lunes, 5 de enero de 2009

Entrevista a Alberto Sava



La entrevista al fundador y director del Frente de Artistas del Borda nos ha permitido conocer pormenorizadamente la experiencia que Alberto Sava, junto a un grupo de profesionales y artistas viene realizando en el Hospital Borda hace más de 20 años. De qué manera el arte se vincula con los procesos de desmanicomialización y cuáles son los efectos que en los pacientes, las instituciones y la sociedad se han producido hasta el presente. Las diferencias entre el cierre de los manicomios en Trieste, Italia y los intentos en Argentina. Qué es, cómo surge el teatro participativo y cuál es la función transformadora que tiene para su creador, quien comparte la visión que sobre el arte tenía Pichón Riviere.



-En Desde el mimo contemporáneo al teatro participativo, relata que a raíz de la convocatoria que en el año 1984 le realizara José Grandinetti, nació poco tiempo después el Frente de Artistas del Borda, ¿Cómo surge esa iniciativa?

-En la década del ’70 empieza en el mundo una experiencia desmanicomializadora. En Italia surge la primera experiencia, donde Franco Basaglia cierra por primera vez en el mundo un manicomio. Pero no lo cierra abruptamente, lo hace en forma progresiva, lo cual le llevó unos 7 u 8 años y desde el Estado, es decir desde la Dirección de Salud Mental de Italia, se armó un dispositivo básicamente comunitario. En lugar de estar toda la gente concentrada en un hospital, lo que se abren son cinco centros de Salud Mental en Trieste. No es que todos los pacientes del manicomio fueron a esos centros, sino que la atención, la prevención y la internación de esos o de los futuros pacientes se hace en los centros de Salud Mental. Las personas fueron derivadas del hospital a familias, en el caso de que las familias las pudieran contener, de lo contrario a departamentos en la ciudad de Trieste. Estuve hace tres meses en la ciudad de Trieste y lo he visto, viven como cualquiera de nosotros en un departamento. La atención es básicamente ambulatoria, eso significa que los pacientes, los usuarios en tratamiento –como los llaman ellos– van hacia donde están los profesionales en esos centros de Salud Mental, que son cinco en toda Trieste, o al revés, muchas veces son los profesionales los que se acercan a donde viven los pacientes. Se crearon cooperativas de trabajo, en función de las actividades que realizaban los pacientes internados. En estos momentos funcionan diecisiete cooperativas de trabajo. El Estado le da a la familia que sostiene o que mantiene 800 euros por mes, y los pacientes cobran 800 euros por mes. Todo ese recurso es el mismo que se utilizaba para mantener el manicomio. Las internaciones no superar el promedio de quince días, hablan de doce días en este momento. Ellos consideran, y no solo ellos, la Organización Mundial de la Salud lo plantea, que una persona no tiene que estar más de treinta días internada. Los italianos dicen que treinta días habla de un fracaso terapéutico, para ellos.

Esa experiencia que empezó en los ’70, en Italia se completa con una ley nacional de Salud Mental. Se dictó una ley mediante la cual se prohibía la creación de nuevos manicomios y se sugería que desde el año 2002 no tendría que haber más manicomios en Italia y así fue. Según me dijeron no hay más manicomios en ese país. Todo el dispositivo es similar en mayor o menor calidad al de Trieste.

Esa experiencia Italiana repicó en muchas partes del mundo, incluso acá, en Argentina. En el año 1984, durante el gobierno de Alfonsín, terminada la dictadura militar, desde la Dirección Nacional de Salud Mental, en la Argentina se intentó llevar a cabo una práctica parecida. Se designaron como experiencia piloto tres lugares, uno Río Negro, otro Córdoba y el tercero el Hospital Borda. En Río Negro funcionó. Había un solo hospital, el cual se cerró y se armó un dispositivo similar, salvando las distancias y los recursos entre Argentina e Italia, pero con el mismo espíritu, con la misma ideología que en Italia, incluso venían asesores de aquel país.

En Córdoba fue más complejo, porque hay muchos hospitales parecidos al Borda, a medida que el gobierno de Angelós se iba debilitando y tenía problemas internos, en un momento –a los dos o tres años– la experiencia se cristaliza, hay mejoras, pero no se llega a cerrar el manicomio.

En el Borda convocan a una serie de personas de distintas disciplinas, psicólogos, terapistas ocupacionales, psiquiatras, sociólogos, asistentes sociales y artistas. Dentro de estos últimos me convocan a mí. Me llama José Grandinetti porque yo había hecho algunos trabajos con él entre enero-febrero de 1975 y marzo de 1976 en el Hospital Moyano. Además él, junto a otro compañero psicólogo que falleció, Rodolfo Iuorno supervisaban mis trabajos fuera, es decir el trabajo de teatro participativo que yo tenía en mi escuela particular. Comenzamos a trabajar en el Hospital Moyano, el golpe militar frustró esa iniciativa y cuando se reabre esta posibilidad en el Borda me convoca. José Grandinetti me dice: Venite al Borda, vos que tenés experiencia en sacar el teatro a la calle, vamos a sacar los locos a la calle.

Estuve uno o dos años ad honores. Durante un año hice un trabajo de campo y comencé a ver una gran cantidad de personas internadas en el hospital con muchas capacidades, con muchas aptitudes y actitudes con el arte, y le propuse formar un grupo de artistas, pero no como se acostumbraba habitualmente en el hospital. El arte en los manicomios es casi tan viejo como los propios manicomios, pero siempre se lo usó como una excusa terapéutica. Los psicólogos o psiquiatras con cierta inclinación o saber artístico, empleaban alguna técnica artística con el solo objetivo de detectar en la participación de ese paciente algo de su problemática. Por ejemplo, si hacía teatro y elegía determinado personaje, lo remitía a una historia personal, entonces podían intervenir en esa “dirección de la cura” en la que estaban embretados los profesionales.

Es decir que lo usaban como una excusa terapéutica, no como una disciplina en sí. Nosotros lo que intentamos es usar el arte como una disciplina, como una actividad como cualquier grupo afuera la podría realizar. Pero pensando en este super objetivo de la desmanicomialización, vale decir cómo el arte puede ayudar a los procesos de desmanicomialización.

Así hicimos una invitación a todas esas personas que yo veía en el hospital, a quienes cantaban en ronda de mates, o que en los pasillos nos vendían poesías, o a los que pintaban graffitis en las paredes. Entonces, con Mónica Arredondo Holguín, una psicóloga que ya no está en el hospital, los convocamos a una reunión y les propusimos formar un grupo de artistas para que esta producción que ellos tenían pudiera salir a la calle. Pensábamos que en la medida en que esta producción circulara afuera del hospital iba a producir varios cambios, efectos. Uno personal, ya que al artista el hecho de entrar en un proceso creador, poder producirlo y mostrarlo le hace bien, el segundo efecto era que pensábamos que en la medida en que esa producción saliera podía generar un efecto institucional, y el tercero un efecto social.

Partimos de la idea de cómo cimentar una experiencia en una institución totalitaria, total, caracterizada por una construcción muy vertical en su estructura, donde hay un director, directores asistentes, jefes de departamento, jefes de servicio, profesionales, técnicos, empleados y al final de todo están los pacientes que no tienen intervención en esa estructura.

Lo que intentamos es que nuestra experiencia fuera opuesta, en lugar de ser una estructura vertical, fuera horizontal donde todos pudiéramos construir este proyecto en el que el arte puede ayudar a los procesos de desmanicomialización. En esa primera convocatoria que se realizó el 15 de noviembre de 1984 éramos unas 50 personas, cuando nos juntamos dijimos que lo primero era ponernos un nombre. Así surgió después de varias propuestas tales como: “los pirados del arte”, “los artistas más locos del mundo”, “el Frente de Artistas”. Un paciente dijo: vamos a ponernos Frente porque con esto vamos a ir al frente, vamos a enfrentar la realidad para cambiarla, para transformarla, vamos a ser los revolucionarios del Borda, y en principio quedó “Frente de Artistas”. Después dijo pongámosle Borda a lo cual otros contestaron: Borda no porque si aparecemos en televisión, o en radio van a creer que somos todos locos. Y quien había propuesto el nombre Frente de Artistas justificó: precisamente por eso nosotros tenemos que desmitificar la palabra Borda, con el arte demostrar que podemos pensar, que podemos ser persona, y quedó Frente de Artistas del Borda. Fue como un primer signo, un grito de libertad, de enfrentamiento, de lucha, de resistencia.

Después planteamos que para construir un proyecto teníamos que reunirnos permanentemente y se armó una asamblea semanal. En ese espacio común, en ese colectivo fue donde se pensó, se discutió, se debatió, se votó, todo lo que hizo el Frente de Artistas hasta ahora. Ahí se resuelve que tiene que haber talleres y que esos talleres tienen que estar coordinados por artistas, porque es el artista el que conoce todo el proceso creador, es el que sabe el abc de la formación, de la experimentación, de la investigación, de la producción, de la puesta, del vínculo que el arte va a tener con la comunidad, sabe como se maneja un director de cultura, como opera el dueño de un teatro, hay códigos que solo los maneja el artista. Además tiene una actitud, aptitud y una pasión por la disciplina que no la tiene cualquier otro profesional, u otro técnico. También dijimos que el artista solo trabajando en el campo de la psicosis, de la locura o del manicomio iba a producir una cantidad de movimientos personales y grupales que a veces no iba a poder ver, no los iba a poder sostener, y que junto con el artista tenía que haber un psicólogo o un psicólogo social que pudiera tener una mirada sobre la dinámica grupal, sobre la operatividad del grupo o los efectos directos e indirectos que producía la intervención del arte. Entonces propusimos formar un equipo entre el artista y el psicólogo o psicólogo social y construir talleres. Comenzamos con dos, en la actualidad funcionan once talleres, la mayoría artísticos –hay dos que no lo son, uno es desmanicomialización y el otro periodismo–, después tenemos danza, mimo, música, teatro, marionetas, y el objetivo es que cada taller tiene que llegar a una producción y esa producción se tiene que mostrar sí o sí fuera del hospital.

De lo contrario se producen los tres efectos que situaba anteriormente, si no sale la producción lo que hace el manicomio es fagocitarlo, tragarlo.


-¿Cuáles son los efectos que con mayor frecuencia ha observado en los pacientes que participan del Frente de Artistas del Borda?

-Generalmente, el manicomio produce un efecto en las personas con muchos años de internación, por el cual va dinamitando las capacidades que tiene un ser humano de pensar, de sentir y de hacer. Va como destruyendo, estallando las pasiones, los deseos, los vínculos personales dentro y fuera del hospital, va convirtiendo progresivamente al sujeto en un objeto, una persona en un objeto. Algunos dicen “somos un ladrillo más del hospital”.

El arte lo que hace es recuperar todo eso, recupera un deseo, una pasión, una actitud, despierta aptitudes, comienza a producir vínculos grupales, la persona comienza a pensar, a sentir y a ocuparse de si, de su cuerpo, empieza a proyectar al ver que puede cantar, pintar, actuar, escribir y después llega el momento en el que hay que salir. De esa posición paciente, pasiva, se pasa a una posición más activa. Dentro de un proyecto ideológico de una construcción del pensar permanente entre todos, es decir que se posiciona al arte no solamente desde un lugar de entretenimiento –que puede serlo– si no también desde otra arista. Pichón Riviere decía que el artista tiene dos caminos: o afirma una estructura institucional, social, o grupal,… o es un transformador, un contestador, un revolucionario. Nosotros estamos en esta última línea, no solo hacer arte sino también por qué hacer arte, para qué hacemos arte, a quien se destina esta producción, que efectos queremos que produzca. El Frente ha creado un clima de mucha discusión, de mucho debate, no solo con respecto al manicomio, sino también de contenido social y político, no partidario. Esta salida de la producción genera una especie de ciclo, de abanico desde el principio hasta el final, por el cual este que era un proyecto de muerte se convierte en un proyecto de vida para quienes participan. Esa es una de las cosas más importante que sucedió con el Frente de Artistas y con el arte.


-Además de las derivaciones terapéuticas en los pacientes, el Frente de Artistas del Borda tiene como objetivo producir efectos institucionales y sociales. ¿Qué consecuencias ha podido observar?

-Institucionalmente el Hospital Borda siempre fue una especie de bunker donde no se filtraba nada para afuera, sobre todo en el ’84 en que se encontraba saliendo de la dictadura militar durante la cual estuvo intervenido siete años por los milicos, por la aeronáutica -los directores del hospital eran médicos aeronáuticos-, también en otros períodos estuvo intervenido por los militares, es decir que es un hospital que cuando hubo golpes militares estuvo intervenido militarmente. Por lo tanto, en el momento en que salía el Frente de Artistas a mostrar sus producciones, salía la voz acallada de los pacientes que podía denunciar, ya sea por la propia producción o por reportajes –una nota periodística, un programa de televisión o de radio– todo lo que pasaba en el hospital: la mala praxis, la sobremedicación, el electroschok –que en ese momento era pan de cada día–, la falta de comida o de ropa, los golpes, la violación de todos los derechos humanos que pueda haber o que uno se pueda imaginar, el castigo físico y psíquico. Esto produjo dentro del hospital un gran lío, no en la Dirección que en ese momento apoyaba, pero había como una especie de corporación médica, sindical que no quería saber nada con este tipo de cambios. Esto puso a flote las contradicciones del hospital, entre aquellos que estaban a favor de un cambio –había entrado bastante gente nueva como nosotros– y aquellos que representaban el statu quo de la institución. El tercer efecto que produjo fue social, en la medida en que el Frente de Artistas fue saliendo, la gente que se acercaba, que tenía una relación directa o indirecta por los medios, y aquellas personas más o menos pensantes, se posicionaban desde un lugar no de contemplación misericordiosa sino desde una posición más ideológica, a partir de la cual establecer un contacto con nosotros, con organizaciones de derechos humanos, partidos de centro-izquierda, organizaciones sociales, barriales. Nosotros siempre nos metimos mucho en luchas, se tomaba una fábrica y estábamos, había una marcha y estábamos, una ligazón con aquellos que también estaban en la lucha y la resistencia como nosotros. Eso produjo gran repercusión pública y muchos hospitales del país nos empezaron a convocar y viajamos y ayudamos a generar en cada hospital un movimiento nuevo, el arte en los manicomios y a desarrollar este concepto de la desmanicomialización, a tener más conciencia de qué son los hospitales psiquiátricos, para qué sirven, a quienes le sirven y cuál es el nuevo dispositivo, el nuevo formato de la atención de la Salud Mental, teniendo como línea ideológica la experiencia italiana.


-Las declaraciones de la Red Nacional de Arte y Salud Mental referidas a la desmanicomialización aclaran que no se trata del cierre de los hospitales, sino de la transformación de la modalidad de atención. ¿Esto diferiría de la propuesta de Trieste?

-En la Red Nacional de Arte y Salud Mental hay distintas posiciones que tienen que ver con la historia de cada uno. Lo que sugiero, lo que quiero personalmente se corresponde con la posición del Frente de Artistas que integra el movimiento social de desmanicomialización, donde se propone el cierre de los manicomios.

En general la tendencia es al cierre del manicomio pero no en forma abrupta. Al manicomio lo garantiza el Estado, garantiza la comida, la medicación, la internación. ¿Cómo puede garantizar el Estado un dispositivo donde no se segregue a la gente, no se la aísle y se produzcan todos estos elementos contrarios a la dignidad humana? –porque el manicomio tal cual como está planteado es una cachetazo a la dignidad–. No se trata de cerrar este edificio y transformarlo en un complejo habitacional privado. En Italia el hospital se desalojó, se ubicó a la gente en departamentos de familias, en cooperativas de trabajo y se abrieron las puertas, se hicieron caminos y por ahí circulan taxis, colectivos, etc. Cada lugar de esos edificios fue reciclado todo a nuevo –por supuesto hay mayores recursos económicos que acá–, por ejemplo un edificio es parte de la Universidad de Trieste, otro es un jardín de infantes, otro un museo, también funciona una radio, los talleres de arte. Todo pasó a manos del Estado. Doce pabellones fueron reciclados y se transformaron en departamentos de tres o cuatro personas. Están ocupados generalmente por gente con dificultades físicas o gerontes que no se pueden valer por si solos. Es decir que dejó de ser un manicomio cerrado. Si alguien quiere estudiar plástica y está en el barrio del hospital, en lugar de ir a otro lugar puede hacerlo en los talleres que funcionan allí. Es parte de la comunidad.

En Río Negro el hospital manicomial se transformó en un hospital general, del Estado, donde dentro del hospital funciona un servicio de internación de Salud Mental. Otro ejemplo que he conocido es el hospital de San Luis; se transformó en un hospital escuela, de salud Mental y de alcoholismo, con internaciones cortas y atención ambulatoria: hospital de día, consultorios externos, área programática. Pero todo el dispositivo es desde el hospital hacia afuera, no de afuera hacia adentro.


-¿Por qué no se pudo aplicar la desmanicomialización en el Borda?

-En el Borda no se pudo hacer por razones ideológicas y económicas. En referencia a las razones ideológicas no hubo desde ningún lugar, ni desde la Dirección del hospital, los sindicatos o la superestructura política, una política -como hubo en Trieste- de información, de debate, de discusión sobre las desventajas que tiene un manicomio y las ventajas que tiene un proceso de desmanicomialización. Lo ideológico es que los sindicatos dicen que la gente se queda en la calle, cosa que no es real, por el contrario tanto en la experiencia de Italia, como la de Río Negro o San Luis, tuvieron que tomar más gente, más personal.

En el hospital un enfermero cuida durante 6 horas a 50 personas. Un solo enfermero no puede hacer un trabajo diario en la calle visitando a la gente, controlando la medicación y demás. Necesitan tres o cuatro veces más empleados, lo mismo sucede con los médicos. Creo que también tiene que ver con una cuestión económica. Los laboratorios presionan mucho para que los manicomios existan, porque según dicen en un manicomio un paciente consume un 60 o 70% más de medicación que en tratamiento ambulatorio. Pensemos en las 1000 o 1200 personas que hay internadas en el hospital Borda, al final del año es mucho dinero que un laboratorio deja de percibir. Hay mucha presión en ese sentido.

Las corporaciones médicas, creo que por una concepción ideológica –dado que algunos de sus integrantes piensan que la única forma de atender la Salud Mental es en un manicomio–, y una cuestión económica también, hacen fuerza para que sigan existiendo. No hay a nivel político una información, ni una discusión, recién ahora se están empezando a abrir debates. Buenos Aires tiene una ley de Salud Mental, los legisladores comienzan a poner sobre el tapete el tema de la Salud Mental. Pienso que es un proceso que va muy lento, que va en camino a producir un cambio en corto tiempo, de aquí a cinco o diez años vamos a tener proyectos de desmanicomialización en Buenos Aires y en otras partes de Argentina. También en el hospital funcionan empresas privadas, porque el hospital es público, pero si uno se pone a observar se da cuenta que en realidad la comida está privatizada, la seguridad, la limpieza, los medicamentos los brindan los laboratorios que son privados. Es decir que lo único que es estatal son los empleados, pero después todo el mecanismo interno es privado y todas estas empresas pugnan para que exista el manicomio, porque si se cierra se quedan sin trabajo.

Pero además de estas cuestiones, creo que no hay una política del gobierno central, sea nacional o de Buenos Aires que apunte a transformar esto. Lo intentó hace poco este ministro Destacaventos que sacó algunos artículos en los periódicos donde decía algo así como: si quiero que por algo me recuerden es como a ese tano que quiso cerrar los manicomios; duro tres o cuatro meses, porque no hubo una política de ablande, de concientización, de debate. En Trieste, Franco Basaglia estuvo siete años hablando con los profesionales, los empleados, los pacientes, la prensa, los jueces, la policía, es un proceso largo, hay que reconvertir una estructura de cientos de años.


-En el teatro participativo –tal como usted lo describe– cada obra tiene un objetivo, y considera al Frente de Artistas del Borda como una obra, cuyo objetivo sería la caída de los muros de dicho hospital. La puesta Frente de Artistas del Borda lleva más de 20 años, tal vez sea la obra más duradera que se haya visto jamás. A la luz de la situación actual del nosocomio, ¿le augura muchas funciones más o está próxima a bajar de cartel?

-El teatro participativo es una experiencia teatral que trabaja sobre espacios reales, a diferencia del teatro convencional que trabaja sobre escenarios, con una ficción por la cual los actores cuentan una historia que alguien escribe, en el teatro participativo no, allí se trabaja con temas reales que tengan que ver con ese espacio real. La tercera diferencia que hay entre el teatro participativo y el convencional, es que el primero trabaja con el público, la gente, a diferencia del teatro convencional donde la gente especta, mira un espectáculo. Esos tres elementos básicamente –entre muchos otros– son los que hacen que se diferencie un tipo de teatro del otro. Yo en teatro participativo digo que esa participación puede darse en forma individual, nosotros vamos a un espacio determinado –sea un bar, una plaza, un colectivo, una calle, una cancha–, y la gente individualmente opta por participar. La experiencia está pensada para que se haga participar individualmente. La otra forma es grupal, nosotros hemos hecho experiencias con las madres chilenas, con mendigos, con chicos de la calle, nos ponemos de acuerdo ese grupo y nosotros para generar una experiencia participativa.

La tercera es la que tomo como teoría. Dado que el teatro participativo trabaja en espacios reales, con la realidad para transformarla y con la participación de la gente, considero que un hospital es un espacio real como puede serlo una cancha, una villa, una cárcel, etc. Entonces veré cómo me meto en ese espacio real y empiezo a indagar la dramaturgia, la temática de ese espacio real, y cómo hago participar a las instituciones. No solo se trata de hacer participar a la gente de la institución, sino como a esa institución la hago participar en el escenario real. Lo que se intenta es, a través de la locura –que es un tema– generar un mensaje, que es lo que hace cualquier artista cuando pone una obra en el teatro. Son distintos actores con un director que juegan con una dramaturgia para dejar un mensaje a la gente. Al mensaje, el público que en ese momento lo recibe sentado en una platea, lo decodifica pero no actúa, no lo puede devolver en ese instante. El teatro participativo consistiría en que nosotros podamos crear una situación en un espacio real, mandar un mensaje, que la gente lo reciba, lo decodifique y participe. Acá en lugar de ser personas, las que participan son instituciones. La apuesta será ver de qué manera la institución Borda y dentro del Borda el Frente de Artistas, genera una cantidad de vínculos sociales con: las Madres de Plaza de Mayo, con otros hospitales, con la prensa, etcétera, que son todas instituciones, y a partir de eso dejar un mensaje en la sociedad y transformar una realidad.

Esto que parece una locura, teatralmente es una teoría. Esa es una teoría general, después hay situaciones particulares, tales como algunas fiestas que empezamos a hacer. La primera fiesta se hizo adentro del hospital, se trataba de vincular el adentro con el afuera pero todavía no estaba preparado el hospital para sacar una fiesta afuera, la segunda se hizo en el playón de la entrada del Hospital Borda y la tercera se desarrolló afuera. Uno ahí piensa, teniendo una conciencia de los espacios reales, como va ganando lugares al espacio para ir sacando las personas internadas a la calle, dejar el mensaje de que los “locos” pueden salir a la calle y disfrutar de una fiesta.

Esto está pensado desde una concepción del teatro participativo, por el cual se plantea crear en un espacio real un movimiento que genere vínculos o relaciones con otras instituciones, para dejar un mensaje y transformar una realidad, una institución. Yo lo entiendo así y creo que se puede hacer, el Frente de Artistas es un agente que genera situaciones, que permiten ir cambiando la realidad de un manicomio.


-Por lo tanto aún cuando se cerrara el Hospital Borda, el Frente de Artistas seguiría funcionando.

-Si, al cerrarse el Hospital Borda habría que adaptarse a una realidad. ¿En qué consistiría? La locura va a existir, el sistema social va a existir, el sistema político va a existir, va a generar una cantidad de efectos negativos en la población que el arte tiene que ayudar a neutralizar. Uno de los planteos es que al cerrarse el Borda se podrían crear centros de Salud Mental, y propiciaríamos intervenir en los hospitales generales; en vez de estar el Frente de Artistas en un solo lugar tendrá que estar en distintos lugares. Trabajar con la prevención, con las personas internadas, y evitar el peligro de manicomialización –en Italia con Berlusconi estuvieron a punto de cerrar la ley Italiana y volver a los manicomios–. En ese caso, el Frente de Artistas tiene que adaptarse a una situación nueva y armar un dispositivo en función de ello.

El teatro participativo va a estar vigente siempre.

-¿Que antecedentes podría ubicar –si es que existen– del Frente de Artistas del Borda en nuestro país?

-Yo no tengo conocimiento, no tengo información de que haya existido una experiencia similar a la del Frente de Artistas del Borda con anterioridad. Se que en el hospital Borda había un médico que llevaba adelante una actividad con pintura, que incluso había expuesto algunas cosas, se hablaba de una radio en San Juan, pero en general no había otras prácticas de este tipo. Es más, a partir de la experiencia del Frente de Artistas del Borda otros hospitales comenzaron a convocarnos. Entre 1984, 1988/89, a través de llamadas telefónicas o cartas, nos invitaban a visitar los hospitales y en cada hospital generábamos algunas actividades de formación, de difusión, dábamos charlas, pasábamos videos, hacíamos talleres abiertos, nos invitaban a generar actividades parecidas a las del Frente de Artistas del Borda. Diría que en ese momento habremos visitado unas catorce o quince provincias y ningún hospital tenía una actividad desarrollada artísticamente al estilo del Frente de Artistas del Borda. Impulsamos en cada uno de esos espacios la creación de distintos talleres, a tal punto que cuando vimos que había muchos hospitales haciendo algo parecido a lo que hacíamos nosotros se me ocurrió organizar un festival.


-Precisamente en 1989 se realizó el Primer Festival Latinoamericano de artistas internados en hospitales psiquiátricos, siendo el primer y único evento de estas características a nivel mundial.

-Si, no existe una experiencia parecida en el mundo, incluso tenemos un reconocimiento de la UNESCO por la trayectoria del Frente de Artistas y por la experiencia del festival. Hay en Brasil un museo de pintura, en Holanda también, pero un evento que congregue todas las actividades artísticas durante una semana y donde todo el mundo conviva en ese lugar intercambiando experiencias, no tiene precedentes.


-¿Cuál es su evaluación del Primer Festival Latinoamericano?


-Creo que fue un evento singular, muy particular, muy especial, porque la primer experiencia se hizo en el año 1989 en nueve teatros de Buenos Aires, las cabeceras eran el Centro Cultural San Martín y la sala chica del Teatro Cervantes, también se desarrolló en la Facultad de Psicología, el teatro de Norman Briski, Cemento, el Centro Universitario de la Cárcel de Devoto, el Hospital Borda. En esas salas se presentaron once delegaciones de las cuales ocho eran argentinas, dos brasileras y una uruguaya. Fue una experiencia inédita, el hecho de que se congregara una especie de convención de artistas locos conviviendo en un mismo lugar, compartiendo todos un espacio durante una semana. Mostrando los espectáculos y las exposiciones sino también intercambiando ideas en mesas, en debates tales como “arte y desmanicomialización”, “arte y salud mental”, “desintitucionalización de la locura”, que proponían una cantidad de temas discutidos entre pacientes, coordinadores y profesionales. Creo que ahí empezó a generarse este concepto de la desmanicomialización, empezó a hacerse carne. Fue un festival que tuvo mucha repercusión, por ejemplo el periódico Página 12 sacó páginas enteras, Eduardo Pavlovsky publicó una nota en los diarios, Fernando Ulloa también. Fue un evento inusual, original, a tal punto exitoso que nos animamos a seguir repitiéndolo, tal es así que en setiembre haremos el noveno. Ya llevamos nueve festivales y en principio eran cien personas las participantes, mientras que ahora ya hay inscriptas más de cuatrocientas, de las cuales el 70% son pacientes de distintas delegaciones.

Incluso en esta oportunidad va a estar presente el grupo de teatro de Trieste, Italia, de manera que va a ser una experiencia formidable. El festival es un evento de características geniales.


-Sería la primera vez que viene la gente de Trieste.

-Si, porque intentamos traerlos en el segundo festival y no teníamos recursos, pero ahora ellos se pagan el viaje y nosotros tenemos que garantizarles el movimiento interno en la Argentina y la estadía, cosa que ya más o menos está garantida.


-¿Para qué fecha está previsto?

-Entre el 25 y el 30 de setiembre de 2006, y se va a desarrollar en Río Tercero provincia de Córdoba. Los primeros festivales se hicieron en Buenos Aires, pero a medida que iba creciendo la cantidad de participantes, teníamos mucha dificultad para conseguir lugares gratuitos de alojamiento y de comida. Generalmente en Buenos Aires no hay complejos que puedan albergar –desde el estado– una cantidad importante de personas, fue ahí que comenzamos a realizarlo en Chapadmalal, Mar del Plata, donde funciona un complejo de la Secretaría de Turismo –quienes nos dan alojamiento y comida gratis durante una semana para cuatrocientas personas–. Este año quisimos sacarlo de Mar del Plata (el festival se hace cada dos años) porque hacía tres o cuatro años que se plasmaba allí y la Secretaría de Turismo tiene un complejo de esas características, que nos lo da en forma gratuita, en Río Tercero, Córdoba. Vamos a ver que repercusión hay, por lo menos la gente de Córdoba se está moviendo bastante para que las zonas aledañas puedan participar en el festival. Son festivales muy interesantes, pero que todavía no han tenido el apoyo que realmente necesitan, el Estado no lo ha tomado como un hecho políticamente trascendente, que le interese, yo creo que de hacerlo podría trascender políticamente y organizar un evento de esas características en un teatro de Buenos Aires más importante, donde siempre la repercusión pública es mucho mayor.


-¿Qué elementos confluyeron en usted para darle forma a la idea del Festival?

La idea del festival fue consecuencia del Frente de Artistas y de como fue repercutiendo en otros hospitales, pero también a mi me surgió a partir de una película de Ubaldo Martínez, un actor uruguayo que vivía en la Argentina y que caracterizaba un personaje cómico, simpático, llamado “Ubaldino” que era un borrachín. Estaba viendo la película por televisión cuya trama consistía en que recibía un telegrama comunicando una supuesta herencia, que después no fue verdad, fue un equívoco, y a él se le ocurre en la dramaturgia de la película traer a todos lo borrachos del mundo y hacer una convención de borrachos en Buenos Aires, era muy cómico ver a los borrachos bajar de los aviones, etc. A partir de esto pensé que era una buena idea hacer una convención de artistas locos, y así fue. Lo presenté a la asamblea como propuesta y uno de los integrantes dijo: ¡tenemos uno más acá adentro!, refiriéndose a que era una locura hacerlo.

Efectivamente nos costó mucho esfuerzo hacer el primer festival en Buenos Aires, porque ningún hotel nos quería dar alojamiento, en todos los lugares a los que concurríamos nos decían: “quien me garantiza a mí que no va a pasar nada”, “me van a romper todo”, “qué va a pasar con los otros pasajeros”. Finalmente los tuvimos que alojar en los Albergues de la Juventud. En un principio nos plantearon que no había problemas, pero que tenían lugar para cincuenta personas (nosotros teníamos cien) y a otros cincuenta tuvimos que llevarlos a un albergue en Monte Grande, para lo cual había que hacer un viaje de una hora y media. La razón por la que las otras cincuenta personas no se podían quedar allí, era porque estaba previsto que ese espacio fuera ocupado por cincuenta estudiantes brasileros de arquitectura, que asistían a un congreso en Buenos Aires, pero cuando estos estudiantes se enteraron que había cincuenta locos en el albergue se fueron, lo cual nos vino bien porque pudimos trasladar a las personas que estaban en Monte Grande. Entonces el Albergue de la Juventud se convirtió en “el hotel de los locos”. Fue una maravilla muy emocionante. También sucedió en Chapadmalal, donde los complejos son muy lindos, muy grandes, (albergan a unas seiscientas personas) pero tienen abajo del hotel –que son unos tres pisos–, una serie de pequeños negocios, librerías, comestibles, cuando se enteraron por primera vez que iban los pacientes de los manicomios quería ponerles rejas a las vidrieras porque tenían miedo de que las rompieran. Nunca sucedió nada. Más aún, después del primer festival los comerciantes hicieron una especie de agasajo, lloraban con los pacientes, se dió una situación de mucha emoción, de mucha carga. Además la mayoría de las personas que viajan y que son pacientes psiquiátricos (no diría en un cien por cien, pero si en un cincuenta por ciento) no conocen el mar o la sierra, entonces es extraordinario. Al mismo tiempo, ese intercambio, ese nivel de espectáculo que se da es muy bueno.


-¿Y a pesar de todos esos estímulos, situaciones nuevas y emociones no hay descompensaciones?

-Descompensaciones grandes no hubo nunca, jamás tuvo que volverse un profesional con un paciente, puede haber una estimulación, cierta excitación, pero eso es muy común en los artistas, yo vengo del teatro y se como se sienten esas cosas. Previo a la presentación, al estreno se percibe nerviosismo, una excitación que se trasunta en cierto histerismo... que no te hablen, que no te molesten, que no te jodan, pero nunca hubo una descompensación. Lo que nosotros hacemos es que cada coordinador artístico trabaje con un coordinador psicológico que va acompañando toda la tarea y eso se va hablando, se va conteniendo, es más se produce una cosa interesantísima que hemos constatado con el Dr. Postare. Cada delegación tiene que ir con un psicólogo, un enfermero y un médico porque la mayoría son pacientes medicados, y él ha hecho una evaluación en los dos últimos festivales que se hicieron en Mar del Plata por la cual llegó a la conclusión que se ha bajado hasta en un cincuenta por ciento la dosis de la medicación en los pacientes estando fuera del hospital. También hay un pedido nuestro, porque generalmente los pacientes cuando están muy medicados no están aptos para producir una actividad artística plena –están contracturados muscularmente, emocionalmente– por lo tanto hay un pedido desde nuestro lado de que vayan contemplando la posibilidad de que no se siga con la misma medicación que tienen en el hospital, y en general todo el mundo le baja la medicación. Además hay otra calidad de vida que no tienen en el hospital.

Jugando con el nombre de la película de Milos Forman –protagonizada por Jack Nicholson– “Atrapado sin salida”, Pagina 12 tituló “Atrapados con salida”.


-Durante el mes de agosto se realizaron una serie de presentaciones, ¿Cómo es la respuesta del público?

-La respuesta del público es relativa, es un teatro chico –de cincuenta o sesenta butacas– y en general está lleno. Lo interesante es lo que sucede con el público que va –sea poco o mucho–, por cuanto la cantidad depende de muchos factores, entre ellos una buena campaña publicitaria, buena difusión, que generalmente no la hay, nos estamos manejando con gacetillas o volantes. Muchas veces, la mayoría de la gente que va es contactada directamente por nosotros, ya sea a través de mail o de conocidos. Lo importante es que la gente va con una actitud un tanto peyorativa, algo así como “vamos a ver los locos, a ver que pasa”, y cuando ven el espectáculo quedan muy sorprendidos, muy impactados, porque la intención nuestra, por lo menos del Frente de Artistas del Borda es que sean buenos espectáculos, no presentar cualquier cosa. Nos consideramos artistas y como tales queremos ser dignos de lo que hacemos, ser respetuosos y que la gente vea y se sienta ante una obra de calidad con contenido y formato, porque pensamos que un artista no presenta cualquier cosa, siempre presenta lo mejor que tiene.

Esto se habla también entre los talleristas y se plantea si a alguien le falta o tiene que trabajar más, intentamos que sea lo mejor posible, porque además eso apunta al objetivo de la desmanicomialización. En la medida en que el trabajo sea bueno podemos lograr mayor convocatoria de público y ese público puede procesar, pensar acerca de lo que nosotros decimos en las obras, sobre las que luego debatimos con la gente. No solo estamos haciendo una actividad artística porque somos artistas, sino también porque detrás de eso hay un superobjetivo que es andar el camino de la desmanicomialización. Entonces en la medida en que esto sea bueno, la gente va acompañando ese objetivo, si el espectáculo es malo la gente no lo va a ver y dice: “bueno, son locos, dejémoslo ahí”, desde una actitud medio misericordiosa ante el espectáculo, pero sin colocarse en una posición solidaria en el sentido de pensar juntos, trabajar juntos en un proyecto de desmanicomialización. Eso se evidencia en la respuesta del público no solo a través de los aplausos, la admiración, sino también por el hecho de que muchos acompañan luego al FAB, mucha gente concurre luego a los talleres, integra los elencos porque en el Frente de Artistas no solo trabajan pacientes internados o externados, sino público en general. Así mismo, mucha gente que va, está ligada a distintos organismos, como los de derechos humanos, partidos políticos que adhieren a la propuesta y nos invitan a congresos, festivales, eventos, salidas, marchas, etc. En ese sentido el Frente de Artistas cumple una función no solo rehabilitadora y resocializadora de cada paciente, sino que también produce efectos institucionales que modifican el pensamiento de la estructura manicomial y va cambiando el imaginario colectivo con respecto a la locura. En una medida determinada el FAB va abriendo camino.


-¿Cuál es la respuesta de los medios de difusión?

-Los medios son reticentes, generalmente se manejan con un criterio más comercial. Creo que también hay problemas nuestros, recién este año pudimos tener en nuestra organización un compañero que es periodista, que nos está ayudando con la difusión de toda la actividad, al trabajar en un medio, un diario de Capital, tiene una serie de contactos que nos facilita la difusión. Hay algunos medios que nos ayudan como Página 12, algunos programas como el de Nelson Castro, Lalo Mir, Jorge Lanata, hay gente que da información sobre lo que hacemos. También la radio de las Madres de Plaza de Mayo, o Radio Nacional, algunos medios progresistas, con cierta idea más de centro izquierda, más solidarios a este tipo de experiencia, con posiciones ideológicas de cambio y transformación que adhieren a la difusión del FAB.

Por otra parte no tenemos ningún presupuesto, porque no seamos ingenuos, los espectáculos en general cuando tienen mucha difusión es porque detrás de ellos hay agentes de prensa, hay canjes de publicidad con los medios, nosotros no tenemos nada de eso entonces nos manejamos a través de los contactos directos que tenemos. Por ejemplo la gente de Página 12 nos viene siguiendo hace veinte años, entonces nos publican notas, gacetillas, avisos gratis, pero en general no hay una gran difusión. A diferencia de la que tiene la radio La Colifata, que como es un medio de comunicación va por los vericuetos normales de la comunicación, nosotros somos artistas y nos cuesta saltar esos escollos que hay para la difusión del arte. Los críticos no van, muchas veces los críticos van mandados por los jefes de redacción porque esa organización ha puesto avisos y entonces obliga a que el periodista vaya, pero es muy complejo el tema. Por otra parte la locura es un tema no grato, no se que fenómeno psicológico se produce en la gente, pero si no pasa algo muy raro, muy fuerte, muy espectacular ya sea negativo o positivo, usualmente no trascienden las cosas, ni las buenas ni las malas. Si aparece alguna situación más ligada a las páginas amarillas de la locura como puede ser que algún paciente se muera, o se escape, u opiniones muy fuertes de un funcionario en contra de los manicomios –a eso si le dan difusión– pero estas otras cosas cuestan. De todos modos, también creo que hay una cierta incapacidad nuestra para poder desarrollarlo bien.


-Además de crear el FAB fue el iniciador de la Red Nacional de Arte y Salud Mental, ¿Cómo se origina la idea de crear una red y cuáles son sus objetivos?

-Es una Red Argentina de Arte y Salud Mental, es una asociación civil. En principio se llamaba Red Nacional, pero el término nacional significa oficial, entonces por estatuto se tuvo que modificar por cuanto es una organización civil, un organismo no gubernamental.

Nace también a partir de una propuesta del Frente de Artistas del Borda. En el tercer festival al ver que había muchos hospitales haciendo lo mismo y un festival en danza, promovimos crear una organización que nos permitiera nuclearnos y coordinar en conjunto las actividades de todos los proyectos de arte en el campo de la salud mental o en el campo de los manicomios. Ahí fue donde el Frente de Artistas del Borda decide ceder los derechos organizativos del festival a la Red Argentina de Arte y Salud Mental, porque hasta el tercer festival la organización estaba en manos del FAB. Sabíamos que con esta actitud de aunar, de juntarse para poder cambiar y transformar, íbamos a perder cierta popularidad en la difusión del evento, pero era en pos de aunar criterios, proyectos, objetivos. Se resolvió en el tercer festival, y en el quinto se proclamó la primera comisión directiva, esto fue en el año 1995. La Red es una comisión directiva que está integrada por distintas personas de diferentes hospitales. Es una organización federal lo cual también tiene sus problemas, porque yo soy el presidente, la vicepresidenta es de Junín, el tesorero es de La Plata, el secretario es de Mendoza, el vocal es de Río Negro, lo cual es un lío, por ejemplo no se pueden hacer reuniones muy seguidas, se hacen cada cuatro o cinco meses. Ese criterio federal que es muy idealista, operativamente genera ciertas dificultades, entonces el Frente de Artistas se hace cargo de muchas cosas.

La idea es ver como podemos organizar actividades. Cuando no hay festival –que se realiza cada dos años– se hacen encuentros regionales. La Red está dividida en cinco regiones: norte, cuyo, litoral, centro y sur y congrega una cantidad de hospitales psiquiátricos de la región. Lo que hace cada regional es invitar o juntar ciertas actividades de la región y forja un evento provincial o regional, que es muy parecido a un festival pero en miniatura. Cada región le da su formato y a veces se hacen invitaciones especiales, yo soy el presidente de la Red, pertenezco a la región del centro y me han invitado para ir al Chaco o Río Negro, o va un grupo invitado de un lugar a otro.

También sirve para defender. A veces se producen, desde la dirección de los hospitales, ataques hacia los trabajos, en general desde los hospitales hay poco apoyo a estas experiencias y por lo tanto hay avances y muchas veces retrocesos, por ejemplo no nombrando a la personas o no renovándose los contratos. En estos casos la Red genera ciertos movimientos de apoyo, desde una simple carta hasta ir a visitar al director o realizar una jornada de protesta en ese lugar. Es lo que hace cualquier organización donde hay objetivos más o menos comunes, intentando por un lado defender lo ya conquistado y avanzar en las metas.

Esos son los objetivos que se sostienen con muchas dificultades, además tiene todo un costo operativo, generalmente son socios de los cuales siempre pagan muy pocos –porque la mayoría son pacientes entonces no se les cobra– también hay hospitales donde hay que contratar un contador, presentar libros, personería jurídica, Ministerio de Justicia, es decir son más gastos que entradas, pero más que una cuestión formal de la institución lo importante es como funciona de hecho.


-Y a pesar de estos escollos de todas maneras la apuesta es sostenerla.

-Si, si, se sostiene con mucha dificultad. En este festival la idea es renovar la comisión directiva, para lo cual voy a dar un paso al costado porque ya llevo casi veinte años en esto y estoy un poco agotado, cansado. El planteo es no seguir siendo el presidente o estar en la comisión directiva, brindar un asesoramiento, apoyo y que entre otra gente, por ahí más joven, con más ganas. Son muchos años y los festivales son agotadores, es un gran esfuerzo, mucho estrés, son cuatrocientas o quinientas personas que vienen y la cosa tiene que andar muy bien. Es una organización muy compleja con espectáculos, ensayos, relaciones con la Secretaría de Cultura, con la Embajada, y en general por esta cuestión de ser una organización federal el trabajo recae no en diez personas sino en dos o tres y es duro de sostener. Nuestra idea sería que la Red en lugar de ser federal en el sentido de que haya un integrante de cada provincia, se establezca que cada dos años (que es el período de mandato de la estructura del estatuto) se haga cargo una regional.

Por ejemplo que durante los dos próximos años se haga cargo la regional del litoral, termina el mandato se hace el festival ahí y se pasa a otro, lo cual también es una manera de federalizar la organización. Esa es la propuesta que voy a acercar en el próximo festival, la cual creo que se va a aceptar por cuanto en los sondeos que hemos hecho a todos les gustó la idea.


-Siendo Psicólogo Social y Mimo Contemporáneo, trabaja desde hace muchos años y en forma muy intensa con pacientes internados en hospitales neuropsiquiátricos, ¿Qué lo atrajo de ese sector poblacional?

-Pienso el arte desde una posición ideológica, política, hoy mencionaba la idea que tiene Pichón Riviere sobre el arte, visión que comparto. Por mi posición ideológica siempre fui un socialista-marxista implicado en la lucha social, en ese sentido el arte está embretado con esa estructura ideológica. Toda mi experiencia artística siempre estuvo ligada a ciertas luchas o compromisos sociales, donde creo que el arte puede ayudar a generar espacios muy amplios de crecimiento, de debate, de lucha, de organización. El arte tiene que ser una herramienta más para la transformación social y política de un país.

Previo al Borda había realizado algunos trabajos en las villas de emergencia, había trabajado en el Hospital Moyano antes de la dictadura militar, había empezado con el teatro, luego hice mimo, después estuve un tiempo en Europa, ahí me agarró toda la época del post Mayo francés del ’68, el happening, el teatro, y volví a la Argentina con toda esa virulencia política e ideológica y la traté de aplicar aquí. Empecé a trabajar en la Facultad de Medicina, en el Departamento de Cultura, donde me habían contratado, yo venía de la escuela de Ángel Elizondo, que también es un prócer del teatro argentino, que renovó todo el lenguaje del mimo, donde ya no se trata del mimo de la cara pintada sino que es un mimo comprometido corporalmente. Comencé a incursionar con una idea que no es nueva pero que tiene que ver con el teatro callejero, el teatro invisible, de guerrilla, y me interesó más eso, por lo cual empecé a trabajar no con la ficción si no más bien con la realidad para ver como el teatro puede implicarse con la realidad y modificarla, no partir de una historia escrita por alguien, por un autor teatral, si no que la misma historia salga de la realidad, que la dramaturgia sea real en función de un espacio real y que la gente en lugar de estar mirando sea partícipe de eso. A esto lo llamé teatro participativo.

La diferencia radica en que el teatro convencional trabaja en escenarios convencionales del teatro que son lugares de la representación, y yo trabajo en espacios reales donde se pueden situar acciones reales en ese lugar. No trabajar con una ficción sino trabajar con una realidad y no trabajar con el público contemplativamente sino participando, porque pienso que de esa manera el artista emite una serie de mensajes que el público recibe, decodifica y puede modificar esa estructura teatral en ese momento, cosa que con el teatro tradicional no sucede. El ámbito convencional del teatro es un espacio donde se manejan códigos que los conoce, le pertenecen nada más que al artista, donde el público no se atreve más que a sentarse y mirar, no es un espacio que le pertenezca al público y le permita la participación.

Hay tres momentos en mi vida donde tomo el tema de la locura. El primer trabajo que hice como mimo en forma independiente –separado de Elizondo– fue la historia de un tipo que se va volviendo loco. Después Eduardo Bergara Leuman, en su Botica del Ángel estaba buscando un mimo para que acompañara a Amelita Baltar en Balada para un loco, hace un casting y me elige a mí, y luego José Grandinetti, que supervisaba mis trabajos, cuando se incluye en el Borda me lleva para trabajar con los locos. Creo que al teatro participativo se lo puede tomar desde tres perspectivas: que participe la gente, que participen grupos, o que participen instituciones. A mi me interesó la experiencia del Borda, porque podía ver como se implica el arte en un lugar en el que hace falta intervenir, me interesó también esta cuestión más técnica y cómo yo podía aplicar en el Borda una experiencia que nunca había realizado, la del teatro participativo en instituciones, y como ligar a distintas instituciones sobre un tema determinado, una dramaturgia que es la locura y dejar un mensaje en la comunidad.


-¿A partir de esto se contactó con la experiencia de Trieste o tenía conocimientos previos?

-No, me contacté a partir de ahí. Incluso en el año 1985 estuvo la gente de Trieste, hubo unas jornadas que organizó el Movimiento Solidario de Salud Mental, donde estaban Vega, Juan Michel Fariña –entre otros–, militantes de partidos de izquierda. Esas jornadas de desmanicomialización se realizaron, entre otros lugares, en el hospital Borda y yo era dentro del Borda, un poco el coordinador de todo eso. Pero me fui anoticiando de la experiencia de Trieste mientras estaba en el Borda, no tenía mucha información. Yo fui al Borda muchas veces cuando hice este trabajo sobre la locura, cuando hice Balada para un loco fui a indagar, a mirar, a observar, y esa experiencia corta en el Moyano, que Grandinetti dice que fue de más de una año, pero que yo la recuerdo como de un año.

Un paciente decía que con el Frente de Artistas íbamos a ser los revolucionarios del Borda, creo que vamos cumpliendo ese objetivo, sin ser todavía los revolucionarios vamos en el camino de ir revolucionando cierta forma de pensar, sentir y actuar, no solo dentro del Borda si no también en otras instituciones. Pienso que ahí se cumple un poco esta postura del arte como una herramienta de transformación, que el arte no es solo un fenómeno de entretenimiento, que debe serlo también, pero que –como yo lo pienso– tiene un compromiso ideológico político por el cual ayuda a generar nuevos espacios de cambio y creo que con el Frente de Artistas se van cumpliendo esas etapas.



Alberto Sava es Artista y Psicólogo Social.

Co-fundador y Presidente hasta 2003, de la Asociación Argentina de MIMO.
Creador y Director del Congreso y Festival Latinoamericano de MIMO, en sus
10 ediciones hasta 2003. Creador y Director de la Escuela Mimo Contemporáneo, y Mimo-Teatro Participativo.

Fundador y Director del Frente de Artistas del Borda.

Fundador y Presidente de la Red Argentina de Arte y Salud Mental.
Fundador y Director del 1º al 8º Festival Latinoamericano de artistas internados y externados en hospitales psiquiátricos.
Director 1er. Festival Nacional de Artistas internados y externados de
Hospitales Psiquiátricos.





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