lunes, 4 de mayo de 2009

20 AÑOS NO ES NADA



Cuando esta noche, a las 22.30, en Canal 13 arranque una nueva temporada de Showmatch, comenzará a cumplir 20 años al aire de manera ininterrumpida uno de los programas más polémicos, longevos y exitosos –en términos de audiencia– de la TV actual.

Un ciclo que a lo largo de sus 2 décadas de vida supo “adaptarse” a los cambios que se produjeron en la sociedad, la cultura y la política argentina desde 1990, año en que vio la luz en el Telefé de Gustavo Yankelevich bajo el nombre de Videomatch. Los años en pantalla, la repercusión masiva que fue alcanzando, llevaron a que aquel programa deportivo de la medianoche que derivó en humorístico por incapacidad de propios y falta de material, se convirtiera en lo que es hoy: un show –en el sentido más artificial de la palabra– chabacano, plagado de chistes sexistas, en el que las mujeres ligeras de ropa son cosificadas permanentemente desde el lenguaje y los primeros planos cuasi violatorios que las cámaras hacen de sus partes íntimas. Un show del escándalo que terminó por institucionalizar a toda hora y en cualquier pantalla la perversa lógica de lo más bajo del “periodismo” chimenteril. Todo eso le debe la TV argentina a Showmatch.

Aprovechando la cifra redonda del aniversario, bien vale la pena realizar un repaso por estas dos décadas del programa. Hay que comenzar diciendo que los veinte años de Showmatch tienen mucho de casualidad. Aunque pocos lo señalen, encandilados bajo la luz del éxito de su mentor, la mutación del programa deportivo al humorístico-musical no fue algo buscado por Tinelli. Más bien fue la consecuencia del poco material deportivo que el programa tenía en su primer año y de la falta de profesionalismo de un equipo de columnistas que estaba formado por periodistas como Gonzalo Bonadeo, Daniel Jacubovich y Osvaldo Príncipi, entre otros, pero también con Teto Medina, Lanchita Bissio y Ricardo Usni, entre otros “especialistas” de dudosa capacidad. Eran tiempos en los que más que un equipo de televisión era una banda de amigos que a la salida del programa iban a comer panchos juntos. No había estrellas ni divismos. Mucho menos poderosos empresarios.

Hay una pregunta que suele dejarse de lado cuando se analiza a Tinelli como alguien que conoce a la perfección la industria y el gusto del argentino medio: ¿qué hubiera sido de Videomatch sin los bloopers que Yankelevich le alcanzó a Tinelli para rellenar el programa ante la falta de contenido deportivo para poner al aire? Probablemente un programa que hubiese durado poco y nada en la pantalla, que escasísimos televidentes recordarían. La suerte es, también, aliada del éxito. Y no se cae en un error al decir que, en un primer momento, a Tinelli lo salvaron los bloopers en continuado. Y el equipo de humoristas que, esta temporada, regresan al programa para rememorar viejos tiempos y “renovar” un ciclo que se repite una y otra vez. Fue mucho tiempo después de aquellos primeros años cuando, en plena primavera menemista, Tinelli se convirtió en un conductor de masas.

20 años después, ya nada es igual. El periodista deportivo se convirtió en un poderoso empresario a caballito de Showmatch, esa nave insignia que le permitió cumplir con el sueño de montar una productora y una radio propias. De todos modos, hay que ser objetivos: tanto le debe Tinelli a Showmatch como el programa a su conductor. A esta altura, no se puede soslayar que Videomatch-Showmatch es uno de los programas con mayor capacidad de hacer rating de la historia de la TV. Buena parte de las razones para que ello ocurra descansa en el mismo Tinelli, que nunca dudó en anteponer la búsqueda del éxito permanente a cualquier tipo de límites: su “moralidad” se subordinó en estas dos décadas al rating, un fin en sí mismo que justificó cualquier medio –mujeres desnudas, escupitajos a compañeros– para que alcanzara el status del rey de la TV argentina. En efecto, ya siendo una estrella, Tinelli sólo intentó incorporarle algún rasgo de prestigio a Showmatch a través de la producción, la escenografía y el vestuario. Eso sí: siempre y cuando ese packaging estético no atentara contra la esencia del programa (reírse de la desgracia ajena, bromas de corte sexual, pseudoescándalos mediáticos). En el universo de Showmatch, nada importa más que el rating. Todo vale.

Quién condicionó a quién, es imposible de saber. Lo cierto es que el camino al éxito de Showmatch coincidió con la transformación que la sociedad argentina tuvo en las últimas dos décadas. Su influencia no es anecdótica. El poder de Tinelli, así como el lugar que ocupa Ideas del Sur, su productora, es fruto de Showmatch. De nada ni nadie más. Son pocos los programas que mantuvieron niveles tan altos de audiencia, aún habiendo pasado por tres pantallas distintas (comenzó en Telefé, tuvo un fugaz paso por el 9 de Daniel Hadad y el 13 terminó por incorporarlo a su pantalla como una forma de dejar de perder rating y millones en el prime time).

En este tiempo, la ambición de poder de Tinelli (tanto dentro como fuera de la pantalla) lo llevó a tejer todo tipo de aliados. Mediáticos, para garantizar el éxito masivo de su programa. Y también políticos, según las circunstancias por las que atravesaba el país: Showmatch sirvió de hipnotizador funcional a la ilusión primermundista del menemismo, con cierre de campaña de 1995 de Carlos Menem en los estudios del programa, primero; luego fue determinante en la abrupta salida de Fernando de la Rúa del gobierno tras el papelón que el ex presidente hizo en su visita al ciclo (De la Rúa sigue sosteniendo que Showmatch lo terminó de derrocar); y hasta coqueteó con Kirchner (concurrió al lanzamiento de radio Del Plata) y Cristina (uno de los últimos actos de su campaña presidencial se llevó a cabo en Bolívar). Este año se anuncia una nueva edición del reality show “Gran Cuñado”. El poder mediático y el poder político se suelen encontrar en Showmatch bajo el nada ingenuo tamiz del humor o la parodia. La tinellización de la política llegó para quedarse, en la historia argentina. Para bien o mal de unos y otros.

Hace 20 años, nacía un programita de TV perdido en la madrugada. Dos décadas después, ese mismo programa se convirtió en un bastión medular de la TV y la cultura argentinas. ¿Hay algo que festejar?

Emanuel Respighi


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