubanos por ser como somos y no porque nos lo imponen.

–Estados Unidos habla de “democratizar” Cuba. ¿Sería más democrática con otros partidos?

–Democracia es el gobierno del pueblo, pero el pluripartidismo no garantiza per se que los pueblos se gobiernen. Sobran ejemplos de países con varios partidos y que ninguno defiende las razones populares: mandan los políticos comprometidos con las oligarquías. ¿Cómo se identifica la democracia con la defensa de los intereses de los ricos? Haciéndoles creer a los pobres que un día van a ser ricos. Lo que hace falta es más voluntad de hacer justicia.

–Vi más oposición y reclamos entre los jóvenes. Los mayores parecían estar mucho más identificados con la Revolución. ¿Es así?

–El trastrueque de llamar reaccionaria a la izquierda y progresista a la derecha empezó en el sindicato Solidaridad y la Perestroika; el derrumbe del muro de Berlín lo canonizó. Es lo que el consorcio ideológico capitalista escupe vía satélite y Occidente mitifica como “políticamente correcto”. Los movimientos de liberación ahora son “terroristas” y los que derribaron un avión comercial son “combatientes anticastristas”. A los jóvenes les tocó una época en que algunos principios fueron cambiados de bando. Los vencedores renombran el mundo a través de sus medios. Hay muchos jóvenes que creen en los fundamentos revolucionarios y saben que el socialismo es más justo. Sin embargo, el mundo es diferente del de aquellos jóvenes que emprendieron la Revolución. Hablemos de internet: no se puede decir que sea mala porque haya páginas en contra del gobierno. De otros socialismos aprendimos que el autoaislamiento es un falso remedio destinado al fracaso. Por desigual que sea, Cuba debe asumir la confrontación. Que la gente alquile señales de satélite y vea los canales. Enfrentar eso con realismo nos puede preparar para cuando no exista el bloqueo. Si la política para el acceso a la información es acertada, los jóvenes estarán orgullosos de su país.

–Un cubano que vive en Buenos Aires me decía que reconocía los logros, pero lo sofocaba el discurso único: “Pongo la televisión y está Fidel. Y en la radio, ¡basta de Silvio!”. ¿Qué le respondería?

–Que sus palabras las provocó una Cuba pasada. Hace tiempo que Fidel sólo se pronuncia por escrito. En los 80, decían: “Silvio primero estuvo prohibido y ahora es obligatorio”. Pero hoy me ponen poco. No me quejo, prefiero estar prohibido: te quieren más.

–En el centro de La Habana vi una gigantografía con la cifra de niños que mueren cada año en el mundo por desnutrición, y decía: “Ninguno es cubano”. ¿Cree que los más jóvenes saben que afuera las cosas son diferentes?

–José Ingenieros escribió hace un siglo: “Joven es el que no tiene complicidad con el pasado”. Es natural que los jóvenes exijan a partir de lo que tienen. Y es un deber de la sociedad contarles a las nuevas generaciones la historia y decirles cómo es el mundo.

–Usted empezó a militar con apenas 14 años, en las campañas de alfabetización. ¿Cómo fue eso?


–Hacerme hombre en las circunstancias extraordinarias de la Revolución fue una gran oportunidad para tener una juventud interesante. ¿Dónde más podía ser parte de una generación que postergó sus estudios para alfabetizar? El tiempo que pasé con los pescadores de la Flota Cubana de Pesca y las dos veces que fui a Angola durante la guerra fueron también experiencias muy especiales.

–Usted es identificado en el mundo como el músico de la Revolución. ¿No es una carga, a veces?


–Es una carga si me asalta la vanidad y me dejo picar por el bicho pequeñoburgués de creerme más allá de todo. Pero la mayoría de las veces no y, aunque me duela, asumo que mi karma es la interrogación política. El trovador que he sido siente celos del entrevistado que seré y quizá por eso compongo menos.

–¿Cómo conoció a Fidel?

–Oí hablar de él por primera vez en 1953, cuando asaltó el cuartel Moncada al frente de otros jóvenes. Lo conocí en 1984, después del primer viaje que hicimos a la Argentina.

–¿Y cómo es, más allá del personaje?

–Es un hombre muy cordial, aunque a mí siempre me impresionó. Por eso he sido parco en su presencia. La última vez que lo vi, me tocó la frente y dijo: “Cuánto me gustaría saber lo que pasa por ahí dentro”. Semejante expresión no me soltó la lengua. Siempre lo he visto como la figura histórica que es y, en las pocas ocasiones que estuvimos cerca, no he logrado obviar su trascendencia. Puede ser que por eso me lo haya perdido un tanto.

–¿Cómo están la economía y los salarios en Cuba, luego del “período especial”?

–Ha mejorado el transporte, los apagones casi no ocurren, hay más canales de televisión, pero los tres ciclones del año pasado nos hicieron mucho daño. Los salarios son bajos y no alcanzan, aunque al sueldo hay que sumarle la total gratuidad de la salud y la educación, y el casi regalo de la cultura, los libros, los deportes. A todas las familias se les entrega, a precios muy bajos, una parte de la canasta básica. Sin embargo, habría que revisar medidas que en su momento fueron buenas y hoy son insuficientes, teniendo en cuenta lo pobres que somos y lo limitados que estamos.

–¿Cuál es el límite entre habilitar una mayor iniciativa privada y correr el riesgo de volver a una sociedad desigual e injusta?


–Esa pregunta es para Dios. Algunos socialismos se pudrieron buscando justamente esa frontera. Yo creo que la perspectiva que no se puede perder es que el gobierno esté junto a los más necesitados.

–Usted debe de generar mucho dinero con sus canciones. ¿Cuánto es para usted y cuánto es para el Estado?

–Yo empecé sin saber que podía ganar dinero en un concierto. El que mejor me lo pagaron, en los años de mayor auge, fue el de Chile con Irakere en 1990. Era una cantidad que no habíamos visto ni en sueños y con Chucho Valdés decidimos destinarla a la construcción de estudios de grabación, que hacían falta en Cuba. La música popular es un negocio sobredimensionado y puedes ganar mucho. Pero hace años que apenas hago giras comerciales y hace tres que no saco un disco. Nunca recibí grandes liquidaciones.

–¿Cuándo se dio cuenta de que la música y la poesía iban a ser su vida?

–En mi adolescencia me interesaba ser dibujante de historietas, pero mis amigos y mi familia me hicieron ver que lo que componía podía interesar. Un día, cuando estaba por salir del servicio militar, conocí a Mario Romeu, un gran músico cubano que me llevó a la televisión.

–¿Recuerda cuáles fueron su primera canción y su primera guitarra?

–Mi primera canción fue a capela y se llamaba “El rock de los fantasmas”. La primera guitarra que tuve entre manos fue la de Lázaro Fundora, un compañero de trabajo, cuando yo tenía quince años.

–¿Qué músicos fueron los que más lo influenciaron?

–Por mi familia materna, cantadora de la trova tradicional, escuché desde la cuna a Sindo Garay, Manuel Corona y Miguel Matamoros. En los años cincuenta, Elvis Presley sonó mucho en La Habana, aunque me gustaban más las baladas de Johnny Mathis. De mi adolescencia recuerdo al grupo Los Astros de Raúl Gómez, El cuarteto de Meme Solís, Danny Puga, Luisito Bravo. De la Argentina, a Los Cinco Latinos, y de Europa, a Charles Aznavour. Pero creo que lo que más me ha influenciado es la música clásica. Desde niño, es lo que más escucho.

–¿Por qué se define como trovador, y no como músico o cantante?

–Trova es la música cantada que primero me llegó, hecha por los autores más afines a la manera de entender la canción que yo tuve, que no descuidaba lo literario. También preferí llamarme así por una razón de clase: en los años sesenta, los trovadores eran los músicos más devotos y peor pagados.

–Cuarenta años después de la Nueva Trova, ¿hay una “nueva” trova joven en Cuba?


–Cada vez que averiguo, descubro gente nueva y valiosa. El Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, de La Habana Vieja, les ha dado un patio para que canten y ha grabado sus conciertos. Su colección de discos “A guitarra limpia” es un documento imprescindible para saber cómo piensa y canta la trova cubana de hoy.

–¿Le gusta Celia Cruz?

–No hay cubano con sentido del oído que no la haya escuchado con admiración.

–Usted le escribió varias canciones al Che. ¿Cuál le gusta más?

–La primera que le hice: “La era está pariendo un corazón”.

–En “El reino de todavía” canta que “nadie sabe qué cosa es el comunismo”. ¿Qué es el comunismo?


–Yo creo que el comunismo es el deseo de construir un mundo mejor para las mayorías que han llevado el peso de las sociedades. Supongo que, una vez conseguido el paraíso, habrá que rehacerlo, porque –por lo circunstancial de nuestras acciones o la inconformidad de la naturaleza humana– la vida suele tirar hacia delante.

–¿Está grabando un nuevo disco?

–Sí, se llama Segunda cita. Lo concebí para trío acústico. Por eso participan tres magníficos jazzistas: Roberto Carcassés en el piano, Feliciano Arango en el contrabajo y Oliver Valdés en la batería. Niurka González aporta flauta y clarinete. También invitamos a algunos metales y el tema titular lleva cuerdas. Hay una “Carta a Violeta Parra”, una canción inspirada en un cuento que me hizo García Márquez y otra dedicada a Charles Lloyd. En esta última toca el saxofón José Carlos Acosta, que hace un solo breve pero impresionante. Varios textos tienen que ver con las inquietudes de la Cuba actual. En principio incluí una canción basada en un bello poema de Víctor Heredia, pero ahora me lo estoy guardando para un trabajo futuro con otros autores.

–Al principio de la Revolución, hubo persecuciones contra los homosexuales. ¿Por qué fue posible aquello mientras se proponía, justamente, acabar con la opresión?

–Por ignorancia, machismo, prejuicios heredados. Es más fácil cambiar un sistema político que una cultura ancestral. Tiene que ocurrir mucha educación humanística y sucederse generaciones para que tanta mugre incrustada se diluya. Con el asunto racial sucede parecido.

–¿Qué opina usted sobre la propuesta de Mariela Castro de legalizar el matrimonio gay en Cuba?

–Me parece correcta. Hace justicia.

–Usted, que ha dedicado tantas canciones a tantas causas justas, ¿escribiría una para los gays y lesbianas que luchan contra la discriminación?


–Quizás algún día lo consiga. Escribí dos canciones sobre la homosexualidad, pero no quedé conforme con ninguna. También compuse “El sol no da de beber”, que aunque no tuvo esa motivación ha sido interpretada por ahí. Sabiendo eso, en ocasiones la he presentado con ambigüedad. Creo que no la traiciono, porque la provocó un amor que, como el de algunos homosexuales, tenía que esconderse para sentirse realizado.

martes, 31 de marzo de 2009

Jorge Coscia



Incansable, este egresado del antiguo Cerc (Centro de Experimentación y Realización Cinematográfica) dirigió 9 películas, editó el libro Del estallido a la esperanza. Reflexiones sobre arte, cultura y peronismo, prepara otro y codirigió el documental Historia de la Nación Latinoamericana basado en un libro del historiador Jorge Abelardo Ramos, y que Miradas al Sur entregará en 4 DVDs como compra opcional durante el mes de abril 2009.

Comprometido con su concepción de la política y de declaraciones sin pelos en la lengua, despierta odios y pasiones por igual. Sus detractores cuestionan su paso como presidente del Incaa (Instituto Nacional de Cinematografía y Artes Audiovisuales) donde estuvo desde el 2002 hasta octubre de 2006, pero él se enorgullece de haber logrado su autarquía, de haber impulsado el desarrollo de la industria cinematográfica local, de haber promovido una política pública que permitiera a los realizadores concretar sus proyectos y de haber inaugurado el primer cine en toda la Antártida.

Fue electo diputado nacional por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en las elecciones legislativas de octubre del año 2006 y en la Cámara de Diputados de la Nación fue designado en la presidencia de la Comisión de Cultura.

“Peronista de izquierda”, se define y aclara que ingresó a la militancia y al movimiento nacional con el Cordobazo (1969), cuando tenía sólo 17.

–¿Cómo fue realizar un documental de las características de Historias de la Nación Latinoamericana?

–Hacer un documental de este tipo es una tarea complicada. Ahora estoy en otra labor similar porque desde que dejé el Incaa me aboqué a una forma de militancia audiovisual y por eso codirigí este documental, estoy dirigiendo una biografía de Perón y tengo en plan otro sobre la historia de amor entre Perón y Evita. Hacer la historia de la Nación Latinoamericana es tan complicado como contar la vida de Perón. Uno tiene que transformarse en un investigador. Tiene el libro como guía pero tiene que saber dónde y cómo presentar qué. Por supuesto que el libro siempre es más rico y el desafío es traducirlo al lenguaje audiovisual.

–¿Cuándo se origina el proyecto y por qué ese título?

–En realidad, se origina mucho antes de nacer como proyecto. Fue en los años ’70, en la escuela nacional, en mi amistad con Víctor Ramos y en un libro que me cambió la vida, justamente, el libro Historias de la Nación Latinoamericana, de su padre, Abelardo Ramos. Este documental en cuatro partes aborda la historia de la Patria Grande desde los últimos años previos a la llegada de los españoles hasta los ’60. Es una obra fundamental en la que permite revisar el pasado para entender por qué estamos como estamos y poder proyectar el camino a futuro para no volver a cometer el mismo error. Y mucho más hoy, para comprender su proceso de integración.

–Habla de integración y, justamente, cada uno de los DVDs empieza con una misma frase…

–“América Latina no está dividida porque es subdesarrollada, es subdesarrollada porque está dividida.” Sí, para mí es clarísimo lo que dice Ramos, que entiende que el proceso de balcanización o fragmentación por el que pasó y pasa esta Patria Grande es lo que nos sumerge en el subdesarrollo y es lo que debemos contrarrestar urgentemente. Ramos señala que Argentina es un país, pero que la Nación es América Latina. La historia se repite como una espiral donde tenemos la posibilidad de revisar qué nos pasó en tramos anteriores del camino. El de Ramos es un discurso no melancólico que sirve a la política, y es un discurso con futuro. Y si revisamos la historia, veremos el rol que jugaron los medios en la caída de Hipólito Yrigoyen.

–Supongo que será inevitable relacionar permanentemente lo histórico con la actualidad Argentina…

–Es que todo tiene que ver, y si nos tomamos ese trabajo veremos cómo el sector agroexportador en conjunto con el diario Crítica y otros medios lograron instalar una idea, culpar a Yrigoyen de corrupto y fascista, desestabilizarlo, derrocarlo e imponer un régimen peor que el que criticaban y que desemboca en la década infame, los años de mayor corrupción y de mayor hambruna para el pueblo argentino. La historia sirve para que no nos engañen. Imaginemos cómo sería nuestra vida si tuviéramos que empezar todos los días desde cero. La historia nos permite aprender de los caminos ya transitados. Por eso hay una política de la historia y el súmmum del neoliberalismo es el olvido. Hemos oído y vamos a seguir oyendo que los neoliberales dicen que hay que mirar para adelante y dejar enterrado el pasado. Los argentinos solemos vivir sesgados por la ausencia del conocimiento de los hechos previos que nos llevaron a nuestra desgracia. Fue recurrente el modo en que se desestabilizaron gobiernos de carácter nacional y popular. Gobiernos imperfectos pero infinitamente mejores que los gobiernos que los sucedieron.

–¿Qué análisis hace de la mediatización del reclamo sojero?

–Yo creo que estamos viviendo un escándalo político y así como hoy hablamos del pacto Roca-Runciman como de un escándalo histórico, en algún momento se va a hablar de ciertos medios de información monopólicos y del modo en que utilizaron el derecho a la información, que es del pueblo argentino, para su mezquino proyecto económico. Es decir, cómo una docena de hombres argentinos… hay un colombiano también… usaron esto escudándose en la libertad de prensa. Yo no quiero cerrar ningún diario, es más, soy de la generación que peleó por la libertad de prensa. Voy a seguir poniendo el pecho a favor de los periodistas de los medios que me critican, pero no me impidan que pelee también porque haya una libertad mucho más amplia, con nuevas voces, nuevas formas de expresión, porque accedan las Madres, las organizaciones gremiales, las universidades y otras empresas. Quiero una comunicación basada en la diversidad.

–Volviendo al documental, ¿cómo ve Ramos esta América indígena?

–El primer DVD explica el contexto europeo en el que encuentran América y la forma de vida de los pueblos originarios, y llega hasta los tiempos de la Revolución de Mayo. Se revela la incomprensión portuaria de Buenos Aires que volvía ambigua a la Revolución de Mayo, esa mirada europeizante que la frena, y de la fuerza indígena que es la que tienen los criollos y que los lleva a protagonizar su independencia. Se habla de lo que le pasa en su primera etapa a Bolívar cuando pretende hacer la revolución sin antes una revolución social y es derrocado, donde tiene que exilarse en Haití y es allí donde aprende de Alexandre Petion, el presidente negro, que su proyecto sólo puede ser exitoso si se basa en una revolución social y antiesclavista. Y eso ocurre.

–¿Cuál fue el mayor aprendizaje que le dejó este trabajo histórico?

–Que la historia no la hicieron tipos de galera, caretas, figurones sino que la hicieron tipos como el general Lara o pendejos como Sucre, que tenía 26 años cuando liberó al continente entero del yugo español. Chicos que hoy estarían discutiendo con su mamá por un permiso para ir a bailar. Las revoluciones tienen en la juventud un enorme potencial transformador; y por otro lado recuperar la autoestima.

–¿Qué espera del espectador?

–Que entienda que el proceso de integración latinoamericano es demasiado importante para dejarlo en manos de burócratas especialistas en tasas aduaneras. Y ahí te lo vuelvo a traer al presente: el Mercosur tuvo una primera etapa burócrata importante, pero no puede quedarse en eso. Tienen que tomar perspectiva histórica, y eso es algo que la Presidente lo tiene muy claro. Hay muchos que tienen que entender que la relación con Brasil no puede ser nunca una pelea sino una discusión. Hay que entender que no es casualidad que el conflicto con Uruguay haya sido fogoneado por los mismos que hoy nos cortan rutas por el tema de la soja. Porque lo que se está poniendo en juego no es el interés mezquino puntual por una cantidad de granos sino la unidad latinoamericana. Lo que decíamos al principio de “América Latina no está dividida porque...”. Hay gente trabajando para la balcanización de América Latina, y como ocurre con Bolivia, hay gente trabajando para la balcanización de la Argentina. Y que no es algo lejano del pasado. ¿O nos olvidamos de cuando se hablaba de separar el país en regiones y separar la Patagonia?

–¿Por qué cuando habla del Mercosur no lo señala sólo como un vínculo comercial?

–No, claro. Yo hablo del Mercosur como de una etapa primaria y aún débil de la integración latinoamericana articulada entre los países más grandes de la región. Ramos me enseñó a diferenciar y a refutar una idea que supo ser muy progre en los ’70 de que la integración iba a funcionar por contagio y que entonces la revolución iba a contagiar de Cuba a América Central o a lo sumo dar un salto en Bolivia. No. En Ramos hay otra concepción donde más que el contagio lo que debe darse es la articulación desde lo grande, como ocurrió entre Bolívar y San Martín, entre La Gran Colombia y la Cuenca del Río de la Plata, lo que hoy sería la relación entre Brasil y Argentina, sumando luego a Venezuela y todos los demás, y donde se ensambla el cobre chileno, los recursos de Bolivia, cierra con el formidable capital agrícola argentino, donde lo que falta es poner a la cabeza de ese proyecto no las tasas aduaneras sino un proceso político. Y eso está claro en Chávez, en Lula y en Cristina… y en Fidel que lo reconoció inmediatamente y, lejos de morirse como muchos esperaban, volvió a nacer.

–Desde lo histórico pero también desde lo actual, ¿cómo toma las relaciones con el imperialismo?

–Ramos señala dos inviabilidades que están exacerbándose cada vez más: por un lado que “no puede haber una causa nacional al margen de la causa popular” y por el otro que “no se puede avanzar en un proyecto nacional y popular sin poner en contradicción el sistema social, político y económico actual”. Y justamente el pasado 26 de marzo, Cristina dijo justamente eso: que “la causa de la Patria debe ser también la causa del pueblo”. Muchos se preguntan, ¿por qué no se deja de joder y les da lo que quieren al campo? Precisamente porque sería renunciar al proyecto nacional y popular que garantiza una redistribución de la riqueza. Si afloja aquí, se corta.

-Volviendo a lo histórico, ¿cómo se astilla la Patria Grande en América del Sur?

–El proceso de integración que plantean Bolívar, San Martín, Artigas, O’Higgins, Sucre, etc., etc., va siendo socavado, en esta suerte de lucha política que es también económica y una lucha de clases, por el poder regional de las grandes ciudades que son las capitales de la producción agroexportadora de cada lugar. Ganaron unos pocos y perdieron la mayoría. Digamos que en cada lugar, en cada momento, hubo una “soja” que con su poderío nos condenó. En el documental se muestra cómo México es saqueado de la mitad de su territorio reinstalando la esclavitud donde ya no existía. La tragedia mexicana es una metáfora de lo que ha ocurrido en toda Latinomérica.

–Desde su óptica, ¿qué imposibilita la unidad latinoamericana?

–Cada vez que se intentó una unidad latinoamericana hubo intereses externos ligados a intereses internos cipayos que impidieron el desarrollo regional. Para un intelectual es más fácil, es más cómodo ser funcional a la dependencia. Y por eso le ha resultado tan fácil para el Imperio tener cientos de tipos que justifiquen la dependencia. Cuando hablamos de establishment, ¿de qué hablamos? De un entramado cultural, mediático, económico y político de visiones que justifican, construyen y reconstruyen formas de dependencia que impiden que nuestro proyecto nacional se consolide y nos dé mayor autonomía. A mí me da vergüenza ajena cuando veo a intelectuales participando de esa mezquindad.

–Próximos a las elecciones, ¿qué considera que se pone en juego esta vez?

–Yo invito a la población a que se ponga a pensar en serio por unos minutos antes de votar cómo se imagina que sería el país gobernado por Carrió, o Cobos, Solá, Macri o De Narváez. Porque no se trata de aprobar o castigar con el voto sino que lo que se está definiendo es el modelo de región que queremos.




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