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lunes, 19 de agosto de 2013

El OFICIO de ESCRITOR







Hace algunos años me inquietó esa actitud, en principio autoritaria y antipática, que se conoce como corrección, tan difundida en la escuela, en la familia, en las editoriales, en los divanes de los psicoanalistas, en los quirófanos: corrección de los modales, corrección de las posturas, de los comportamientos y, por cierto, de los textos. No me pareció suficiente que, en nombre de una tenaz y acaso justificada libertad de opciones, ese término pudiera quedar confinado en lo que tiene de despótico y superior, como si fuera natural o no tuviera más relieves o posibilidades.

¿Qué pasaría si, en lugar de inmovilizarlo se pudiera, en una operación epistemológica por otro lado bastante consistente, convertirlo en concepto, qué pasaría si se empezara a hurgar en sus implicaciones en vez de mantenerse en la digna posición de quien es como es y nada puede ni debe modificarlo? “A mí no me corrige nadie”, proclaman con orgullo algunos escritores y aun estudiantes que se inician en el arduo camino de la literatura, ofendidos porque no se respeta qué dijeron, sino que se trata de corregir cómo lo dijeron.

Puesto en ese camino, o desafío, lo primero que hice fue distinguir, en relación con los textos, que es lo que interesa –pero también en todos los otros planos–, entre la corrección desde el exterior de un hecho corregible de la que puede hacerse desde dentro mismo de lo corregible. Y si para la primera una mirada experta descubre una falla, para la segunda la falla es descubierta por uno mismo, siempre que sepa qué puede ser una falla y entienda que las cosas no están terminadas sino que son susceptibles, precisamente, de corrección.

Son, pues, dos categorías que resultan de un mismo sentido, el del verbo “corregir” que, leído históricamente, quiere decir “regir con” o, sea, dicho de otro modo, “ordenar” pero “con”. ¿A quién convoca la preposición “con”? La versión externa y autoritaria reclama ese orden pero deja de lado el “con” que supone simultaneidad y aún más, solidaridad. Creo que en el “desde arriba” de los correctores de toda laya y el desde dentro de un texto siempre perfectible reside la diferencia. Y si, porque somos civilizados y respetuosos, ponemos en duda el primer aspecto, “regidor” de la vida social, tampoco se ha terminado de entender el segundo que estaría reducido a lo íntimo, a la sabiduría del escritor que tiene conciencia de que lo primero que ha puesto en el papel no es todavía escritura y que escritura es en realidad reescritura siendo el “re”, precisamente, la corrección, y no la repetición.

En su primer sentido, el de lo autoritario, la corrección cubre innumerables campos de la vida social: enumerarlos sería vano pues no sólo son de todos conocidos, no sólo están naturalizados como necesarios sino también cuestionados en cada caso: dejemos de lado la corrección inquisitorial y la educativa, también cae en este campo la gramatical y la del comer y el vestir. Cualquiera se puede dar cuenta de que llevado ese principio de autoridad a sus extremos explica las peores figuras del control social. ¿Para qué abundar en lo que sin duda razonó admirablemente Michel Foucault?

El otro modo de la corrección importa más porque es más misterioso: supone un “darse cuenta” de que en la escritura no puede sino venir después, cuando algo ha sido escrito y la mirada experta es la de quien lo produjo. Es aquí donde la idea de la corrección como solidaridad del escritor con su texto se explica perfectamente bien: el amor por lo escrito conlleva una a veces implacable serie de operaciones cuya finalidad es lograr el mejor texto posible. Es probable que eso no se logre nunca: Alfonso Reyes decía que publicaba para no seguir corrigiendo. Pero hay quien no corrige: ¿podemos imaginar a los novelistas románticos en actitud de corregirse? Balzac, Dostoievski, Dickens, es casi impensable que hayan rehecho sus novelones de impresionante tamaño y que, al parecer, salían perfectos de sus plumas de un tirón. Flaubert nos abrió a otra dimensión: su obsesividad levantó la tapa de las insuficiencias y legitimó la corrección aunque se puede sospechar que, por ese medio, intentaba aniquilar a quienes se sentían autorizados a corregir desde fuera pero se puede sospechar también que su doloroso proceso implicaba una sujeción a una regla de lo correcto, de lo que está o debe estar bien, pero que para Flaubert no sería jamás lo que estaba bien para los demás, la academia o el consenso o la opinión o el universo de la lectura.

Podría decirse que, desde Flaubert en adelante, el oficio del escritor consiste en un escribir bien, que no debe parecerse a nada que parezca estar bien en un establecido universo de objetos bien o mal escritos.

Es claro que esto no es fácil de verificar: aun si un escritor lo hace, nadie podría afirmar de sí mismo por eso que posee el oficio de escritor. Tenemos, por lo tanto, una pequeña cadena: escribir, autocorregir, reescribir, escribir bien pero no como sujeción a reglas sino como innovación justificada, capaz de enfrentar la fuerza de las reglas sometedoras y vencerlas en su propio terreno.

En este punto la corrección desde el exterior y la que tiene lugar en el interior de un texto de alguna manera se reúnen puesto que el escribir bien es un logro, no es una trivialidad así sea porque escribir mal no es ningún objetivo, nadie persigue que lo que escribe sea malo, lo cual no quiere decir que deba atenerse a lo que intentan imponer ciertas instancias sociales, academias, crítica, etcétera.

Y puesto que no se podría hablar de un oficio de escritor sino de una experiencia de escritura, lo cual es siempre producto de un sujeto individual y en cierto sentido intransferible, el considerar que algo está bien escrito resulta de una posición, de lo que quien escribe y quien juzga consideran que es la literatura que vale la pena ser escrita. Sobre ello no hay sino acuerdos precarios aunque muy amplios, a veces cubren épocas enteras, como por ejemplo el escribir respetando toda clase de normas establecidas, a veces son afortunadamente caprichosos, como la escritura de las vanguardias.

Pero un escritor no sólo está reducido a lo que escribe: conoce lo que escriben los demás y, de una manera u otra, sea porque lo admite, sea porque lo rechaza u objeta, corrige. Más aún si carga en sus espaldas con una responsabilidad editorial, que equivaldría a un acto de confianza que la corrección exterior deposita en quien supone que ha sido capaz del otro tipo de corrección. Dispongo, en ese sentido, de experiencias concretas y realmente desconcertantes: me he visto obligado a corregir, y a veces a reescribir, decenas de artículos destinados a una obra, una Historia de la literatura, cuyos objetivos, pautas y exigencias parecían haber sido comprendidos por los especialistas convocados. No ha sido sin sufrimiento y ha de haber generado cierto encono por parte de los corregidos, no hay nada peor, por culpabilizante, que haber sido hallado en falta de leso escribir bien. Por lo mismo me costó la amistad de un escritor muy buen amigo que, en irritada disputa, me acusó de “corregir”. Estaba implícito en su acusación que me había arrogado méritos como para hacerlo y que ya me tocaría el turno a mí de ser corregido. Muy reputados escritores, como por ejemplo el célebre Roberto Arlt, por no mencionar al propio Juan Rulfo, padecieron, con gratitud, que les corrigieran, en el caso del primero incluso faltas de ortografía, sin que eso les hiciera perder, a uno ni a otro, su singular empuje. De todos modos, y no sólo es el caso de ellos, se debía estar produciendo un conflicto entre el “escribir bien” como ley externa y el “estilo” como rasgo de personalidad y, por eso, inmodificable, como lo quería el mismo Roland Barthes en su muy conocido El grado cero de la escritura.

Para no quedarnos en el conflicto y de alguna indirecta manera asumir una posición, me parece que, fuera de los abusos y extralimitaciones, fuera del encono o el agradecimiento, las dos posibilidades, “escribir bien” y “estilo”, descansan sobre ciertos ideales o ideologías. Diría que el primero expresa un ideal clásico, el otro un ideal romántico. ¿He optado, en mi experiencia de escritor, por uno u otro? Creo que no, creo que hay que alcanzar un escribir bien sin renunciar a lo propio e irrenunciable del estilo. Tal vez, personalmente, yo lo haya logrado en la medida en que cuando escribo y reescribo, o sea cuando mi solidaridad con mi propio texto se pone en ejecución sin tapujos, me acompaña, como un fantasma, un prurito de concentración verbal, que no me parece que sea en verdad un prurito sino una realidad lingüística, o sea la idea de que la palabra que usamos –o que escribimos– encierra en su perímetro una historia cuyas emanaciones le dan sentido al texto. Creo que sin esa concentración no hay texto aunque haya comunicación, no hay escritura sino información, sea cual fuere su alcance y su consistencia.

Pero como no basta con autodefinirse para calificar la propia experiencia del escribir y hay que obtener un resultado de una reflexión, me atrevería a decir que de la síntesis entre ambos términos, en suma entre lo clásico y lo romántico, toma forma el concepto de “ritmo”, que sitúo en un nivel superior, de resolución de los antagonismos; el ritmo, que debería ser “ritmo propio”, no sólo guía la escritura sino que es reconocible. En el momento en que se reconoce un ritmo se reconoce un escritor y se comprende en qué consiste su oficio o, complementariamente, lo que intenta o pretende como escritor.






jueves, 7 de junio de 2012

ADIOS MARCIANO







RAY BRADBURY MURIO A LOS 91 AÑOS, EN LOS ANGELES.

Es absurdo intentar encasillarlo: desde que en 1950 engañó a los editores disfrazando de novela sus Crónicas marcianas –que en Argentina fueron prologadas por un tal Jorge Luis Borges–, Bradbury navegó por mundos disímiles, siempre apasionantes.



Todas las horas hieren, sólo la última mata. El viejo bonachón que tenía en su memoria la memoria de los días, el genial e inclasificable Ray Bradbury, murió ayer a los 91 años en Los Angeles, según informó su nieto Danny Karapetian. “Si tengo que realizar una declaración –escribió el nieto en una página web– sería la de cuánto lo quiero, cuánto lo echo de menos y cuánto deseo oír los recuerdos que los demás tienen de él. Su legado vivirá en su monumental corpus de libros, películas y teatro, pero más importante aún: en la mente y en los corazones de quienes lo leyeron. Era el niño más grande que he conocido.” El ánimo de millones de lectores del mundo que se iniciaron con las páginas de Crónicas marcianas y Fahrenheit 451 está en capilla. De riguroso luto. La obra del maestro de la ciencia ficción más lírica –se sabe que es absurdo intentar encasillarlo, sería como considerar a Edgar Allan Poe un novelista policial– forjó el imaginario sobre el futuro del siglo XX, la pequeña chispa que se esconde entre las cenizas de los que fuimos, somos y seremos.


El niño pobre que creía en el futuro

La infancia no fue un campo de flores ni una nube efímera en el cielo vital de Bradbury, que nació en Waukegan (Illinois), en 1920. El niño pobre que fue –quizás entonces ya tenía la mirada pícara de ese abuelo simpático que retratan las fotos de los últimos tiempos– se convirtió en un lector insaciable. Durante diez años, recordaba siempre predicando su amor por la lectura, tres días a la semana estaba en las bibliotecas, devorando con los ojos, con las manos, con todo el cuerpo, los libros que no le podían comprar sus padres. Esta compulsión y ambición desmesurada –que acaso sólo pueden comprender quienes no han nacido en “cuna de oro”– tuvo también su correlato con el cine. El joven sabueso no dejaba proyección gratuita sin aprovechar –dos films por día y cuatro los domingos, puntillosamente inventariadas–, para disfrutar todas las películas existentes. Se jactaba de haber visto 16 películas por semana durante varios años. A los 20 años, a ojo de buen cubero, estimaba que acumulaba entre 2000 y 3000 films en su prontuario cinéfilo. Pero cuenta la leyenda que el tercer hijo de Leonard Spaulding Bradbury y Esther Marie podría haber sido actor. El mismo se encargó de alimentar el mito de que ya a los tres años sabía que sería escritor. Esto sí –hay que decirlo– es ciencia ficción pura y dura. Pero el deseo de subirse a los escenarios se frustró. Los achaques precoces de su memoria –parece que nunca recordaba las frases– lo convencieron de que nada mejor que escribir sus propios textos, algo que ya venía haciendo desde los 12 años. En el horizonte, entonces, sólo flameó la bandera de la literatura. Su mente era una susurrante galería de palabras que pronto encontraría su cauce. No le importaron las burlas despiadadas de los chicos que no podían calibrar por qué diablos ese niño creía tanto en el futuro.

Del lector voraz –formateado por las primeras revistas de ciencia ficción que comenzaron a aparecer en Estados Unidos, más las miles de páginas deglutidas en las bibliotecas– a la escritura hay apenas un trecho. Los autores faros fueron Shakespeare, Julio Verne, Edgar Allan Poe, Edgar Rice Burroughs y H. G. Wells, entre otros. Al principio el joven Bradbury no tenía ni máquina de escribir. Recién a los 21 años publicó su primer trabajo remunerado, el cuento “Péndulo” en la revista Super Science Stories. Y, sin embargo, aún estaba lejos del confort y la tranquilidad. El magma de ideas, sentimientos y saberes que hervía en su interior chapoteaba ante la precariedad económica. Una anécdota ilustra la costra de esta cicatriz. “Tenía tan poco dinero, estaba recién casado y quería escribir sin gastar dinero, que fui a la UCLA (Universidad de California) y en un sótano había unas máquinas de escribir a las que tenía que ponerle 10 centavos de dólar cada media hora, y en nueve días gasté nueve dólares: con eso hice la primera versión de Fahrenheit 451”, recordaba el escritor consagrado en una de las últimas entrevistas, hurgando en las más delicadas vísceras de ese pasado remoto de los años ’50. Y sin embargo, ésa fue la década capital del narrador en ciernes. Ningún comienzo está exento de diálogos entre sordos, necesidades de tirar pelotas fuera de la cancha y aplazar la publicación. “No queremos historias cortas porque nadie las lee, queremos una novela”, disparó un editor. La retahíla de lugares comunes no amedrentó al joven autor. Pronto afilaría la cuchilla del ingenio y uniría varios de esos relatos extraordinarios rechazados en Crónicas marcianas (1950).

“Se prohibió hablar de política, acusando de comunista al que lo hiciera”, desliza uno de los personajes de esas “crónicas”. En el cuento “La mezcladora de cemento”, una mujer dice a Ettil, un marciano que no quiere ir al cine ni comprar automóviles: “Oiga, ¿sabe como quién habla usted? Como un comunista. Nadie aguanta aquí esa clase de charla, se lo aviso. Nuestro viejo sistemita no tiene nada de malo”. Estos fragmentos no hacen más que proyectar una inocua rebeldía de un descomunal narrador y ensayista que –lejos de ostentar la chapa oxidada de “intelectual progresista”– aceptó ser condecorado por Bush junior en 2004, mal que les pese a millones de lectores en el mundo. La cuestión se empioja más cuando se repasa lo que declaró en una entrevista reciente. “Tuve un almuerzo con Gorbachov en Washington en 1992 y le pregunté: ‘¿Qué piensa usted de Ronald Reagan?’. Y Gorbachov me dijo: ‘Su presidente más grande’. Le pregunté por qué decía eso y me contestó: ‘Mire, Kennedy nunca lo dijo, Nixon tampoco; Reagan, sí: ‘¡Tiren abajo el Muro!’. Reagan les dio libertad a todos los países europeos, por eso fue el mejor’. Eso me dijo Gorbachov, y creo lo mismo: Reagan fue fantástico”, subrayó Bradbury. Leer y escribir muchos libros, evidentemente, no garantiza una visión perspicaz de la política.


El tedio americano

Las historias marcianas llegarían cinco años después a Argentina, en 1955, publicadas por la editorial Sudamericana para inaugurar la selecta colección Minotauro con la mejor ciencia ficción anglosajona. Francisco Porrúa –el primer editor histórico de Cien años de soledad– fue un visionario de cabo a rabo. No sólo tradujo el libro, bajo seudónimo, sino que encontró al mejor prologuista de estas tierras: Jorge Luis Borges.

“Su tema es la conquista y colonización del planeta. Esta ardua empresa de los hombres futuros parece destinada a la época, pero Ray Bradbury ha preferido (sin proponérselo, tal vez, y por secreta inspiración de su genio) un tono elegíaco. Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria”, plantea Borges. “Otros autores estampan una fecha venidera y no les creemos, porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado –el dark backward and abysm of Time del verso de Shakespeare–. Ya el Renacimiento observó, por boca de Giordano Bruno y de Bacon, que los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero”. No vacila a la hora de dar su bendición; sabe que esos relatos perdurarán. “¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad? ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo fantástico o a lo real, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o la novelería de la science-fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street”, pondera Borges.

El autor de Crónicas marcianas construía sus ficciones en un lugar “cálidamente explosivo”, postula Juan Sasturain en un artículo publicado en este diario. “Por un lado, la vida cotidiana de una próspera clase media yanqui de posguerra y Guerra Fría –plástico creciente, casas con jardín, electrodomésticos cromados, muebles funcionales, coches cada vez más largos, gaseosas, jopos, vaqueros e incipiente rocanrol– que de noche se desvelaba con la sombra ominosa de la hecatombe nuclear. Por otro, un escenario marciano desaforado y bello, mezcla de Sahara y Monumental Valley pintado por Matisse y fotografiado a toda página y a todo color para Life, más el silencio de un paisaje de Hopper posnuclear. Bradbury contó sus crónicas en la intersección de ambos mundos”, afirma Sasturain. “Puso a sus yanquis con gasolineras y fiestas de Halloween y manoseos adolescentes en el asiento de atrás del Cadillac en el escenario de un Marte próximo en el tiempo y la imaginación. Y escribió lo que veía. Por encima de casas de vidrio con el vehículo estacionado a un metro del suelo en la puerta junto al canterito de césped azul, y a orillas de un desierto turquesa con rocas amarillas, las lunas rebotaban como pelotas de béisbol en un cielo metálico”.


La quema de libros

Una tristeza calcinada golpea al narrador norteamericano. Fahrenheit 451 (1953) –temperatura a la que se quema el papel– es considerada su obra maestra por el modo en que despliega las pasiones humanas en una sociedad del porvenir –después de 1990– donde la palabra escrita está prohibidísima, los bomberos en vez de apagar incendios extirpan el “mal” de la lectura –esa actividad que atiza las angustias, la infelicidad, y es un nido peligroso para el pensamiento– incinerando libros, la televisión anestesia y un puñado de rebeldes, los hombres-libro, se obstinan en memorizar las obras para transmitirlas de generación en generación. Esta novela consagratoria fue llevada a la pantalla por el cineasta francés François Truffat. “La imagen más fuerte que me ha acompañado durante toda la vida ha sido la de las quemas de libros. Cuando era joven, leí acerca de los incendios de la Biblioteca de Alejandría. Ardió cinco veces, dos de ellas en fuegos provocados. Soy un habitante de bibliotecas desde siempre. Fui un niño pobre, así que todo lo que leí lo leí en las bibliotecas. Si tocas una biblioteca, me tocas el alma”, evocaba Bradbury y añadía, con afán de provocar a sus interlocutores, que fue Hitler quien le contó la historia cuando quemó libros en las calles de Berlín.

La rebelión de Guy Montag, el bombero que empieza a dudar y se niega a quemar los libros; Clarisse, la joven incisiva y curiosa que a cada paso que da pregunta el porqué de todo lo que ocurre y la rodea, y algunos viejos profesores o filósofos despojados de sus cátedras, como Faber –en una sociedad en la que la abundancia y el bienestar de unos pocos son el resultado de la zaparrastrosa miseria de la gran mayoría–; todos esos personajes conforman una especie de memoria suelta sin tiempo. Curioso es el efecto que ha logrado con esta novela. La impresión es que Bradbury pudo hacer lo que sólo unos pocos privilegiados consiguen: saltar sobre su propio tiempo, como quien lanza una esperanza hacia el futuro; escribir para el lector indómito del mañana, esos disconformes que, optimismo de la voluntad mediante, serán tanto en la novela como en la vida misma quienes sobrevivirán.


Cenizas en una lata Campbell’s

La obra de ficción de Bradbury está integrada por novelas, colecciones de cuentos y más de 600 relatos cortos, como El vino del estío, La feria de las tinieblas, El árbol de las brujas; los relatos sombríos de El país de octubre, El hombre ilustrado y Las doradas manzanas del sol, por mencionar apenas media docena de títulos. Además escribió muchos ensayos cortos sobre arte y cultura, y libretos teatrales y guiones de televisión, entre los que destaca su colaboración con John Huston en la adaptación de Moby Dick (1956). Ese gran moralista, con un costado tan ingenuo como paternalista, que en muchas circunstancias se camuflaba en el ropaje de un reaccionario brutal, despotricó para toda la cosecha contra las nuevas tecnologías. “Hace un mes me llamaron de Yahoo porque querían poner una de mis novelas en Internet. Les dije que se fueran al infierno”, comentaba casi metamorfoseado en un basilisco. Y si algún periodista osaba mencionarle Internet ardía Troya. “Que quemen la red en lugar de quemar libros”, sentenciaba. Los libros electrónicos tipo Kindle lisa y llanamente para él no eran ni son ni serán libros. “Los libros sólo tienen dos olores: el olor a nuevo, que es bueno, y el olor a libro usado, que es todavía mejor”, decía ahora en la piel del romántico criado a la antigua usanza. Peor se ponía si alguien le planteaba que las bibliotecas donde se formó están en vías de extinción. “No creo que las bibliotecas estén obsoletas y no permitiré que acaben con ellas, así me tenga que poner en medio para evitarlo”, amenazaba.

Bradbury estaba convencido de que la humanidad debe colonizar otros mundos para lograr su inmortalidad. El hombre debió quedarse en la Luna y formar ahí una base para continuar con la exploración hacia Marte. “¡Nosotros somos los marcianos! y el hombre del futuro es un viajero espacial; sólo viviremos eternamente cuando nos reguemos por el universo. Por toda la raza humana hay que volver a la Luna y luego a Marte, tenemos que hacerlo”, subrayaba el autor. En 1997, Bradbury fue el invitado de lujo de la Feria del Libro de Buenos Aires y aún permanece en la memoria colectiva un puñado de anécdotas que siguen dando tela para cortar. Sufrió un ataque de pánico por el fervor de la gente, firmó tantos libros que terminó con un dolor molesto en la muñeca, tuvo que ser escoltado por la policía para que pudiera salir del predio y recibió tantos regalos que, según se dijo, regresó al hotel con tres bolsas, una botella de vino en una mano y la corbata en la otra. “Yo voy a ser el primer hombre muerto en llegar allá. Ya les dije a las personas responsables de los viajes espaciales que cuando muera, vayan y pongan mis cenizas en una lata de sopa Campbell’s y las lleven a Marte para enterrarlas en un lugar llamado Abismo Bradbury. Ya no podré ser la primera persona viva en llegar a Marte, pero al menos quiero ser el primer muerto en llegar tan lejos.”





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