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domingo, 29 de abril de 2018

COMO EN EL CATCH






Decía Roland Barthes en su artículo El mundo del Catch (Mitologías, 1957), que no es más innoble asistir a una representación del dolor en el catch que a los sufrimientos de Arnolfo o Andrómaca en el teatro antiguo. Ese es su punto de vista para hablar del catch: no es un deporte, es un espectáculo, y su virtud es ser un espectáculo excesivo. Y como tal, es representación, es exhibición y estilización de sentimientos que los espectadores conocen, y cuya recreación en escena los alivia mediante la catarsis.

No hablaba Barthes del catch televisado, que aún no existía, sino del que se podía ver en salas parisinas de segunda o tercera categoría de los ´50, a las que asistía gente de sectores populares. Allí el semiólogo supo ver audiencias que comprendían el código de lo que se representaba. Esos hombres estaban muy lejos de los que luego despreciaron el catch comparándolo como un falso boxeo, reglado y practicado como deporte. En el catch esas audiencias jamás protestaban por una violación de reglamento: iban a ver la violación del reglamento, y a pedir a los gritos que se hiciera justicia. El catch consistía precisamente en la representación de los reglamentos violentados, algo de lo que los sectores populares de todas las épocas han sabido bastante porque han sido víctimas de ese tipo de trampas. Y consistía también en la reparación de esa injusticia.

No existían apuestas en el catch. A nadie le importaba el ascenso hacia el triunfo. No sólo nadie ganaba nunca “honestamente” una pelea, sino que los que mayor cantidad de fanáticos tenían eran los perdedores. Lo que iban a ver no tenía ninguna relación con lo que se reconoce como mérito deportivo, sino la exhibición desmesurada de pasiones primarias. Iban a verse a ellos mismos expresados por luchadores que más adhesión lograban cuanto mejor fueran capaces de poner en escena la indignación, la impotencia, la rabia, la injusticia. El luchador no debía luchar bien: debía realizar exactamente los gestos que el público esperaba de él a medida que las acciones imprevistas se iban desarrollando. De allí saca Barthes la comparación entre el catch y el teatro griego, en el que los coturnos y las máscaras enfatizaban los gestos físicos de los actores, y el coro acompañaba el relato de la historia, para que el dolor y el absurdo de la vida pudieran ser exorcizados de algún modo.

“Lo que se libra ante el público es el gran espectáculo del dolor, de la derrota y de la justicia”, escribe Barthes. Un brazo arteramente torcido, una toma a destiempo, decenas de zancadillas y trampas eran tendidas por el que ganaba al que perdía. Barthes va más allá: lee en el catch una “Pietá primitiva” que se deja ver en su momento de mayor humillación y debilidad, con “su rostro exageradamente deformado por una aflicción intolerable”. Sin pudor. Sin disimulo. El perdedor recupera su aura de dignidad precisamente cuando entrega al público los gestos que reflejan su impotencia. Se diría que esas audiencias iban a esos clubes sombríos a ver a actores de su propio padecer. De ahí la brutalidad del catch, de ahí su exageración de los gestos: la verdad que revelaba ese espectáculo era el del dolor humano, especialmente el que proviene del poder que unos ejercen sobre otros, y más específicamente el de los que históricamente siempre reciben las zancadillas y son víctimas de las trampas de los que los someten.

El público se entonaba con la indignación, exigiendo justicia contra el canalla, perfectamente identificado porque también él exageraba sus tropelías. Y ése era el clímax del espectáculo: el momento de reivindicación del perdedor contra el canalla.

 “¿Qué es, entonces, un canalla para ese público compuesto en parte, pareciera, de informales? Esencialmente un inestable que sólo admite las reglas cuando le son útiles y transgrede la continuidad formal de las actitudes. Es un hombre imprevisible, por lo tanto asocial. Se refugia detrás de la ley cuando juzga que le es propicia y la traiciona cuando le conviene”.

Hasta aquí Barthes, a quien se puede seguir recurriendo para encontrar metáforas e interpretaciones sobre los fenómenos sociales y culturales y políticos.

En la Argentina, el clima se está recalentando. Sectores populares y clases medias de distinta índole están siendo atrapados con una mala toma, asfixiados por brazos corporativos que no dejan resquicio para que entre el aire. El gobierno de Macri no es poroso sino laqueado: no sabe negociar ni dialogar, las dos herramientas clave de la política, porque la política no le interesa. Le interesa el control del Estado para hacer negocios particulares. Uno ya no sabe cómo decirlo, con qué palabras, a conciencia de que hasta las mayores verdades corren el riesgo de volverse frases hechas. Porque esto es lo que muchos decimos desde hace años y era bastante previsible, aunque la maquinaria mediática primero y ahora la actual política de medios haya acallado muchas decenas de voces críticas. Cada día se constata que absolutamente todas las promesas y las ideas que Macri puso en escena para llegar a la presidencia resultaron falaces. Cada día se constata por qué era necesario hasta un decreto para que Laura Alonso ocupara la Oficina Anticorrupción. Cada día el dolor popular choca de frente con funcionarios incapaces de empatizar con nadie que no haya egresado de una universidad privada y forme parte de su núcleo duro.

Al kirchnerismo se le reprochaba su hermetismo. ¿De qué nos sirven las declaraciones mentirosas de los dirigentes PRO que van a la televisión o reciben en sus despachos a periodistas para decir cosas tales como que los comercios están vacíos porque creció la venta on line? ¿De qué nos sirve un presidente que le habla a la nada de algo que no existe? Ningún gobierno, desde la dictadura, ha sido más hermético que éste. Lo blindan los grandes medios, el poder judicial, los corruptibles del Congreso: lo blinda el poder global que comanda Trump, que ha puesto a dirigir la CIA a aquella muchacha que siendo oficial sonreía a cámara mostrando a un irakí torturado. Todo lo que dijeron los macristas que iban a hacer y lo que dicen que hacen es falso. Y se está volviendo violenta la falsedad cuando se contrasta con lo real.

El volumen de dolor de este país es enorme. Digerir el festejo de los balazos por la espalda, la ausencia de proteínas en los menúes escolares, el desmantelamiento de todos los programas paliativos para los más pobres, la vulnerabilidad de los más viejos, atacados con el recorte de sus haberes y la negación de sus medicamentos, la violencia policial contra los que tratan de ganarse unas monedas en la calle, la vigilancia ilegal a la que todos estamos expuestos, las ganancias extraordinarias de un puñado de empresas con delegados en los ministerios, en fin, digerir este escenario descontrolado de arrasamiento y veneno nos expone a un tipo de dolor que se mezcla con el miedo y la amenaza.

Necesitaríamos grandiosos luchadores de catch para hacer catarsis de toda esa impotencia. Pero a falta de ese tipo de espectáculo, por delante está la acción colectiva, porque básicamente eso es lo que han venido a abortar: lo público, que es lo colectivo por excelencia. Ellos lo único que pueden hacer es dividir para reinar. Son básicos. Deberíamos ser igual de básicos. No dejar que nos dividan.



A falta de catch
Sandra Russo








lunes, 17 de febrero de 2014

«MÚSICA» o «SOJA»







Esta noticia no existe, es decir, no es real, es decir, es inventada... Manuel Quieto, el cantante del grupo de rock La Mancha de Rolando, tuvo que salir a desmentir lo que todos los diarios y medios desinformativos habían repetido: que él hubo ofendido a los ruralistas en la Fiesta Nacional del Trigo, en la localidad cordobesa de Leones. Nada de lo que dicen que pasó pasó...

La patética situación que plantearon los agroexportadores de "el campo", que no liquidan la cosecha acumulada en silos bolsa para presionar al gobierno nacional con el precio del dólar, tiene un nuevo capítulo: el cantante del grupo de rock La Mancha de Rolando, amigo personal del vicepresidente Amado Boudou, les cantó las 40 a los productores agrogarcas durante el recital inaugural de la Fiesta Nacional del Trigo, en la localidad cordobesa de Leones.

Desde el escenario, y ante un público de 3.000 personas, Manuel Quieto llamó a los ruralistas "gringos de m... que están sentados sobre los silos de soja" y expresó, haciéndose eco de la postura nacional, que no tienen que guardar los granos en los silos bolsa, sino "venderlos".

El músico definió a los productores como “Gringos de m… que están sentados sobre los silos de soja”, y se refirió a “la suciedad rural”, en alusión a la Sociedad Rural.

Además, el autor de "Arde la ciudad" tuvo tiempo de agradecer a los funcionarios responsables de que estuvieran tocando allí esa noche. Quieto destacó las gestiones de la intendente Lorena Bussi, el diputado Fabián Francioni y, por supuesto, Boudou.

En el pasado, Quieto definió a Boudou como "un gran amigo, una excelente persona y un gran profesional", y aseguró que era "el mejor ministro de Economía y vicepresidente" que tuvo la Argentina.

"Nunca tomé ni analicé en términos de beneficio o perjuicio ese tipo de relación que tenemos con Amado Boudou. Nunca nadie me dijo nada negativo. Sé que por muchos años va a estar, es un dirigente que le quedan muchísimas cosas por hacer", profetizó el músico en una entrevista del 2012.

La Mancha de Rolando se presentó en los últimos años en celebraciones como la Fiesta Nacional del Dulce de Leche (Cañuelas), la Fiesta Nacional de la Manzana (General Roca) y la Fiesta Nacional del Arroz (San Salvador), entre muchas otras.

Más allá de la anécdota, reconozcamos que Manuel Quieto estuvo bastante educado si nos detenemos a analizar el daño que ocasionan al país los especuladores de Silos Bolsa.





domingo, 4 de septiembre de 2011

CUANDO SE ENCIENDE LA LUZ








La espiralización del suceso impone una aclaración básica, que sería redundante en un contexto menos excitado y brutal. Los exclusivos culpables del homicidio calificado de la menor Candela Rodríguez son los criminales que la secuestraron y mataron. Un asesinato atroz, que alude a los niveles más bajos de la naturaleza humana.

Otra, muy otra, es la responsabilidad de quienes investigaron mal el caso. Otra, una tercera, la de aquellos que entorpecieron la pesquisa con intromisiones indebidas, los que comunicaron sin recato ni apego a mínimas reglas del arte, con sensacionalismo procaz y (aun) violando normas y reglas.

Debe distinguirse a los asesinos de aquellos cuya conducta podría (se subraya el condicional) haber ser sido detonante de la comisión de los crímenes, en la perversa mentalidad de sus autores. Nada excusa un asesinato, nada equipara a alguien que no formó parte del plan criminal con sus integrantes, nada iguala las responsabilidades sociales, mediáticas o estatales con las culpas penales. Dicho esto, vamos al núcleo de esta nota.


* * *


Los familiares de las víctimas de un delito merecen variadas formas de amparo y tutela. Entre las más importantes: ser protegidos y contenidos por las autoridades policiales y políticas, tener acceso como emisores a los medios de difusión, ser arropados (por ponerlo de algún modo) por la sociedad civil.

Esa centralidad, que en nuestro país tiene antecedentes e historia encomiable, no debe transformar a tales víctimas (los amigos y familiares lo son) en sustitutos de las agencias o instituciones estatales. No les compete asumir labores propias de jueces, fiscales o policías. Excede sus competencias y capacidades organizar la pesquisa y la comunicación masiva, componente ineludible de la misma. Tampoco es adecuado tomarlos como referencia acerca de propuestas de reforma penal o judicial. Menos que menos, en medio de la conmoción emocional lógica en tales circunstancias. Ni es misión de periodistas, canales de tevé o radios, comunicadores o entidades privadas, por loables que fueran sus fines y trayectoria.

En el caso que nos ocupa, en un estadio ya reemplazado, la madre de Candela, los medios y alguna ONG desempeñaron ese rol. No es la primera vez ni es un fenómeno exclusivamente local. La mala praxis compartida no dispensa el error o las demasías.

Ya pasó con Juan Carlos Blumberg o con la infortunada madre que fabuló un asalto seguido de muerte en Saladillo. Durante días, un conjunto de improvisados –encabezado en esta tragedia por la mamá, Carola Labrador– condujo una tarea delicada, sin oficio ni saberes ni incumbencias.

Es abusivo reclamar autocontrol a las víctimas, acuciadas por el dolor, la angustia y la necesidad. A los que son profesionales, cobran por su desempeño y ejercen la constitucional y sagrada libertad de prensa, cabe exigirles mayor apego a la responsabilidad y, aún, a las leyes vigentes.


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Con una autoridad sustentada en su dilatada trayectoria, el ex juez federal y ex ministro de Seguridad León Carlos Arslanian desmenuzó la cantidad de reglas de oro de procedimiento que se omitieron en los días de la búsqueda. Los delincuentes miran y escuchan, es un hecho reconocido. El cronista recuerda una película en la que John Travolta, encarnando a un secuestrador torpe y de escaso caletre, se entretenía viéndose por televisión mientras convivía con sus rehenes.

Anunciar con antelación todas las acciones (bastante a menudo mandando fruta o carne podrida), transmitir los allanamientos mientras se realizaban, divulgar una llamada telefónica sujeta a estudio y averiguación son apenas los ejemplos más chocantes de una cadena de datos que se compartió desaprensivamente (en bandeja y en tiempo real) con los secuestradores. Hay momentos, conforme a los protocolos, en que deben enviárseles mensajes. Es de manual que debe estar a su cargo un profesional que maneje una estrategia y no un sinnúmero anárquico de periodistas, en procura de una primicia o una ventaja en el rating. Un colectivo improbable en el que la competencia interna azuza las peores tendencias.

Si en el fragor del minuto a minuto los medios audiovisuales usurpan espacios que no les conciernen, hay una falla primaria de las autoridades que resignaron ese espacio, total o parcialmente. Y que, verosímilmente, filtraron el todo o parte de la data que se divulgó. Pero el editor de un programa de tevé o de radio no es un ser inerte, un robot que encauza un flujo incontenible de información. Es un emisor responsable que tiene deberes éticos y sociales, con capacidad de discernir y resolver qué saca al aire y qué preserva.


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Más subleva que sorprende la ausencia de autocrítica o introspección de los medios intervinientes y sus comunicadores. La tele, en especial, no es dada a esos interrogantes. La incongruencia es chocante siempre, en algunos puntos frisa lo deslumbrante. Desde hace añares se critica la falta de cuidado policial con la escena del crimen, la mala preservación de las pruebas, la dificultad en conservar intactos lugares o elementos que deben ser objeto de pericias o análisis. El reproche es justificado, pero es forzoso hablar (hacerse cargo) de la concurrencia de conductas. Cuando las cámaras y los micrófonos profanan espacios que deben quedar intocados contribuyen al desquicio que, sin solución de continuidad, habrán de fustigar. Más aún, su intervención es determinante: sin bulimia informativa, el desquicio no se completaría.


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Todos los derechos amparados por la Constitución, hasta los más amplios, como la libertad de expresión, están sujetos a las leyes que reglamentan su ejercicio. En lo referente a menores hay reglas que limitan su exposición, el uso de imágenes, hasta la difusión de sus nombres. Un desempeño sensato y sistémico debería ir más allá de esas premisas básicas e inderogables: cuidar a los chicos, hacerse cargo de su intimidad, de su vulnerable sensibilidad, de sus temores. La conducta promedio corre en sentido contrario: se desacatan los imperativos legales (en este crimen, como en tantos otros), se bartolean teorías sobre su existencia, se sanatea con liviandad, como cuando se habla sobre rumores de la farándula.

El cronista vio bastante material televisivo, algo escuchó en la radio. En un sistema de medios tan diverso es imposible captar todo, la muestra que presenció sobra para comprobar falta de apego a la ley y de respeto a los derechos de los menores. Vayan dos ejemplos, el más tremendo merecerá el siguiente apartado.

Proliferaron reportajes a compañeras de colegio de Candela, preadolescentes pues. Se les inquirió acerca de la relación con su padre, que está preso. Su afecto, la intensidad del trato, si hablaba de él. Redunda explicar que las entrevistas buscaban puntos oscuros que las entrevistadas no capacitan para iluminar. Pero que sí entienden e internalizan, con la consiguiente conmoción. Esas notas son cuestionables, el cronista cree que algunas coquetearon con lo ilegal. Y, si se admiten conceptos que parecen no estar de moda ni en el centro de la polémica, fueron desconsideradas y agresivas.


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Este cronista es poco afecto a consignar nombres propios en cuestionamientos generales como éste, alusivos a patrones de conducta corporativos y profesionales, no a individualidades. No prescribe esa conducta para colegas, no cree que sea imperativa ni mucho menos. Se aviene a su forma de razonar y a prevenir que un análisis general desbarre hacia la personalización excesiva. Ese criterio debe ser dejado de lado para ciertos ejemplos límite, como fueron las palabras de Samuel Gelblung en su programa de Radio Mitre. Con su tono langa y confianzudo, Chiche Gelblung se internó en un territorio delicado, exótico a su idiosincrasia, y pronunció conceptos imperdonables. Basado en su pura intuición, anticipó (cuando Candela seguía viva) que, a su ver, “la levantaron” para violarla. La expresión culpabiliza de modo oblicuo y ruin a la víctima. Añadió detalles sórdidos acerca del momento en que pudo ocurrir el secuestro, “una tarde de feriado, con frío y sol”.

Hay límites que nadie debe transgredir, menos que nadie quien cobra por informar o comunicar. Un micrófono abierto al público no es una mesa de café ni un vestuario.

La mala fe prevaleciente cuando se polemiza hoy día fuerza a especificaciones obvias. La mención no reclama censura ni restricciones a la radio o al periodista. Ni sanciones, salvo las que pudieran peticionar ante los tribunales asesores de menores u organismos especializados en su defensa.

Se expresa, sí, el repudio. Y, con delicadeza, se convoca a que periodistas, dirigentes políticos de cualquier color, entidades gremiales de la comunicación, intelectuales y académicos levanten su voz por una vez, pidiendo que la barbarie se corte en algún punto.


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Una paradoja recurrente: los medios reclaman “justicia”, incitan a “la gente” a hacer lo propio. Al unísono, sustituyen la delicada labor de los Tribunales: imponen tiempos y criterios propios, condenan sin defensa y en tiempo record. En paralelo, no se someten a las regulaciones legales que les conciernen. Es un problema mundial, no una invención autóctona.

Un ejemplo canónico viene, tal vez, a cuento para demostrar la feroz autonomía de medios autoerigidos en representantes de “la gente”.

Fue el asesinato del chico inglés James Patrick Bulger, que fue secuestrado y asesinado por dos menores de diez años en 1993. El hecho conmocionó a la sociedad, se juzgó a los autores como si fueran adultos. Se los condenó a prisión hasta que llegaran a la mayoría de edad. Los severísimos jueces establecieron una salvaguarda: no dar a conocer sus nombres para posibilitarles buscar una nueva vida, tras purgar su pena. Algunos medios desacataron la orden, se invistieron en defensores del derecho de los ciudadanos a conocer los datos para estar prevenidos. Divulgaron nombres, apellidos, imágenes, trastrocando de modo irrevocable el camino de la readaptación.

Los medios imponen su propia ley, arrogándose una legitimidad superior. Hay un aire de familia con cuestiones domésticas que nos son más cercanas.


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Carola Labrador era una referente social, interpelada siempre por su nombre de pila, ensalzada, retratada todo el tiempo. En el fragor del minuto a minuto, la crónica derivó de la apología a algo cercano a la culpabilización. La madre de Candela hablaba de modo llamativo dirigiéndose a los secuestradores (lo que estuvo patente desde el vamos, pero se computó después de aparecer el cuerpo), estuvo en pareja y está casada con hombres encarcelados. Ahora el sentido común televisivo la pone bajo sospecha, acumula datos irrelevantes, recorre atajos. Apurarse a condenar, he ahí un mandato cuando se enciende la luz roja. El filicidio es un crimen tremebundo, una traición a los principios humanos más sagrados. El mundo está lleno de personas poco recomendables, antipáticas o de delincuentes que no caen tan bajo. A falta de condena penal, todos son inocentes.


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Suena casi imposible que se llegue a saber si el desenlace fue consecuencia total o parcial de la indebida interferencia de los medios, a los que se agregaron artistas reconocidos que actuaron movidos por las mejores intenciones. Hasta en el imaginario supuesto de confesión de un asesino en tal sentido lo suyo sería una versión. Pero es cabal que se obró sin tino ni responsabilidad. Se intervino en la investigación, se desempeñó un rol activo.

Cuando se discute el poder de las empresas mediáticas éstas escamotean su peso económico, su condición de gran jugador en ese terreno. Cuando se coloca bajo la lupa el desempeño de medios o periodistas, éstos se autorretratan como simples intermediarios que irrumpen, organizan, movilizan, inciden en el resultado. No hay tal, son coactores, lo que desnuda como falaz y maniquea la remanida metáfora del “mensajero” al que (hiperbólicamente) alguien quiere “matar”.

La lógica de las presencias reconocidas y de la agitación a los vecinos puede ser funcional para la búsqueda de paradero, no es para cualquier tipo de delito. Se repitieron fallas recurrentes, se impone la autocrítica. No hay reparación posible en el suceso actual, sí hay un futuro para manejarse mejor.

El cronista no tiene una solución a mano para los problemas que describió, a vuelo de pájaro. Apenas propone a los concernidos un poco de reflexión, acaso algunos ámbitos colegiados para discutir, acaso explorar la hipótesis de reglas muy primarias, consensuadas, humanistas. Parecería poco, en el contexto sería un avance inesperado.


domingo, 6 de febrero de 2011

TV DIGITAL ABIERTA x 13





Se suman 4 nuevas señales a la TV Digital Abierta

Con Tateti, Video Éxito, Argentina HD y Suri TV ya son 13 los canales que se pueden recibir de manera gratuita por el Sistema Argentino de Televisión Digital Terrestre.

La Televisión Digital Abierta dejó de ser un proyecto para ser una realidad que llegará a millones de argentinos en forma gratuita sin tener que pagar un abono mensual para poseer un servicio de cable o de televisión satelital privada.

A los 9 canales que ya se emiten (Encuentro; Paka Paka; Incaa TV; Canal 7, Gol TV; Vivra; CN23; C5N y Telesur) se le incorporan 4 nuevas señales que desde el fin de semana están dentro de la plataforma de TV Digital gratuita para que el espectador pueda disfrutar.

Las nuevas señales que ya se están emitiendo en periodo de prueba son (señal infantil); TatetiVideo Éxito (canal de música); Argentina HD (canal de turismo argentino); y Suri TV, el canal que une los pueblos originarios, con transmisión de programas de Paraguay, Chile, Bolivia y Ecuador.

fuente tda


sábado, 5 de febrero de 2011

EL LAMENTO DE PABLO SIRVEN




La batalla cultural que se viene librando en nuestro país desde hace siete años acerca del periodismo, va inclinando el combate hacia el desenmascaramiento de los pretendidos medios independientes, portadores de una pretendida objetividad ahora cuestionada.

Pablo Sirven
es un periodista dedicado a la crítica de los espectáculos y que últimamente incursiona en temas más generales siempre fiel a sobreactuar la línea editorial de su medio.

Tiene varios libros publicados como “Breve historia del espectáculo en la Argentina”, “La mirada incandescente” y algunos en coautoría, entre otros con Carlos Ulanovsky como “ Siempre los escucho” y con éste último y Silvia Itken “ Estamos en el aire”.

El lamento de Pablo Sirven, su desgarro profundo, está reflejado en su artículo en la tribuna de doctrina del 29 de noviembre bajo el título de “El nuevo periodismo militante” donde escribió : “Tal fue la salva de escupitajos conceptuales que han mantenido sobre la expresión "periodismo independiente" que hoy ya son pocos los que se atreven a seguir usándola”. No fueron los escupitajos conceptuales Pablo, los que inclinan el terreno: es la flagrante mentira lo que está siendo triturada. Pero dejemos que el escriba mitrista diferencie al periodista independiente del militante.


“Pero no les alcanza: ahora van por más. Ya hace rato que expresan su ateísmo en torno a la existencia de la objetividad y su afán por descentrar de manera bastante grosera la postura apartidaria que procuran tener los "periodistas profesionales" en el ejercicio de su actividad, en contraposición con quienes se vienen reivindicando con orgullo como "periodistas militantes".

¿Cuál sería la diferencia entre un "periodista militante" y un "periodista profesional"?

El primero antepone su ideología a la información, a la que interpreta a través de aquélla. Cualquier noticia debe servir, antes que nada, a la "causa". Lo demás se descarta o minimiza. Esto sucede, hasta las últimas consecuencias, en los regímenes totalitarios donde se publica exclusivamente aquello que es útil al gobierno y se silencia por completo a los que no se disciplinan verticalmente al "pensamiento único"
.

El "periodista profesional", aunque tenga ideología, de todos modos tratará de dejarla a un lado y procurará abordar la noticia sin preconceptos, tratando de mostrar sus múltiples matices y contradicciones. Naturalmente, se trata de una persona y como tal no está exenta de pasiones y puede equivocarse. Por otra parte, se expresará dentro de los márgenes de la política editorial de la empresa periodística donde se desempeña”.

Es difícil encontrar un periodismo más militante que el desarrollado por el diario La Nación desde su fundación, precisamente uno de los medios que posa como emblema del periodismo independiente. Su fundador Bartolomé Mitre fue el representante de los comerciantes del puerto de Buenos Aires que resultó triunfador en los 60 años de guerras civiles. Fue el que arrasó con los caudillos norteños como Felipe Varela y el Chacho Peñaloza. Sus coroneles como Sandes, Irrazábal, Paunero, fueron adelantados en sus crueldades a los que practicaron los esbirros del terrorismo de Estado en la dictadura establishment militar de 1976 a 1983.

Una anécdota contada por Miguel Hernández en su libro “Vida del Chacho” y recogida por Vicente Massot, colaborador de La Nación y justificador del terrorismo de estado en su libro “Matar y morir” aclara con precisión los tantos:

  • “A las cinco de la tarde, poco más o menos, el dueño de los llanos de la Rioja, Ángel Vicente Peñaloza, y todos sus jefes y oficiales, se presentaron en el campamento de Rivas. Con ellos estaban Bedoya y Recalde, los enviados de Paunero. Peñaloza entregó sus armas y todos los prisioneros que tenía. Antes de hacerlo, el caudillo riojano preguntó a los mitristas si los habían tratado bien. Le contestó un coro: “¡Viva el general Peñaloza!... Entonces, como era lógico, el Chacho reclamó sus prisioneros. Ningún jefe del ejército nacional se animó a confesar que habían sido fusilados sin juicio ni misericordia”.

Como la historia es una película y no una mera sucesión de fotos, no puede extrañar que mucho años después los herederos de Mitre instigaran y justificaran el terrorismo de Estado. Es en ese escenario, Pablo, que tu pecho se inflama de entusiasmo cuando aludís a la ética, la moral republicana, a la democracia, al estado de derecho y a la división de poderes.

Mitre fue el que condujo los ejércitos de la Triple Infamia que destruyó al Paraguay después de perpetrar un genocidio. A la finalización de la guerra, el regreso del ejército triunfante fue la causa de un gigantesco brote de fiebre amarilla. Al poco tiempo el general que comandó las fuerzas vencedoras fundó el diario La Nación, que sería el guardaespaldas de sus infamias.

Escribió y falsificó la historia oficial, que fue la que testimonió la visión de los triunfadores en las guerras civiles. Su coherencia política es irreprochable: crítico de los gobiernos populares, apoyó los golpes de 1930, 1955, 1966, y 1976. En cambio, en el terreno económico su discurso más que centenario abdicó ante sus intereses privados. Predicador de la libre competencia, no tuvo empacho de tener con Clarín, el monopolio de Papel Prensa. Antes que asumiera Néstor Kirchner, uno de sus máximos directivos, Claudio Escribano le presentó un pliego de condiciones que debía cumplir bajo apercibimiento que de no hacerlo, su gobierno no duraría un año. El santacruceño hizo lo contrario a lo intimidado y La Nación inició una cruzada para castigarlo, abdicando de las más elementales prácticas periodísticas para hacer realidad aquella promesa.


Con esta historia: ¿dónde está el periodismo profesional que define Pablo Sirven? Es ese profesionalismo el que omite la muerte de Perón entre los acontecimientos relevantes en el libro editado por Planeta, en el año 1998 llamado “La Nación: los grandes sucesos del siglo a través de sus primeras páginas” prologado por José Claudio Escribano cuya primera frase dice: “La primera plana es la gran vidriera de un diario.”

¿No es precisamente la quintaesencia del periodismo militante que siempre ejerció La Nación?



sábado, 7 de noviembre de 2009

El terror de los políticos





















La serie Lie to me dejó en evidencia que pocos logran ocultar una mentira. Placer, dudas, alegría y vergüenza en el rostro del poder, según el mayor especialista local en comunicación no verbal.

Un gesto vale más que mil palabras. Eso evaluaron en la Fox al momento de poner al aire la serie Lie to me, un fenómeno mediático donde el protagonista es experto en detectar engaños a través de movimientos faciales o corporales involuntarios y que ya genera preocupación entre los políticos.

Rascarse la nariz, levantar las cejas o mover los labios revela mucho más de lo que los mortales imaginan. Y, encima, multiplicado por mil: mientras la cara tiene 43 músculos, estos pueden configurar más de 10.000 expresiones, sin contar lo que se suma con cada movimiento del cuerpo. Un universo de emociones y personalidades que el inconsciente intenta ocultar pero florece más allá de toda intención.

“Sólo algunas personas, como los mentirosos naturales o los psicópatas, pueden manejar la expresión de sus emociones básicas, que son 7: alegría, ira, temor, tristeza, asco, desprecio y sorpresa, con mayor nivel de enmascaramiento o de represión para no mostrarlas, que el común de la gente”, sentencia Sergio Rucliki, especialista en comunicación no verbal, un campo de estudio multidisciplinario –donde confluyen la psicología, la antropología, la biología y la comunicación social, entre otras ciencias– y desarrollado desde hace más de 40 años en los Estados Unidos por Paul Ekman, catedrático de psicología de la Universidad de San Francisco al que la revista Time señaló como una de las 100 personas más influyentes del mundo.

Y no es una exageración. Con el cuerpo convertido en callejón sin salida, Ekman logró identificar en Bill Clinton una gestualidad idiosincrática con raíz en la infancia y que delata las travesuras cometidas. La antesala precisa del escándalo Lewinsky que sólo se atrevió a confesarle a un amigo y que, hoy en día, sobrevuela en la mente de muchos políticos. Incluso, los argentinos.

“El fin justifica los medios”, explica Rucliki. Y agrega: “Además de la famosa frase de Maquiavelo, hay una cuestión fundamental: los políticos no conocen otra forma de manejar la verdad que no implique un cierto grado de mentira. Parece contradictorio pero no lo es. En todo caso, cada uno tendrá que definir si se trata de una falta a la verdad consciente o se elige engañar deliberadamente”.



SATISFACCIÓN
Néstor Kirchner
“El ex presidente tiene una sonrisa con elevación unilateral de la boca que expresa placer, regocijo. Las personas que tienen hoyuelos pueden reflejar una actitud más despectiva de lo que realmente quieren expresar. No hay que perder de vista que los gestos están condicionados por la estructura del rostro en descanso, el nivel de individuación de los músculos faciales y su tamaño. Pero, en este caso, la unilateralidad y el brillo de los ojos me llevan a pensar que la sonrisa es de autosatisfacción, una expresión que compartimos todos cuando sentimos orgullo.”


DESCREIMIENTO
Elisa Carrió
“Se trata de un gesto fácil de interpretar: evidencia descreimiento. Lo que sucede es que hay un roll-up de los ojos, llevándolos hacia arriba y mostrando el blanco del ojo por debajo, que equivale al hartazgo. Si a eso se le suma presión en los labios y las comisuras y una forma de elevación unilateral de las cejas, se cierra el círculo del enojo. O sea que, en este caso, Lilita está harta, sospechando de algo, no creyendo en lo que tiene enfrente. Parece que estuviera diciendo: ‘¡Qué me querés vender!’.”


DUDA
Carlos Menem
“Rascarse la ceja es una señal de duda. Las rascadas, por lo general, se vinculan con esa cuestión. Cuando la ceja pica, por ejemplo, sospechamos de algo y al rascarla, además, en parte intentamos encubrir esa sensación. En Menem se vislumbra una reflexión dubitativa. Pero también existe cierto grado de turbación o confusión y hasta de vergüenza por la dirección de la mirada hacia abajo y la otra mano ubicada en la parte de los genitales, un gesto que refleja la sensación de estar expuesto. La forma de su sonrisa también se conecta con la incomodidad.”


MANIPULACION
Eduardo Duhalde
“El ocultamiento o mentira es una de las posibilidades de la rascada de nariz, que tiene a su vez diversos estilos y explicaciones sutiles, como rascarse con el pulgar, con el índice, con un simple toque o barrida de la mano, con el frotamiento de la base de la nariz. Aquí pareciera que entra en la categoría de manipulación. Que no significa que la persona intente manipular a nadie sino que tiene que ver con los gestos en los cuales nos tocamos una parte del cuerpo o nos limpiamos la ropa de basuritas reales o imaginarias como forma de canalizar niveles de estrés o de tensión súbita.”


DESPRECIO
Adolfo Rodríguez Saá
“La cara de Rodríguez Saá evidencia desprecio. En la cultura argentina, su expresión universal –una sonrisa unilateral con presión en una o ambas comisuras de los labios– tiene una forma de exhibición e interpretación particular: refleja escepticismo y cierta superioridad moral, estética o ideológica de quien realiza esa expresión. En este caso, además, los labios hacia adentro demuestran disgusto, la asimetría en la sonrisa con contracción en los párpados inferiores habla de autosuficiencia y la mano que pellizca la piel del cuello o mentón le agrega cierto nivel de molestia por lo que escucha o mira.”

INSEGURIDAD
Julio Cobos
“Los dedos en la boca expresan inseguridad. Y tiene su explicación cognitiva en un resabio de la infancia. Cuando somos pequeños, nos llevamos el pulgar en reemplazo del pecho materno, de la protección que nos ofrecía nuestra madre. Cuando somos más grandes, en cambio, solemos morder algún dedo o chocar los dedos con los dientes. Es un gesto que ocurre ante la irrupción de confusión e inseguridad. El caso extremo responde a comerse las uñas.”


IRA
Domingo Cavallo
“Se trata de una expresión de ira fingida. ¿Por qué? No acerca las cejas entre sí, simplemente las baja. Y ese aspecto, el acercamiento de las cejas, es el que completa la expresión de enojo. Obviamente, para que uno perciba el fingimiento es necesario conocer bastante a la persona, saber que se trata de un muy encodificador de lo que quiere transmitir. Eso no quiere decir que se cometan fallas, sino que puede encolumnarse en la categoría de lo que Ekman llama ‘mentirosos naturales’: capaces de poner en escena una performance verosímil pero que no es sincera.”

ASCO
Chiche Duhalde
“En este caso, el fruncimiento de la nariz y los músculos tensos de la cara no expresan desprecio sino que Chiche evidencia principalmente disgusto y su cara encaja con la expresión universal de asco. De todos modos, el desprecio, el asco-disgusto y la ira son parte de un lenguaje relacionado con la hostilidad, el odio, el fuerte rechazo hacia otro o hacia alguna cosa, ideología o pensamiento.”

fuente:
Veintitres


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